30 de abril de 2009

El prestigio del biberón

Por Ileana Medina Hernández



"Mi madre Hipólita, su leche ha alimentado mi vida, y no he conocido otro padre y madre que ella."
Simón Bolívar

Es probable que, a lo largo de los miles de años de historia patriarcal, las madres occidentales hayamos dedicado en general muy poco tiempo y cuerpo a nuestros bebés.

Las mujeres de clase alta, que hubieran podido, utilizaban -y utilizan- el personal a su servicio para atender a sus hijos: nodrizas, niñeras, institutrices. La lactancia mercenaria fue la forma más utilizada de alimentación no materna hasta finales del siglo XIX, en que comienzan a desarrollarse las denominadas "leches de fórmula".

Las de clase baja, que a lo mejor querían, no podían: aunque amamantaran, tenían muchos hijos que criar a la vez, un marido al que servir, y arduas labores domésticas que ocupaban mucho tiempo y energía.

Es verosímil que las mujeres de clase alta aplaudieran con entusiasmo la llegada de las leches de fórmula, pues permitió sustituir a las "amas de leche" por cuidadoras normales que pueden administrar el biberón, evitando con ello algo que secretamente "envidiaban": que otras mujeres alimentaran con su cuerpo a sus propios hijos.

Así, el biberón a todo lo largo del siglo XX ha sido una práctica "prestigiada" por su uso por las clases altas, que como sabemos, son las que implantan las costumbres asociadas al status y socialmente deseadas por las clases más bajas. Y, tras la Segunda Guerra Mundial, ha sido también grandemente estimulada por las crecientes industrias lácteas, la publicidad comercial, el aumento exponencial del poder adquisitivo de las clases medias, la incorporación de la mujer al trabajo, los primeros feminismos... pasando a integrarse totalmente en la forma de vida de la mujer "moderna" y "emancipada".

A la par, la lactancia materna -y aún más la prolongada- fue quedando entonces estigmatizada como una costumbre propia de mujeres pobres, campesinas, sumisas o anticuadas: "cosa de gitanas".

Además, y no menos importante, las leches de fórmula contaron inicialmente con el apoyo de la comunidad científica y médica, y en general, de la sociedad moderna inmersa en el paradigma "industrialista" que deposita su fe en la investigación científica, y considera que los productos industriales superan y "corrigen" los fallos de la naturaleza.

Sin embargo, desde hace varias décadas, la comunidad científica internacional en pleno respalda la indiscutible superioridad de la leche materna desde el punto de vista nutricional y, sobre todo, inmunológico para el bebé (inalcanzable por ninguna leche artificial), y también como práctica proveedora del afecto, el vínculo y la corporalidad materna que el bebé necesita en los primeros meses y años de vida.

Además, por su bajo coste en comparación con los ingresos actuales de las clases medias, el uso de biberón no tiene por qué suponer ya un signo de distinción (más bien al contrario, según la Asociación Española de Pediatría los bebés de clase baja son más susceptibles de ser alimentados con lactancia artificial), y las nuevas clases medias, cada vez más volcadas hacia la búsqueda del equilibrio y la "vuelta a la naturaleza", comienzan a interesarse de nuevo por la lactancia natural, con todas sus bondades para la madre y para el bebé.

Falta aún que las autoridades nacionales e internacionales europeas tomen las medidas necesarias para proteger la compatibilidad entre la maternidad y la vida laboral de las mujeres, y como consecuencia, la lactancia materna durante al menos el primer año del bebé.

24 de abril de 2009

El miedo a "cuando mamá no esté"

Por Ileana Medina Hernández




Este miedo no es del bebé. El bebé no sabe que mamá no va a estar.

La que tiene miedo es la madre.

La madre que sabe que en poco tiempo va a ausentarse, porque tendrá que reincorporarse al trabajo en 16 semanas.

De la mamá que necesitará salir, al cine, al teatro o a otro lugar donde su bebé no podrá ir con ella... porque siente que se asfixia al perder su "vida social".

El miedo a que el bebé "dependa de mí", hace que muchas madres echen mano del biberón, que lo puede dar cualquiera en su ausencia.

Pero ya sabemos que el mismo biberón atenta contra la producción de leche materna, cuya magia se basa en que se ajusta siempre a la cantidad que el bebé succiona, mientras más mame, más leche tendrás.

Por miedo a que dentro de 3 meses tendré que volver a mis obligaciones laborales o sociales, le voy quitando desde ahora el alimento-contacto materno que mi hijo necesita.

Por miedo a que dentro de 3 meses va a entrar en una "escuela infantil", no lo cojo en brazos, ni lo acompaño a dormir, no sea que se acostumbre y después "lo pase mal" en la guardería.

Por miedo a que dentro de unos meses lo vaya a pasar mal, estoy haciendo que lo pase mal desde ahora.

Hasta hace poco los niños comenzaban el colegio con 6 años. Después con 5, ahora ya con 3, y en guarderías desde bien pequeño. Ahora estamos abogando porque los colegios acojan a niños de 2 años, y de 1, y de 0.

Cada vez es menos el tiempo que le dejamos al niño para ser bebé, para estar en un lugar "calentito", recibiendo simplemente cariño y atención de su familia, para formar su personalidad, sin diluirse en el "colectivo" que cumple al unísono normas y órdenes sociales.

Y encima, por miedo a que pronto irá al cole y allí "tendrá que cumplir normas", le vamos quitando compañía, brazos, afecto, desde que nace... Por miedo a que el bebé no pueda cumplir unas "normas" que tendría que poder cumplir con 5 o 6 años, cuando ya razone y pueda negociar, y entender el sentido de esas normas, se las aplicamos desde que nace, cuando solo necesita la teta y el contacto con su madre.

Por miedo a lo que pueda pasar "cuando mamá no esté", mamá termina "no estando" desde el mismo momento del nacimiento.

