17 de octubre de 2017

Oxitocina: el placer de ser madre


Artículo original de Irene García Perulero para la Revista Tu Bebé



Oxitocina: el placer de ser madre

Cómo la hormona del amor te ayuda a gozar (o no) la maternidad

Irene Perulero

Nada más nacer, el bebé y la madre se miran y los altos niveles de oxitocina producidos durante el parto se disparan en los dos. ¿Casualidad?
Nada de eso, la naturaleza no deja nada al azar.
Seleccionó estos mecanismos neuroendocrinos durante muchos millones de años para garantizar la salud física y psíquica de la madre y de su hijo.
Los neurocientíficos consideran este primer contacto como una “ventana de oportunidad” en la que el cerebro de la madre puede “recablearse” e incluso “reparar” algunos mecanismos, porque justo en ese instante se activa el instinto maternal.

Sus funciones

La primera función que se le atribuye a esta hormona, también conocida como hormona del amor, es el desencadenamiento del parto. Es la responsable de crear las potentes contracciones que dilatan el cuello del útero y facilitan el paso del bebé por el canal del parto.
Nunca en la vida de una mujer habrá niveles más altos de oxitocina en sangre que durante el nacimiento de sus hijos, tal vez solo durante su propio nacimiento.
También juega un papel destacado en el puerperio, ya que es la responsable de que la leche producida en la glándula mamaria salga cuando el bebé succiona.
La lactancia materna contribuye a que los niveles de oxitocina se mantengan altos, lo que favorece la construcción del vínculo de apego entre la madre y su bebé.
Esta gran presencia de la hormona del amor en el organismo de la mujer después de nacer el bebé está relacionada con una mayor habilidad para responder a las necesidades del recién nacido, así como un menor riesgo de sufrir depresión posparto.
La oxitocina en el puerperio “activa” los sentidos de la madre haciendo que detecte y responda con mayor facilidad e inmediatez a los reclamos del bebé. Además, consolida lo que se denomina “memoria materna”, que hace que las madres no primerizas se lo tomen todo con más calma.
La insuficiente liberación de oxitocina natural en el torrente sanguíneo, imprescindible para los nacimientos, la lactancia y los orgasmos, nos lleva a partos instrumentalizados, lactancias no placenteras y relaciones sexuales insatisfactorias.

El placer engancha

En los seres humanos todo está diseñado para que se formen vínculos: piel desnuda, las manos, los ojos en frente de la cara, el lenguaje oral, la música, la danza, la escritura, el parto, el sexo, la lactancia materna, las sonrisas, los gestos, la capacidad de reír, el humor, la pintura, el llanto, el consuelo, las caricias, los abrazos, la crianza… Y todo está mediado por la oxitocina, que tiene la facultad de producir placer y de activar los centros de recompensa.
La naturaleza premia los comportamientos que mejoran la supervivencia de la especie, y cuidar de las crías, sin lugar a dudas, lo hace. El premio es el placer.
Mirar a un bebé activa todos los centros de recompensa del cerebro de los adultos, aunque no tengan hijos.
Los bebés están diseñados para que, si los miras, quieras cogerlos, y, si los coges, quieras cuidarlos.
La lactancia materna, el colecho, el contacto piel con piel, el porteo, la mirada, el tiempo, el dejarse llevar…, todas estas acciones aumentan las concentraciones de oxitocina en un círculo vicioso en el que no hay límites: cuanta más oxitocina, menos estrés, menos tristeza, más calma, más amor, vínculos más fuertes. Y más placer.
Ser madre debería ser un placer, de principio a fin, pero para eso es necesario proteger la oxitocina.

¿Y eso cómo se hace?

Pues muy sencillo.
Tan solo permitiendo que se produzca de forma natural durante el parto, evitando que la mujer pase por situaciones de estrés o miedo, favoreciendo espacios donde parir desde la confianza, acompañada por quien la mujer elija, protegiendo ese primer tiempo tras el nacimiento, sin separaciones innecesarias, y fomentando la lactancia materna, el contacto físico, las caricias, el colecho, el porteo, el tiempo compartido entre las madres y sus crías.
Todo esto debería ser una prioridad de salud pública, pero no lo es en un mundo violento como en el que nosotros vivimos.

