Por Ileana Medina Hernández"Mi madre Hipólita, su leche ha alimentado mi vida, y no he conocido otro padre y madre que ella."
Simón Bolívar
Es probable que, a lo largo de los miles de años de historia patriarcal, las madres occidentales hayamos dedicado en general muy poco tiempo y cuerpo a nuestros bebés.
Las mujeres de clase alta, que hubieran podido, utilizaban -y utilizan- el personal a su servicio para atender a sus hijos: nodrizas, niñeras, institutrices. La lactancia mercenaria fue la forma más utilizada de alimentación no materna hasta finales del siglo XIX, en que comienzan a desarrollarse las denominadas "leches de fórmula".
Las de clase baja, que a lo mejor querían, no podían: aunque amamantaran, tenían muchos hijos que criar a la vez, un marido al que servir, y arduas labores domésticas que ocupaban mucho tiempo y energía.
Es verosímil que las mujeres de clase alta aplaudieran con entusiasmo la llegada de las leches de fórmula, pues permitió sustituir a las "amas de leche" por cuidadoras normales que pueden administrar el biberón, evitando con ello algo que secretamente "envidiaban": que otras mujeres alimentaran con su cuerpo a sus propios hijos.
Así, el biberón a todo lo largo del siglo XX ha sido una práctica "prestigiada" por su uso por las clases altas, que como sabemos, son las que implantan las costumbres asociadas al status y socialmente deseadas por las clases más bajas. Y, tras la Segunda Guerra Mundial, ha sido también grandemente estimulada por las crecientes industrias lácteas, la publicidad comercial, el aumento exponencial del poder adquisitivo de las clases medias, la incorporación de la mujer al trabajo, los primeros feminismos... pasando a integrarse totalmente en la forma de vida de la mujer "moderna" y "emancipada".
A la par, la lactancia materna -y aún más la prolongada- fue quedando entonces estigmatizada como una costumbre propia de mujeres pobres, campesinas, sumisas o anticuadas: "cosa de gitanas".
Además, y no menos importante, las leches de fórmula contaron inicialmente con el apoyo de la comunidad científica y médica, y en general, de la sociedad moderna inmersa en el paradigma "industrialista" que deposita su fe en la investigación científica, y considera que los productos industriales superan y "corrigen" los fallos de la naturaleza.
Sin embargo, desde hace varias décadas, la comunidad científica internacional en pleno respalda la indiscutible superioridad de la leche materna desde el punto de vista nutricional y, sobre todo, inmunológico para el bebé (inalcanzable por ninguna leche artificial), y también como práctica proveedora del afecto, el vínculo y la corporalidad materna que el bebé necesita en los primeros meses y años de vida.
Además, por su bajo coste en comparación con los ingresos actuales de las clases medias, el uso de biberón no tiene por qué suponer ya un signo de distinción (más bien al contrario, según la Asociación Española de Pediatría los bebés de clase baja son más susceptibles de ser alimentados con lactancia artificial), y las nuevas clases medias, cada vez más volcadas hacia la búsqueda del equilibrio y la "vuelta a la naturaleza", comienzan a interesarse de nuevo por la lactancia natural, con todas sus bondades para la madre y para el bebé.
Falta aún que las autoridades nacionales e internacionales europeas tomen las medidas necesarias para proteger la compatibilidad entre la maternidad y la vida laboral de las mujeres, y como consecuencia, la lactancia materna durante al menos el primer año del bebé.