19 de abril de 2009

La corporalidad




Por Ileana Medina Hernández


"El contacto físico es tan importante, y sin embargo tan escaso en nuestra cultura, 
que ojalá los médicos pudiéramos recetarlo, 
tanto por sus beneficios para la salud como por su capacidad para prevenir la violencia". 
-Dra. Christiane Northrup

Amamantar es estar en contacto cuerpo a cuerpo con el bebé, casi todo el día al principio: el bebé acaba de salir de nuestro vientre, el despegue tiene que ser poco a poco, durante años...

No es difícil ver que la lactancia es corporalidad, intercambio de fluidos, mostrar una parte del cuerpo de la madre que además -y no por casualidad- tiene grandes connotaciones sexuales... Muchas madres temen mostrar sus pechos en público, muchas personas incluso lo consideran obsceno...

Creo que esta es la principal razón por la que mucha gente ve mal amamantar en público, y mucho peor si es a un niño "mayorcito", que ya habla o camina.

La relación de la lactancia con la sexualidad (de la madre y del niño) es importante, y merece un análisis aparte, pero ahora me detendré simplemente en "la corporalidad".

En general en la cultura occidental, de origen europeo-católico, se evita el contacto físico, hay poco apego corporal, pocos roces, besos y abrazos. La "burbuja personal", el perímetro vital, es muy amplio, incluso con los seres queridos (con los extraños es más comprensible). A muchas personas no les gusta que les "soben" (¿quizás porque han sido poco "sobados" de pequeños?). Y traspasar de cualquier modo esa "burbuja" es considerado poco protocolario y una falta de educación formal. El contacto físico queda reducido pues al contacto sexual.

Esa distancia, una vez devenidos adultos, quizás no tenga mayores problemas, puede considerarse algo "cultural" y ya está. Nuestro amigo o nuestro hermano puede saber que lo queremos mucho, aunque no lo toquemos. Sabe que estamos ahí, sabe que lo ayudamos, sabe que nos sacrificamos por él cuando haga falta, recibe nuestras palabras de apoyo... comprende otros SIGNOS del amor que no son necesariamente la caricia, hay otras maneras de comunicar y demostrar ese amor... (aunque el físico siempre nos venga bien además).

Pero ¿y con un bebé? ¿Cómo sabe un bebé que lo queremos si no se lo demostramos físicamente? Un bebé no puede saber que me sacrifico todo el día por él, que me levanto a las 6 de la mañana por él, que me voy a trabajar por él, que pienso en él todo el día, que sería capaz de dar mi vida por él... no puede aún comprender nada de eso. Solo puede recibir amor con mi presencia, con mi contacto físico directo, con caricias, con teta, con el contacto piel con piel... eso es el único signo que él aún puede comprender del amor.

Y si no se lo damos desde el primer minuto, desde ese primer minuto en que acaba de pasar por el canal del parto y es tan traumático para él (y lo alejan de la madre, y se lo llevan a hacerle "pruebas", a meterlo en un "nido", a una incubadora, o simplemente a una cuna...) puede entender que no le queremos, que le hemos abandonado, sentir su integridad psíquica lesionada desde ese mismo momento del nacimiento.

Desde el primer minuto está sintiendo que le falta algo, que le falta mamá, que le falta amor... Si a eso le sigue día tras día, horas y horas de soledad en la cuna, noches durmiendo solo, métodos conductistas para enseñar a dormir que se basan en que el niño aprenda que su llanto no va a ser atendido, pocas caricias y besos, "espérate, niño, que ahora no puedo", "quédate ahí, que te acostumbras a los brazos", cochecitos, hamaquitas y corrales (eufemísticamente llamados "parques"), guarderías tempranas....... ¿cómo puede sentir el bebé que le queremos?

¿Y si ahí estuviera el inicio de todas nuestras inseguridades, de todos nuestros miedos, de todos nuestros "instintos" de violencia, de nuestra falta de autoestima, de toda nuestra timidez o nuestra prepotencia futuras, de nuestra sumisión o nuestra violencia, del "gen" de la mala leche, de la "vena" del autoritarismo, de nuestro "carácter", de creernos "poquita cosa" o "demasiada cosa", que es lo mismo???

Ni la teta, ni los brazos de la madre, ni el colecho, son cada uno en sí mismos a lo peor imprescindibles, pero si vamos quitando corporalidad, si le negamos al niño nuestro pecho, nuestros brazos, nuestro cuerpo, e incluso nuestra mera presencia cerca de él: ¿qué nos queda? Quizás mi madre no dio teta, la tuya no dio besos, la otra dio "una palmadita en el pañal", la otra se fue a trabajar, pero lo vamos compensando-en parte- con otras cosas, con brazos, con tiempo compartido, con juegos, pero si se quita todo, o casi todo: ¿de qué tamaño se va haciendo el agujero emocional?

La "autoestima", una psiquis sana y equilibrada, comienza a construirse en el primer minuto del nacimiento, y hasta ahora, poca capacidad hemos tenido los adultos para ponernos en el lugar del bebé e intentar entender sus necesidades.

Quizás no hayan niños que nazcan "tranquilos y felices", y otros que sean "ariscos y rebeldes" o llorones, sino solo niños que han recibido un buen legado de cariño (queda demostrado que para los bebés CARIÑO=CORPORALIDAD), y otros que no han recibido tanto...

¿Cómo lograr amamantar?

Por Ileana Medina Hernández

Lo más sensato sería decir: amamantando. Todas las mujeres de todas las épocas lo han hecho, y todas las mamíferas de todas las especies.

¿Por qué entonces tantas mujeres hoy sienten que "no pueden"?

La respuesta muchas veces entonces es: porque no sabemos cómo.

Los seres humanos hacemos lo que vemos. (No sólo los niños, también los adultos). Las mujeres de hoy en día no vemos a nadie amamantar, es muy difícil desear o saber hacer algo que nunca se ha visto, ni siquiera en libros ni en películas.

La lactancia es una conducta innata y una "pauta de acción fija" en los mamíferos, pero que se ve perturbada por factores culturales y sociales.

Entonces concluimos que no se amamanta porque "no se quiere" o "por falta de información".