Guía Jurídica de Lactancia




La Clínica Jurídica Universitas Miguel Hernández  ha publicado una Guía Jurídica de Lactancia en la que se recogen preguntas y respuestas relacionadas con la problemática laboral de las mujeres lactantes.

El trabajo es fruto de los talleres jurídicos llevados a cabo por la estudiante Mª Carmen Gómez Cerdán y la Profesora del Departamento de Ciencia Jurídica Rosario Carmona Paredes y ya podéis descargarla aquí.


#metoo



Manoseos o intentos de manoseos por parte de lejanos parientes, de amigos de los padres, de vecinos, de profesores, o de desconocidos en la calle... como mínimo eso, lo hemos sufrido todas, absolutamente todas, las niñas, adolescentes, jóvenes y mujeres.
De ahí para alante, muchas mujeres han padecido cosas más graves, abusos y violaciones, la mayoría dentro de las propias familias.
El acoso y el abuso sexual han formado parte de la vida privada y pública en todas las sociedades y en todos los contextos, de los más pobres a los más ricos.
Las estadísticas dicen que 1 de cada 5 niñas o niños, están siendo ahora mismo víctimas de abuso sexual por alguien -casi siempre un hombre- de su propia familia o entorno cercano.
Que los violadores, abusadores, asesinos, pirómanos o delincuentes sean en su casi totalidad hombres lo que indica es que algo en el orden social falla también para ellos.
La falta de educación sexual, la represión emocional, los tabúes, el machismo, el adultocentrismo, las crianzas abusadoras, la falta de empatía y de respeto hacia la infancia, la falta de autoestima como epidemia crónica generalizada entre los humanos, la falta de amor... es el caldo de cultivo y transmisión para todo tipo de violencias.
Las violencias son un continuum, que van de lo pequeño a lo grande, de la punta del iceberg que son las guerras, a cada una de las pequeñas violencias cotidianas que ejercemos sobre los niños y niñas, que se educan en la indefensión aprendida.
Todo es lo mismo.

