14 de agosto de 2019

Hormiguero

Por Ileana Medina Hernández





La vida es insconsciente. Por eso la gente cree en Dios: sabemos, inconscientemente, que como dicen los advaitas, no es el ser humano el que hace.
La vida es algo muy complejo y maravilloso para depender de la voluntad o el ego de un puñado de sujetos, insignificante puñado de hormigas o humanos. Solo los tontos pueden creer que ellos son los que hacen.
La libertad individual no es hacer lo que uno quiera, sino permitir que cada uno venga a ser lo que es.
La vida se hace a través de nosotros. Y solo podemos aspirar a no ponerle demasiados obstáculos.

13 de agosto de 2019

El hombre y la tierra

Por Ileana Medina Hernández



«La entrada del neolítico es la del abuso y la del sojuzgamiento, 
y en ella seguimos, inadaptados».
Félix Rodríguez de la Fuente

Ayer abrí al azar dos capítulos de El Hombre y la Tierra. Recordaba con nostalgia la música trepidante, la voz grave, las pausas de dicción de Félix Rodríguez de la Fuente, que llegaron a mi infancia a través de la pantalla en blanco y negro de un televisor ruso. 
Comprobé con asombro como a pesar de que las imágenes no cuentan con la calidad tecnológica de hoy, el médico Félix sigue siendo un fuera de serie: sentido de la dramaturgia, vocabulario cuidado, enfoque filosófico, riesgo físico y riesgo intelectual de un hombre precursor, visionario y valiente. 
Comencé a ver El Lobo y El Águila Real. 
En ambos, lo primero que se cuenta es la fase reproductiva, la lobera y el nido, los cachorros y pichones, la loba y el águila hembra en constante vigilancia. Ninguna tensión y estrés en la especie comparable a la tensión y el estrés que supone el cuidado y protección de las crías. Comprendí de pronto eso que las madres llevamos inevitablemente a cuestas: la alerta, el miedo, la vulnerabilidad, el alma por fuera. 
Me pregunto cada vez que veo este tipo de documentales en qué momento el ser humano se separó tanto de la naturaleza, al punto de que los feminismos hoy en día puedan llegar a defender ¡en serio! que la maternidad es un constructo cultural patriarcal. 
Decía el no tan loco Leopoldo María Panero que "el hombre no es el producto de una evolución natural, sino tan sólo el resultado de una ruptura con las leyes naturales”. Y quizás tenía razón. 
Pero la pregunta hoy es si esa ruptura con las leyes naturales es compatible con la vida a largo plazo. Esa ruptura nos ha llevado a poner por encima de todo los valores, los derechos y los placeres individuales, lo cual no juzgo. La civilización occidental se ha erigido sobre el ego, el individuo, hasta el punto de que hoy hemos llegado a una sociedad donde los individuos vivimos muchos años, pero la natalidad tiende a cero. Probablemente, eso nunca ha sido lo que ha "interesado" a la naturaleza, a la vida. A la vida le interesa continuar, para lo cual lo más económico sería justo lo contrario: individuos que vivan poco pero se reproduzcan mucho. 
La maternidad, entendida como la capacidad de las progenitoras y progenitores de proporcionar los cuidados para la supervivencia y entrenamiento de las crías de modo tal que puedan llegar a ser adultos fuertes y capaces, ha sido quizás el sentido primitivo de la vida y desde luego, en todas las especies el proceso que más energía, estrés y protección colectiva conlleva. 
En las sociedades desarrolladas actuales sin embargo, la reproducción es en general un obstáculo para las dos dinámicas fundamentales: la producción y el consumo. Todos los procesos sociales, físicos y biológicos, tienden a la infertilidad, la reproducción no elegida, la baja natalidad, la maternidad frígida, la crianza difícil, la educación institucionalizada. Los individuos no somos "culpables" y nuestra supuesta "capacidad de elegir" tan solo refleja las tendencias sociales de una época y un orden social de prioridades. 
Sin creer que es el apocalipsis, las preguntas son inevitables, mientras veo a la loba de Félix que no deja de rondar su cueva... y a los humanos, que al fin y al cabo, somos una plaga que no deja de crecer.

6 de mayo de 2019

Día de las Madres ¿qué celebramos?