Para suplir esa "falta de información" se abren cada vez más frentes: la formación de obstetras, matronas y pediatras (la Asociación Española de Pediatría dedica especial atención al tema, aunque hay mucho por hacer todavía), las campañas de los Servicios de Salud de distintas comunidades autónomas, la labor de la organización internacional de La Liga de la Leche, las distintas asociaciones de apoyo a la lactancia, libros y manuales para enseñarnos a hacer algo que la naturaleza previó como mecanismo biológico para todos los mamíferos. 

Es esa la intención con la que por ejemplo, el pediatra Carlos González publicó su magnífica Guía para Lactancia Materna, "Un regalo para toda la vida", que aclara muy bien que solo pretende dar información para que aquellas madres que quieran amamantar, puedan hacerlo. (Pero me temo que en el fondo, Carlos González intuye que la mayoría de las mujeres que se expongan a la información adecuada, van a "querer hacerlo".).

La información necesaria para poder lactar, la podemos encontrar en cualquiera de las fuentes antes citadas, aunque muchas veces tiene que rebuscarla la propia mujer interesada, porque no llega a ella de manera espontánea (como sí los biberones).

Sin embargo, nos encontramos con muchas mujeres, que una vez informadas, descubren que quieren lactar (o al revés) pero aún así, el deseo y la información no les basta para lograr una lactancia exitosa.

O no nos molestamos en informarnos, porque creemos que eso de la lactancia va a ser fácil -como debería ser- y luego resulta que nos encontramos con que "no podemos", con que hay muchos más obstáculos de los que creíamos. O creemos ingenuamente que "con el biberón se crían igual de bien" pues nadie nos ha dicho lo contrario.

Nos encontramos con madres muy motivadas para amamantar, que se han leído a Carlos González y muchos artículos sobre lactancia materna, y que a pesar de ello, encuentran que tienen que hacer grandes SACRIFICIOS para poder amamantar.

"La lactancia materna es muy sacrificada", escuchamos habitualmente. Cierto es que la mayoría de las cosas que valen la pena en la vida exigen ciertos sacrificios, pero la lactancia no tiene por qué ser un sufrimiento para la madre. Al revés, lo normal sería que la lactancia fuera una experiencia satisfactoria, como lo es para cualquier individuo sano todas sus funciones biológicas básicas: comer, dormir, defecar, tener relaciones sexuales... Además, podrían sentirse orgullosas dando lo más grande que pueden dar a sus hijos: el alimento más adecuado para ellos, la inmunización que necesitan (ha llegado a decirse que el sistema inmunitario del bebé es la leche materna), contacto físico, calor, amor.

Creo que hay varios factores, muchas veces poco mencionados, que pueden hacer que la lactancia sea menos "sacrificada". Intentaré enumerar algunos.

Mientras más factores de los siguientes logremos acumular, menos "SACRIFICIO" tendrá que hacer la madre para amamantar:

-Un embarazo sano, relajado y tranquilo, alimentándose bien, conectada con su bebé, descansando las últimas semanas, que pueda llegar a término y con el recién nacido con un peso normal. Los recién nacidos con bajo peso son cada vez más frecuentes en nuestros hospitales, y son muy susceptibles de necesitar atenciones neonatales extras, ser separados de sus madres al nacer, recibir biberones de refuerzo, o en última instancia, aumentar la inseguridad y temores de la madre.

-Un parto natural, en un entorno de respeto a la madre y al bebé (Hospitales Amigos de los Niños, o partos en casa), que coloquen al bebé inmediatamente en contacto con el cuerpo de su madre. Algunos estudios citados por Carlos González en su libro, demuestran que la falta de contacto inmediato del bebé con su madre está relacionada con una mala técnica del bebé para succionar posteriormente (que provocará dolor y grietas en los pechos).

-Una baja maternal digna y remunerada, de por lo menos 6 meses, tiempo que, según la Organización Mundial de la Salud, debe durar la lactancia materna exclusiva.

-Una madre segura de sí misma, que confíe en la capacidad de su cuerpo para amamantar a su bebé, con la autoestima alta, capaz de enfrentar los comentarios adversos que encontrará a su alrededor.

-El sostén práctico y emocional de la pareja, que sea capaz de la generosidad suficiente para no sentir, aun inconscientemente, su espacio "invadido" por la demanda constante del bebé.

-Un espacio cálido de intimidad para la madre y su bebé, donde puedan encontrarse y dedicarse el tiempo que sea necesario para su alimentación y contacto, respetado por el resto de la familia que puede y debe ayudar en el resto de las labores domésticas.

-El verdadero apoyo familiar a una recién parida consiste en aliviarla de cualquier otra ocupación doméstica, para que pueda permanecer todo el tiempo piel con piel con su bebé, descansar junto a él cuando el bebé duerme, y estar despierta cada vez que la necesita.

-Capacidad de relajación de la madre, de "abandonarse" a la experiencia de amamantar a su bebé, de dar una lactancia continua, sin mirar el reloj, de fusionarse con esa otra nueva personita, de mantener el continuum con el embarazo, de entregar su espacio y su tiempo a las demandas del bebé, sin sentir que pierde su "identidad" en ello.

Todos estos son factores ajenos a la voluntad de la madre, aunque a veces no lo parezca. Que van más allá de la información y las ganas. No son absolutamente imprescindibles para una lactancia exitosa, pero ayudan mucho.

Que se conjunten todos esos factores hoy en día es una gran suerte, cuando tendría que ser lo habitual. Son factores a veces muy íntimos, que parecen individuales, pero de los que paradójicamente son responsables la sociedad en su conjunto, la organización social, el enfoque colectivo solo dirigido a la producción y no a la re-producción.

Y son los factores que truecan el SACRIFICIO en una gran SATISFACCIÓN.

16 de abril de 2009

¿Cuánto ha de durar la lactancia materna?


Por Ileana Medina Hernández



Para responder a esta pregunta, los estudiosos han acudido a dos métodos:

-El estudio de la duración de la lactancia materna en las culturas tradicionales. Se dice que la duración de la lactancia en todos los grupos humanos que no utilizan otras leches, oscila entre los 18 meses y los 7 años, con una media de aproximadamente 4 años en el mundo entero.