8 de septiembre de 2017

María

Por Ileana Medina Hernández




Probablemente la humanidad surgió patriarcal. Si hubo existencia de matriarcados o de sociedades más igualitarias aisladas, las pruebas son escasas. Da igual. A los efectos, desde que hay Historia con mayúsculas, las sociedades que conocemos son patriarcales.
Los mitos fundacionales, tanto los greco-romanos, como los judeo-cristianos, tuvieron como función principal legitimar el patriarcado. Dioses masculinos que usurpaban la capacidad de crear y procrear de las mujeres. De los muslos y costillas de los hombres surgía la vida.
"Parirás con dolor y tu marido te dominará" parece asociar el dolor del parto con la condición de dominada de la mujer. Mujeres empoderadas, salvajes y dueñas de sí mismas parirían sin dolor, como el resto de las mamíferas (lo de la pelvis estrecha por la bipedestación es otra explicación quizás falsa: unas pocas pero cada día más mujeres estamos descubriendo que se puede parir sin apenas dolor, incluso hasta orgásmicamente.).
El cristianismo tuvo obstáculos en su misión de extenderse como religión católica (que significa universal) y no le quedó más remedio que sincretizarse con los cultos más extendidos por las tierras paganas: los cultos a la maternidad, a las diosas, a la fecundidad, a las cosechas, a la tierra. De ahí surgen todas las advocaciones marianas.
Había sacado a la mujer de la Divina Trinidad: Padre, Hijo y... Madre, claro. La omitió y la travistió en el Espíritu Santo. En concesión a los cultos mayoritarios, volvió a incluir a la Madre (con el truco de una Sagrada Familia diferente de la Divina Trinidad). Incluyó una madre aséptica, virgen, asexual, pasiva. Desde entonces, las mujeres debíamos ser, o madres sumisas, o putas usadas y despreciadas a la vez. La sexualidad de las mujeres quedaba aniquilada.
También la de Cristo y la de los sacerdotes. Un mundo con la sexualidad aniquilada es una herramienta poderosísima de dominación: a los bueyes se les castra para que trabajen mejor.
La dominación de la mujer en realidad era necesaria no por la mujer en sí misma, sino para poder dominar a su vez a las criaturas: nacidas con dolor de sus vientres, separadas de las madres al nacer, cambiada la leche humana por leches de vacas, ovejas y cabras, dejados solos para jugar y dormir, castigados, golpeados, sin una madre conectada desde el momento del parto que los protegiera, peor aún, con una madre patriarcalizada que a la vez castigaba, golpeaba, abandonaba y vertía su propia infelicidad de mujer dominada sobre sus hijos.
La humanidad nacida y criada así, tanto ricos como pobres, es muy fácil de ser manipulada. Nos criamos débiles, sumisos, sin autoestima, dispuestos a convertirnos en dominados o dominantes, en víctimas o en verdugos. Así se estructura y se trasmite de generación en generación la sociedad de guerras, esclavos y humanos neuróticos que conocemos.
El culto a la virgen esconde sin embargo, el culto a esa Madre perdida, a esa Madre poderosa que protege y ama, conectada con la Naturaleza, con la Sexualidad y con lo Salvaje. Culto que ha permanecido vivo en diferentes religiones paganas y esotéricas.
Hoy es el día de María. Los creyentes y no creyentes deberíamos recordar que honrar a María es honrar a las mujeres, a su capacidad creadora, y con ella a la Madre Naturaleza. Separarse de la naturaleza y separarse de la madre es lo mismo. La cultura patriarcal es dañina no solo porque daña a las mujeres, sino porque daña también a las criaturas, o sea, a todos. Los hombres también son víctimas de las crianzas autoritarias, desapegadas, de la falta de amor. Es precisamente eso lo que puede llegar a convertirlos en maltratadores, en violentos, en autoritarios... alimentando  una rueda dentada sin fin. 
María fue fecundada por un hombre al que ojalá hubiese amado y la hubiese amado. Parió libre, en la naturaleza, en cuatro patas, en un establo que recuerda su condición de mamífera. El niño fue "adorado": todos los niños son hijos de Dios y deben ser adorados al nacer. Su nacimiento es una bendición y merecen el amor, el respeto y el cuidado de toda la comunidad.
María: te devolvemos tu derecho a tener sexo con placer y libertad, a parir con placer, a amamantar con placer, a criar con placer, a amar con placer y a regar y a difuminar tu amor entre tus hermanas, tus parejas, tus hijos, los animales, la humanidad y la naturaleza.
Humanas: recuperemos nuestra capacidad de amar y de cuidar, a nuestros semejantes y a todos los seres vivos. Recuperemos y honremos la sexualidad, el cuerpo, el manantial de amor que sale de nuestros vientres, úteros y vaginas. Las mujeres somos las tejedoras de amor del universo.
Humanos: honremos no ya solo a la madre que les dió la vida, sino también a todas las mujeres y a los frutos de su vientre. El amor empieza por uno mismo y se difumina hacia quienes nos rodean. No son las leyes ni los rezos los que pueden darnos la felicidad, ni mejorar el mundo. Es el poquito de amor que podemos dar hacia quienes nos rodean. Alegría, amor, generosidad, en cada acto cotidiano.
No se necesitan iglesias, palacios, juzgados... No se necesitan complejos sistemas políticos y legales, complejas escrituras religiosas, complejos sistemas de santería o brujería, complejos manuales de filosofía, complejas novelas abstractas, complejos análisis sociológicos o semióticos: es todo más simple.
Gracias, María. Gracias, Caridad, Candelaria, Pino. Gracias, Oshún. Ojalá los humanos te entiendan de verdad algún día.
Amen.

7 de septiembre de 2017

Lo que sé sobre mí misma

Por Ileana Medina Hernández



Todo lo que sé sobre mí misma lo aprendí después de tener hijos.

No digo que no haya otras maneras de aprender sobre una misma, pero la maternidad ha sido para mí la luz de la linterna divina que me enseñó cuáles son mis limitaciones, capacidades, mierdas, sombras, inseguridades y miedos... y también todas mis luces, mi energía, mi creatividad, mi capacidad de amar y cuidar, mi apertura mental y emocional, mi resistencia, mi tolerancia...la oportunidad de comprobar cómo funciona mi cuerpo, mi inteligencia y mis emociones.

Sinceramente creo que nadie puede presumirse mental y emocionalmente sano sin haber pasado la prueba de tener hijos, o de haber sufrido la pobreza, la emigración, el maltrato o la enfermedad. Si nunca se ha visto obligado a salir de su zona de confort.