Por Ileana Medina Hernández


Imagen de nacimiento en el agua. Tomada de la red.


Se celebra el Día de las Madres pero:

-La maternidad está cada día más desprestigiada: se cree que puede comprarse, venderse y sustituirse por cualquier otra cosa.
-La maternidad jamás ha sido valorada: desde la maternidad virgen de María hasta la maternidad sacrificada de nuestras abuelas o la maternidad invisible de hoy en día (al día siguiente con cuerpo 10 y de vuelta a las labores visibles e importantes): ninguna es reflejo del verdadero papel de la maternidad mamífera humana.
-Los cuidados maternales no son remunerados ni reivindicados por nadie, más bien parecen una "carga" a repartir a ver a quién le toca menos.
-Los procesos exclusivamente maternales (gestación, parto y lactancia) son continuamente violados por las autoridades sanitarias, jurídicas o laborales, y han quedado afuera de la mayoría de reivindicaciones feministas.
-Los conservadores reivindican una maternidad "sacrificada" y los progres una maternidad "institucionalizada", dejando ambos fuera la posibilidad de una maternidad placentera, informada, conectada y poderosa.
-Como hijos nos debatimos entre una idealización de la figura materna o una rebeldía crítica, pero casi siempre desconocemos la realidad de nuestras vivencias infantiles.
-La forma de crianza generalizada a lo largo de los siglos ha sido y es cruel con las criaturas y también con las madres, a quienes solemos hacer responsables de todo pero también a quienes desconocemos en sus auténticas necesidades.
-Las sociedades desarrolladas tienden a natalidad cero y a la excesiva tecnologización de los procesos reproductivos.
-Los únicos procesos exclusivamente femeninos que existen han sido ignorados por la ciencia, apropiados por las autoridades masculinas y se habla sobre ellos aún desde una gran ignorancia, estereotipos, prejuicios y sin contar con la voz de las madres.
-La maternidad, el parto, la lactancia y las necesidades de la primera infancia siguen siendo grandes desconocidas, incluso en ámbitos supuestamente científicos, sanitarios y pedagógicos.
 

Los regalos y las flores están muy bien, pero la revalorización de los procesos y los cuidados maternales por parte de toda la sociedad, estaría todavía mejor.

19 de diciembre de 2018

La carencia o el amor

Por Ileana Medina Hernández



El estado psicológico normal de casi todos los humanos es de guerra.
Carencia, lucha, competencia, necesidad, mendicidad, urgencia de recibir algo a cambio, de obtener recompensa, atención, perdón, razón o desagravio.
Estado de miedo, de inferioridad, de rabia, de estrés, modo supervivencia.
Luchar, luchar, luchar, decimos, y nos sentimos héroes.
Pero el estado de lucha, huida o sumisión está diseñado por la biología para situaciones de peligro puntuales. Los humanos, debido a cinco razones fundamentales (a saber: la conciencia de la muerte, la conciencia del tiempo, la conciencia del yo, la sociedad basada en la dominación y la crianza maltratadora... entre otras) lo hemos convertido en crónico, en habitual.
Esto es a la vez la causa y la consecuencia del desamor. La falta de amor, por tanto, el miedo, la guerra, es el estado normal de la civilización humana.
De ahí que sea tan milagroso construir una relación de pareja (y menos aún familiar, grupal, social) basada en el amor real, que empieza por el amor propio, y son directamente proporcionales. Dos naranjas completas que se encuentran y no dos medias naranjas que cojean.
Mientras más completas sean las naranjas, más probabilidades habrá de que los dos círculos se encuentren en el centro. Mientras más agarrotadas estén las naranjas, más pequeñas, más heridas.. menos tendrá para dar y para llegar a la otra. 
La "media naranja" busca que el otro la llene, y a veces por casualidad, nos encontramos dos amebas cuyos seudópodos se complementan, y a eso llamamos amor, pero es frágil, porque las formas son siempre cambiantes.
Ha de sobrar el amor, hemos de reencontrar el manantial de amor interior que somos, hemos de cultivar ser anchos, gordos, amplios y generosos en amor, para que los cambios, las cicatrices, las crisis... nos sigan dejando dentro del círculo que encuentra, abarca, contiene, nutre y comprende al otro.