-La investigación de la lactancia en el resto de los primates: La doctora Katherine Dettwyler, profesora de Antropología en la Universidad de Delaware, analizó la duración del destete en primates no humanos, y concluyó que, traspolando al ser humano las distintas variables que coinciden con el destete de otros primates (dentición, tamaño y peso de las crías, madurez del sistema inmunológico, etc...) en cualquier caso la duración de la lactancia humana estaría entre los 2,5 y los 7 años.

La Organización Mundial de la Salud recomienda mantenerla exclusivamente (sin introducir ningún otro alimento) hasta los 6 meses, y acompañando a la alimentación complementaria hasta los 2 años de edad, y a partir de ahí hasta que la madre y el niño lo deseen.

Pero cualquiera que tenga sentido común, no necesita ir a ver cómo amamantan los aborígenes de la Patagonia o los macacos de Ceilán para darse cuenta de un pequeño detalle: la lactancia materna ha de durar lo mismo que dura en la sociedad occidental el uso de biberones, los chupetes o tetes, y los "trapitos" u ositos para dormir (los llamados "objetos de transición").

Las tres cosas no son más que sustitutos artificiales del pecho y el cuerpo maternos, en sus tres funciones principales:

1.- La función nutricia: se sustituye por la leche de vaca manipulada industrialmente y la tetina de plástico.

2.- La función sensorial y sexual: El reflejo de succión de los bebés es su forma de canalizar la energía vital en la fase primera de su sexualidad. Los bebés tienen el sentido del tacto en la boca, y su energía vital y el desarrollo de su sensorialidad se satisface a través del deseo de succión del pecho materno. Esto se sustituye por los tetes o chupetes, que reducen el desarrollo sensorio-sexual del bebé a un simple acto de chupar plástico.

3.- La función afectiva: Inseparable de las anteriores, la lactancia materna permite el mantenimiento del vínculo psíquico entre la madre y el bebé, que no se rompe con el parto. Los bebés siguen en estado de "fusión" con su madre hasta más o menos los 2 años en que comienzan a construir su personalidad independiente. Los bebés viven en "fusión" con su entorno, y por eso necesitan "objetos" que les mantengan apegados a su persona de referencia, casi siempre, la madre.

Muchos expertos recomiendan que el uso del biberón y del chupete no se prolongue más allá del año, porque afecta la dentadura y la boca del bebé (cosa que no sucede con la succión del pecho materno). Pero aún así, la mayoría, la inmensa mayoría de las madres prolonga el uso de biberones y chupetes más allá de esa fecha, pues saben que sus bebés: no están aún maduros para beber en vaso, y siguen necesitando succionar. O sea, siguen necesitando la lactancia materna.

Sobre los llamados "objetos de transición": peluches, trapitos, almohadas, mantitas (generalmente blanditos y cálidos)... es frecuente leer artículos que dicen que son completamente "normales", que los niños los necesitan para su maduración. Y que es correcta su utilización entre el año y los cinco años. Cierto que peor sería que les quitáramos también sus objetos, donde proyectan el afecto materno. Pero lo que necesitan los niños en realidad es el contacto directo con el cuerpo de su madre, hasta mucho más tarde de lo que se lo permitimos en esta sociedad.

Lactancia materna y sueño infantil




Por Ileana Medina Hernández

Los primeros meses no compartía la cama con mi hija, aunque sí amamantaba, claro.

No sabía que lactancia materna y colecho tienen mucho que ver.

Mientras fue pequeña, hasta los 9 ó 10 meses más o menos, le daba el pecho y luego la ponía en la cuna, con un chupete, y la acompañaba hasta que se dormía, o se dormía en los brazos, y luego la colocaba. Ella no se quejaba.

Si alguien me hubiera dicho de acostarla conmigo, hubiera respondido lo que todos: "¿y si la aplasto?" Aunque es un tema poco estudiado, los casos de muerte infantil por aplastamiento de sus progenitores son realmente muy extraños, y siempre menos que los casos de muerte en la cuna. (Más bien parece al contrario: que antiguamente, como era mucho más frecuente que los niños durmieran con los padres, se atribuyera a asfixia lo que en realidad era muerte súbita).
Pero a partir de los 10 meses ya no podía ponerla en la cuna despierta, porque se ponía de pie, y quería salirse de allí. Empecé a dormirla en brazos, pero ya en brazos tampoco se quedaba, quería saltar y correr, jejeje....

Así que opté por acostarnos las dos juntas en nuestra cama: si ella está más despabilada, pues da unos cuantos saltos y vueltas, hasta que se va relajando, coge la teta y se queda frita. Pasarla luego a su cuna, imposible, sobre todo porque tampoco quiso más el chupete, al ser mayorcitos también se despiertan con más facilidad al moverlos, y lo único que la vuelve a dormir es de nuevo la teta, así que se queda en nuestra cama. (Este detalle es el aspecto práctico que me permitió pasar de una cosa a la otra).

La lactancia materna -PROLONGADA, o sea, natural sin ser interrumpida por administración de biberones o por voluntad de la madre- me llevó al colecho, sin buscarlo, sin saber ni lo que era, simplemente porque es la manera en que lo desea el niño grandecito que mama, el niño que ya sabe expresar lo que quiere, y que no ha sido adiestrado previamente para consolarse con sustitutos como el chupete, el osito o la mantita. Una vez más el camino de la lactancia materna me ha enseñado muchas cosas.

Y entonces aprendí a disfrutar el colecho, a sentirme maravillosamente bien sabiendo que allí es donde ella quiere estar, donde se siente segura, donde duerme casi toda la noche sin despertarse o con algún despertar muy breve que enseguida concilia de nuevo, no aferrándose a un osito de peluche ni a un chupete de plástico, sino chupando un momentito la teta de su mami. Y descansamos los tres perfectamente.

La naturaleza lo ha previsto así (y la maternidad nos da la maravillosa oportunidad de descubrir qué ha previsto la naturaleza para nosotros). El bebé necesita de la teta y del cuerpo de su mami durante varios años, por lo menos los mismos que tan felizmente creemos que necesita el biberón, el chupete o un osito para dormir (todos sustitutos de la teta): 2 ó 3 ó 4 años.