Creo que desde el relativo bienestar permanente no conseguimos conocernos a nosotros mismos, por mucha terapia que vayamos o muchos libros que leamos, por mucha comprensión teórica que tengamos sobre la vida o los asuntos.

Si tengo un trabajo que me gusta, y salgo del trabajo y voy a una casa confortable, con una pareja armoniosa, y me dedico a leer, a hacer deporte, a escuchar música, a viajar... vale sí, es un mundo adulto aparentemente sano (así era mi propia vida antes de tener hijos) pero... ¿cómo puedo saber cuáles son mis límites, mi capacidad para responder a las demandas, mi capacidad para amar incondicionalmente, mi capacidad para cuidar, para no violentarme con las demandas y necesidades ajenas, mi capacidad de dar, mi paciencia... en definitiva, lo que podemos llamar mi grado de desarrollo humano, emocional, espiritual?

Siempre digo que es muy fácil ser "gurú" desde un púlpito. Que es fácil ir por el mundo dictando conferencias. Que es fácil retirarse a meditar en soledad, incluso creo que es fácil ser un ermitaño. Todo el conocimiento "espiritual" (igual que el científico, el político y casi todos los conocimientos que manejamos) han sido desarrollados y escritos en su mayoría por hombres que no han cuidado nunca en su vida a nadie, ni a sus propios hijos cuando los han tenido. Que encerrados en despachos, no han puesto a prueba su capacidad para relacionarse con las personas, mucho menos con personas necesitadas, niños pequeños, enfermos, mayores... que tengan que estar al pie del cañón cuidándolos las 24 horas del día los 365 días del año. Cerramos la puerta cuando algo nos molesta y seguimos en nuestro mundo. Alguien nos ayuda con la limpieza, la comida o la ropa... alguien satisface nuestras necesidades más básicas. Es una vida ideal, no lo niego, no juzgo tampoco a quien la lleva, podría ser yo misma en muchos de esos aspectos.

Pero así no podemos ponernos a prueba. Saber cuál es de verdad nuestra capacidad emocional, nuestra capacidad de dar y de cuidar, sin que salgan los demonios, las violencias y las mierdas que llevamos dentro. Todas nuestras neurosis provienen de la falta de cuidados que recibimos cuando somos niños que a su vez proviene de un orden social de dominación. Y esas, solo salen cuando tenemos de nuevo ante nosotras otra niña demandante, otra niña libre y sin programar que nos recuerda constantemente cuán poco libres somos y cuán poca capacidad tenemos para cuidar, para permanecer, para dar.

Me parece una tontería eso de mandar a la gente a "salir de la zona de confort". Nadie sale por su propia cuenta de la zona de confort, y si sales, es porque no era tan confortable como creías. En realidad todos buscamos el confort, material y emocional. Pero es la propia vida la que ya se encarga de ponerte en situaciones que te ponen a prueba. Viví una dictadura, viví situaciones de pobreza, fui emigrante, luego fui madre. En esas situaciones se produjeron digamos "despertares" (el de salir del matrix de la dictadura, el de acostarme con hambre y sin agua para ducharme, el de irme a vivir a otra cultura sola y sin conocer a nadie, el de tener en brazos una maravillosa criatura que lo es todo para mí y depende de todo para mí...) No he vivido afortunadamente enfermedades graves, ni en mí ni en mi entorno. Ninguna de esas situaciones fue sin embargo tan potente como la maternidad. Ninguna me mostró más sobre mí misma y sobre mi linaje y sobre la sociedad.

Sinceramente, dudo mucho que quien no ha vivido una experiencia de cuidado permanente y relativamente larga pueda estar capacitado para dictar sobre las neurosis ajenas, o sobre el desarrollo personal y trascendente, por muy psicólogo o terapeuta o gurú espiritual que sea. Me gustaría ver a un gurú de esos rodeado de niños pequeños, haciendo la comida, limpiando, lavando... a la vez que intenta satisfacer las necesidades de los niños con presencia, amor y respeto por su integridad emocional.

La maternidad y la crianza sacan de nosotras pues toda la maravilla que llevamos dentro. Toda la luz y todo la capacidad de amar que no sabíamos que teníamos. Y también las que no tenemos. Ninguna escuela, ninguna terapia, ninguna lectura, ninguna carrera, ningún taller de crecimiento personal.. tan potente como este.