El chupete no es más que un sustituto de la teta de la madre, un "consolador", que hace más daño y que sabe peor. Me da gracia cuando alguien dice: "es que me coge la teta de chupete". ¿Y qué fue primero, la teta o el chupete? El chupete es un invento para que el niño calme su instinto de succión lejos del cuerpo de la madre, y no al revés. Eso puede ser muy cómodo para la madre, pero nadie le ha preguntado al niño qué preferiría. Y el osito, también es un sustituto, frío, plástico y made in China, del cuerpo de los padres. La naturaleza no crea niños que necesiten chupetes y ositos, crea niños que necesitan el contacto físico con sus progenitores.

El niño no se ha "acostumbrado" a los brazos, ni a dormir con nosotros, viene así "de fábrica", viene de estar acostumbrado a nuestro vientre, al calor, al movimiento, a los ritmos del cuerpo de su madre.

A dormir SOLO sí tendrás que acostumbrarlo, con métodos conductistas de adiestramiento que a veces implican el llanto del bebé durante noches y noches. Y cuando deja de llorar no es porque sea feliz durmiendo solo, sino porque ha aprendido que su llanto no sirve de nada, que sus padres no acudirán por mucho que él llore. Qué triste aprendizaje.

Podrás "adiestrarlo" para que duerma solo, pero sabiendo que le estás negando lo que él más desea y necesita para desarrollar su autoestima, su cerebro y sus sentidos: el calor, el olor, el movimiento, la energía de sus padres. Eso es lo que para un bebé, para su conciencia y sus sentidos, es amor. (Y también para un adulto: ¿o estaríamos dispuestos a cambiar el sexo con nuestra pareja, el contacto, el calor y el olor de nuestra pareja, por un "consolador" de plástico? ¿Nos sentiríamos "amados" por un amante que nos niega su cuerpo y nos propone cambiarlo por un muñeco de plástico? ¿Por qué lo que vemos normal en un amante que acabamos de conocer, nos parece mal para el bebé que acaba de salir de nuestras entrañas?)

¿Cuándo aprenderá a dormir solo el niño, cuándo no necesitará succionar para dormirse, cuándo dejará la teta, cuándo podrá dormir en su propia habitación por sí mismo? Cuando haya madurado. No hay que enseñarle, aprenderá solo. A lo mejor a los tres o a los cuatro años, no lo sé. Pero lo que sí sé es que ese día llegará. Llega en todas las culturas, en todas las sociedades, en todos los grupos humanos que crían a sus hijos siguiendo su instinto protector.

¿Dormir con con los padres puede traer problemas en el futuro? Bueno, quizás tengamos el problema de que tenga que dormir con nosotros 3 ó 4 años. Pero eso no es un problema para el niño. Es un problema para los padres que se sientan incómodos con su presencia en la cama.

Quizás yo saque a mi hija mañana mismo de la habitación, pero será "porque estamos cansados" "porque queremos recuperar nuestra intimidad" "porque no descansamos bien", "porque quiero mi cama para leer por las noches", o por lo que sea, pero son razones todas PARA LOS PADRES, NO PARA LOS NIÑOS. DAÑO AL NIÑO NO LE HARÁS NINGUNO POR ACOSTARLO EN TU CAMA, AL CONTRARIO.

Buscamos el pretexto de que "es malo para los niños", para disfrazar nuestra propia comodidad, para disfrazar nuestra propia incapacidad de sentirnos cómodos compartiendo nuestro espacio con el bebé, e inconscientemente, aparecen argumentos para que parezca que pensamos en el bienestar del niño. Algunos teóricos, psicólogos y médicos lo han prescrito así, y luego el resto de la sociedad utiliza esas doctrinas sin saber muy bien por qué.

El niño algún día irá a su cama, e irá con más seguridad, habiendo seguido su propio ritmo, lo sentirá como una conquista propia de su madurez, y tendrá menos pesadillas, menos miedos, más seguridad y más autoestima que si siempre se ha visto solo a la hora de dormir. Y una independencia mejor construida, a su tiempo, con madurez, y con la certeza de ser amado, que es lo único que nos permite ser independientes sin miedo.


15 de abril de 2009

Las espinitas clavadas


En los debates apasionados que mantenemos sobre este tema en el foro, Mosim abre su corazón y comparte su experiencia. Gracias, Mosim, muchas gracias.

Me ha permitido gentilmente reproducirla aquí, creo que es el testimonio más emocionante que he leído jamás sobre la maternidad:


"Yo al igual que otras mamis tengo varias espinitas clavadas en el centro de la diana de la maternidad:

1) Embarazo que no llega a término porque no supe mantener la calma (tela como se portó mi marido, tela, mi suegra, tela, mi madre, tela, mi cuñada... cuando no recibía una daga por un lado era por otro.... Y yo como una tonta, con mi falta de seguridad en mí misma, el miedo pardo que tenía y otras muchas cosas recogía y era herida por cada palabra y cada frase).
2) No-parto, es decir, inducción que acabó en cesárea (¿Y cómo no? Me pusieron el goteo, me obligaron a tumbarme y no me dejaron ni levantarme a hacer pis. Solo les faltó colgarme los pies del techo para que estuviera con el canal del parto en la dirección opuesta)
3) El no poder coger a mi hija, el no saber cómo era siquiera hasta después de una semana. Le preguntaba a la gente que venía a verme y que ya la había visto a ella cómo era. Mi hija nació con 1.750 gramos y se la llevaron a otra clínica porque en la mia no había neonatos.
4) La no lactancia materna.
5) Que mi hija tiene síndrome de Down

Hay más cosas pero estás serían las más importantes.

Al principio defendía a los médicos y cada cosa que había pasado a capa y espada. Hasta que mi hija no cumplió los tres años y empecé a tener algo de tiempo para mí, no me di cuenta de que ese agujero en el alma no era porque ella tuviera Síndrome de Down, era porque había acumulado una pérdida tras otras, todas relativas a la maternidad, a mi capacidad para engendrar, llevar en el interior de mi vientre, dar a luz y criar a mi bebé.

Cuando me di cuenta, lloré ríos de lágrimas, tuve ataques de ansiedad, he necesitado repensarme, reconstruirme. Durante años he querido tener otro hijo para "enmendar" todo esto, para que me dieran una segunda oportunidad de "hacerlo bien". Sí, es una barbaridad, pero así es. Lo he pasado y aún lo paso refatal con cada una de estas cosas. Después de más de 3 años de terapia psicológica me miro al espejo y al menos no me dan ganas de salir corriendo, pero hay temas como el del parto que me ponen del hígado sin que yo pueda evitarlo.

La lactancia materna fue cortada de raíz por el neonatólogo de la Milagrosa que "haciéndome un favor" me dijo que lo mejor que podía hacer era tomarme unas pastillas para que se me cortara la subida de la leche. Cuando la beba tenía 3 meses la puse al pecho para ver qué se sentía ¡y se agarraba, sólo que no había producción en la fábrica! He llorado lágrimas de hiel con esto.

Creo que buena parte de la infertilidad que sufro ahora tiene mucho que ver con lo incapaz que me siento con la maternidad. Ni embarazo a término, ni parto, ni bebé conmigo, bebé pequeño, sin lactancia, con síndrome de Down. Creo que lo único que salió bien es que ella está, yo estoy y nos amamos a pesar de todos los obstáculos. Y, como alguien ha dicho, creo que el amor es capaz de redimirnos, de curarnos, de volver a conectarnos aunque sea tarde, aunque sea a "la fuerza", pero ahí estamos, unidas. Somos madre e hija. Me siento orgullosa de ello.

Creo que nos quedan kilómetros aún que recorrer "socialmente" para poder ser madres completas de nuevo. Una sociedad que no es capaz de proteger a las madres y a los bebés me parece que es una sociedad en rodaje, en modo "pruebas".

Otra cosa que quiero comentar de lo que habéis escrito y que yo siempre digo cuando la gente fracasa con la lactancia es que nadie nace enseñado y antes, como alguien ha dicho, alrededor de la madre había siempre otra madre que había dado de mamar. Es más, esa madre primeriza estaba "harta" de ver a otras mujeres dar de mamar a sus bebés. ¿A cuántas mujeres hemos visto nosotras dando teta?... ¿Cuántas veces? La que llegue a 30 es una privilegiada. Jo, ¡qué pena!

Yo me siento menos madre por no haber podido darle teta a mi hija. Cuando estaba embarazada llamé a la liga de la leche para que me explicaran (entonces internet era un raro lujo), seguí todas sus indicaciones pre-amamantamiento, no tenía comprado ni un solo bibe... ¡Qué dura fue la caída! En septiembre del año pasado me pasé casi 15 días viendo de forma compulsiva este vídeo:http://www.youtube.com/watch?v=1MXwCUWjT34y llorando a moco tendido y mi hija va camino de los 11 años.

Creo que una pieza fundamental de todo este sarao es la culpa. Me he sentido tremendamente culpable por todo... Y no, hay cosas que simplemente no era capaz de ver en ese momento, otras que simplemente escapaban de mi control y otras que yo puse en manos de los que creía expertos y que en realidad no lo eran tanto. "

14 de abril de 2009

Aquellas pequeñas cosas...


Por Ileana Medina Hernández

No pasa nada por dar biberones en vez de teta.
No pasa nada por no coger a los niños en brazos, "para que no se acostumbren".
No pasa nada por sacarlos a su propia habitación desde el primer día de nacidos.
No pasa nada por que le apliquemos un método conductista para que aprendan a dormir solos, por que lloren un poquito, por que sepan que su llanto no nos va a conmover.
No pasa nada por que lo pongamos en una guardería a los 4 meses (o a los 45 días como es en muchos países de América, empezando por Estados Unidos).
No pasa nada por que los dejemos allí desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde.
No pasa nada por que no tengamos tiempo para atenderlos, las poquitas horas que estamos en casa, que tenemos muchas cosas que hacer, y los pongamos delante de la tele.
Ninguna de esas cosas en sí mismas puede que cause daños irreparables, ni que seamos "peores" padres por hacerlo (o tal vez sí).
El problema es cuando todos o muchos de esos "pequeños abandonos" se juntan.
Entonces es un gran desamparo.

12 de abril de 2009

La destrucción de la familia

Por Ileana Medina Hernández

La parte más conservadora de la sociedad, con la Iglesia y los partidos de derecha a la cabeza, clama contra la "destrucción de la familia".

Le echan la culpa a la desaparición del sagrado "matrimonio" entre el hombre y la mujer, al divorcio "express", a la legalización del aborto, y si me apuras, hasta al uso del preservativo.

Ni el matrimonio homosexual, ni los transexuales que tienen hijos, ni las familias monoparentales, ni el divorcio y los segundos o terceros matrimonios, ni los abortos, son los culpables de la destrucción de la familia. Más bien sería lo contrario: amplían el concepto de familia hacia segmentos de sociedad que de otra manera no podrían construir la suya propia (al menos sobre la base de la honestidad).

Lo que está verdaderamente imposibilitando que exista la familia es el poco TIEMPO que el matrimonio de toda la vida, el de padre masculino y madre femenina, tienen para dedicarle a sus hijos.

La falta de TIEMPO, la falta de CONTACTO FÍSICO, la falta de COMUNICACIÓN entre los miembros de la familia, es la principal causa de la crisis del modelo de familia nuclear con ambos padres trabajadores.

Una madre y un padre que salen de su casa ambos a las 7 de la mañana o antes, y llegan de noche; los niños "llave" que entran solos en casa por las tardes, a atiborrarse de videojuegos y comida basura; los miembros de la familia cada uno encerrados en su propia habitación delante de una pantalla; la falta de comunicación que empieza desde que el bebé es un recién nacido y se ignoran sus necesidades de contacto y brazos, y sigue con el niño que se pasa todo el día en actividades extraescolares, y continúa con el adolescente problemático que solo pide a gritos que le quieran y le tengan en cuenta: la esencia de la familia es el afecto, la comunicación, el apoyo, el tiempo compartido entre sus miembros.

11 de abril de 2009

Por qué amamantar no es una elección igual a la de elegir partido político

Se ha dicho que amamanta la madre que quiera, y que el biberón o la teta es una elección libre, como la de votar a un partido político o practicar una religión determinada.

Parece una verdad como un templo.

Sin embargo, hay un detalle que se nos escapa. En este caso los organismos internacionales, los ministerios de sanidad, la comunidad científica, las mismas madres y padres, todos están de acuerdo en que la leche materna es lo mejor para el niño. Y además una buena mayoría de las madres quieren amamantar, pero sienten o creen que no pueden. Si la mayoría de las personas quieren votar o pertenecer a un partido o religión determinado, nada se los impide en los países democráticos.

Muchas madres queremos amamantar, y no podemos. Y parece a causa de una limitación biológica, que somos minusválidas, que nuestras tetas han dejado de funcionar, que "no tenemos leche", o que "nuestra leche no es buena".

Como he dicho en otra ocasión, si nuestras tetas verdaderamente hubieran dejado de tener leche, una catástrofe biológica muy grande tiene que haber sucedido.

Sí tenemos leche, y nuestra leche sí es buena. Lo que pasa que hemos olvidado cómo se amamanta.

Las mujeres amamantaban hasta principios del siglo XX, y todas tenían leche. (Las mujeres de clase alta nunca han criado a sus hijos y contrataban lactancia mercenaria -nodrizas- que tenían "buena leche" precisamente porque amamantaban mucho. ¿Será otra de las causas por las que hemos dejado de amamantar, porque "los ricos no amamantan"?).

Todas las mujeres amamantaban porque era lo "normal", lo que veían hacer a sus madres, hermanas, tías, vecinas... y sabían instintivamente lo que tenían que hacer y lo que tenían que esperar de sus bebés.

Muchos coinciden en que una de las principales causas por la que fracasa la lactancia materna es por "falta de información". ¿Dónde está la información? ¿Por qué es tan difícil acceder a ella?

Hoy, las mujeres necesitamos hacer un "máster" para saber cómo amamantar. Tenemos que leernos libros, artículos en internet, entrar a foros, saber diferenciar cuál es la buena información de la mala, sufrir a pediatras y enfermeras desinformados, luchar contra la publicidad constante de leches y biberones, buscar grupos de apoyo a la lactancia escasos y lejanos de nuestro domicilio... ¿todo eso para poder dar la teta? Se ha "intelectualizado" la lactancia.

Pero en el fondo, en el fondo de nuestras almas de madres, en el fondo de nuestro instinto de mamíferas, en el fondo de nuestra esencia femenina, sigue estando el deseo -y la capacidad- de amamantar.

8 de abril de 2009

Lo que no le interesa a la sociedad de consumo


Por Ileana Medina Hernández

La sociedad de consumo, que como su nombre indica tiene como principal interés crear "consumidores", y cuyos mensajes más visibles van sobre todo a promover productos y servicios, no promueve por sí misma aquellos otros tipos de conductas que implican "no comprar" (ese tipo de mensajes se queda en manos de instituciones, administraciones públicas, fundaciones, asociaciones sin ánimo de lucro, etc...) que generalmente, o ponen menos empeño, o tienen menos dinero para publicitar sus ideas, que Danone, Nestlé o Coca Cola.

Lo único importante es el circuito productividad/consumo, y todo lo que se salga de él, no es más que un obstáculo, un impedimento para la productividad y para la capacidad de consumir productos materiales, que es lo que define el "estatus" y la "calidad de vida".

Todos decimos que trabajamos "para poder criar a nuestros hijos", pero terminamos por no criarlos para poder trabajar.

(Sobre trabajo y maternidad/paternidad, tema crucial, tendremos que volver en varios posts futuros).

Por tanto, a la máquina creadora de "productores/consumidores" no le interesa:

-LA LACTANCIA MATERNA: La madre que amamanta no compra botes de leche de fórmula a 20 euros el bote cada tres días, no compra biberones, tetinas, chupetes, esterilizador de biberones, calentador de biberones, portabiberones, limpiador de biberones, agua para biberones... y recontra-nosequé-biberones.

-QUE COJAMOS A NUESTROS HIJOS EN BRAZOS: La madre que sostiene a su bebé con su propio cuerpo no necesita comprar la abrumadora cantidad de accesorios aparca-bebés que venden las tiendas de puericultura: hamaquitas, columpios, gimnasios, corrales, cunas de viaje, moisés, minicunas, capazos, capazos adaptables a la silla, maxi-cosis, carritos, sillas-trío, sillas ligeras, mecedoras con vibrador... etc. etc. etc., donde el niño permanezca tranquilito, en posición horizontal y sin decir ni mu en todo el día. (Contrariamente, parece ser que esa posición horizontal permanente, unida a la leche artificial, a la forma de succión de los biberones, y al poco contacto físico con el cuerpo de su madre, es lo que provoca los famosos "cólicos" del lactante, que no es más que un malestar continuo del bebé por la forma en que está siendo criado).

-QUE COMPARTAMOS HABITACIÓN con nuestro bebé ¡¡¡y mucho menos cama!!!: ¡¡¡Eso es lo más peligroso del mundo!!! Usted debe comprar moisés, minicuna, recontra-minicuna, cuna pequeña, cuna grande, cama con barandilla, cama sin barandilla, litera, y cama adecuada para cada edad del niño, cambiándola si es posible cada vez que el niño crezca 5 centímetros.
Y decorarle una maravillosa habitación indendiente, donde aprenda a dormir SOLO desde los 0 meses, con su propio juego de muebles que también debe cambiar cada año, según el color y el estilo que aparezca en el catálogo primavera-verano de la tienda más chic. Ah, y con un intercomunicador con video cámara para vigilarlo todo el día mientras usted se arregla las uñas. Si no, ¡¡¡no es usted una buena madre!!! No le da a su hijo todo lo que necesita, ¡¡¡lo va usted a traumatizar!!! (El trauma se lo está produciendo realmente el poco contacto con el cuerpo de su madre, que es lo único que el bebé necesita y pide a gritos).

-QUE PERMANEZCAMOS DENTRO DE CASA: Dentro de casa, es probable, solo probable, que consumamos menos (ya hoy se puede comprar también, como no, por teléfono o internet o con el mando a distancia, así que no se deprima).
Trabajamos 9 ó 10 horas, y cuando llegamos a casa tenemos imperiosamente que salir a pasear, en casa "nos agobiamos", nos falta el aire, no sabemos qué hacer (además de estar enfrente de la pantalla, de la tele, del ordenador o de los videojuegos.)
No, tenemos que salir, necesitamos imperiosamente salir, no soportamos estar todo el día dentro de casa con ese "bebé-tirano" que solo quiere brazos, y que cada vez que tenemos todo listo para atravesar la puerta, ya quiere de nuevo comer, o ha hecho caca, o nos ha estropeado la ropa con un vómito...lo queremos mucho, es lo que más queremos en la vida, pero "yo estoy acostumbrada a llevar un ritmo", no puedo parar así, no puedo estar tantos días sin salir a la calle, con la teta afuera todo el día, con el pijama puesto hasta las 5 de la tarde y el pelo sin arreglar... no puedo (realmente no puedo).

Que una madre permanezca, durante una corta temporada, en su casa, amamantando, criando en brazos y en contacto permanente con su bebé de día y de noche, fuera del circuito de la productividad y también fuera del circuito del consumo material, no parece un problema mayor.

¿Por qué es tan difícil entonces? ¿Por qué creemos que no podemos, o que no debemos? ¿Qué nos lo está impidiendo?

A analizar los factores que hacen muy difícil -si no imposible- que los bebés reciban el contacto humano que necesitan para su formación como personas, dedico estas páginas.

7 de abril de 2009

La leche de la muerte

Hoy quiero compartir un fragmento del cuento "La Leche de la Muerte", del maravilloso libro Cuentos Orientales, de la escritora francesa Marguerite Yourcenar.

Creo que es uno de los homenajes más hermosos que se puede hacer a la lactancia materna, a la maternidad y a la mujer.

Llorad, y disfrutadlo.

[...]Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó arrastrar por los dos hermanos hasta el nicho que habían horadado en la muralla redonda de la torre: puesto que iba a morir, para qué llorar. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo ante sus pies calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo, que acostumbraba a mordisquear sus zapatos como un perrillo juguetón. Unas cálidas lágrimas resbalaron por sus mejillas y fueron a mezclarse con el cemento que la llana alisaba sobre la piedra. »

—¡Ay, piececitos míos! —dijo—. Ya no me llevaréis como solíais hasta la cumbre de la colina, para que mi bienamado viera antes mi cuerpo. Ya no sabréis del frescor del agua que corre: tan sólo os lavarán los Ángeles, en la mañana de la Resurrección...

La construcción de ladrillos y de piedras se alzaba ya hasta sus rodillas, tapadas con una falda dorada. Muy erguida en el fondo de su nicho, parecía una Virgen María de pie tras de su altar.

—Adiós, mis queridas rodillas—dijo la joven—. Ya no podréis mecer a mi hijo, ni sentada bajo el hermoso árbol del huerto, que da al mismo tiempo alimento y sombra, podré yo llenaros de rica fruta... El muro se elevó un poco más y la joven prosiguió:

—Adiós, mis manos queridas, que colgáis a ambos lados de mi cuerpo, manos que ya no podréis hacer la comida, ni hilar la lana, manos que ya no abrazarán a mi bienamado. Adiós, mis caderas y mi vientre, que ya no conocerá lo que es dar a luz ni amar. Hijos que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de darle a mi hijo, me acompañaréis dentro de esta prisión, que será mi tumba, y donde tendré que permanecer de pie, sin dormir, hasta el día del Juicio Final. El muro le llegaba ya al pecho. En aquel momento, un estremecimiento recorrió la parte superior del cuerpo de la joven, y sus ojos suplicaron con una mirada semejante al ademán de dos manos tendidas.

—Cuñados—dijo—, por consideración no a mí, sino a vuestro hermano muerto, pensad en mi hijo y no lo dejéis morir de hambre. No emparedéis mis pechos, hermanos, que mis dos senos permanezcan libres bajo mi camisa bordada y que me traigan todos los días a mi hijo por la mañana, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden unas gotas de vida, bajarán hasta la punta de mis senos para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día en que ya no me quede leche, beberá mi alma. Consentid esto, malvados hermanos, y si lo hacéis así, ni mi marido ni yo os pediremos cuentas cuando nos encontremos en la casa de Dios. Los hermanos, intimidados, consintieron en satisfacer aquel último deseo y dejaron un intervalo de dos ladrillos a la altura de los pechos.

Entonces, la joven murmuró:

—Hermanos queridos, poned vuestros ladrillos delante de mi boca, pues los besos de los muertos dan miedo a los vivos, mas dejad una ranura delante de mis ojos, para que yo pueda ver si mi leche le aprovecha a mi niño.

Hicieron como ella les pedía y dejaron abierta una ranura horizontal a la altura de los ojos. Al llegar el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía por costumbre darle de mamar, trajeron al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos pequeños medio comidos por las cabras, y la emparedada saludó la llegada del niño con gritos de alegría y bendiciones a los dos hermanos. Unos chorros de leche empezaron a brotar de sus dos senos, duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se durmió contra sus pechos, empezó a cantar con voz amortiguada por el muro de ladrillos. En cuanto le quitaron al niño del pecho, ordenó que lo llevaran al campamento para dormir, pero durante toda la noche se oyó la tierna melopea bajo las estrellas, y aquella canción de cuna, a pesar de la distancia, bastaba para impedir que el niño llorase. Al día siguiente, ella ya no cantaba y su voz era muy débil cuando preguntó cómo había pasado Vania la noche. Al día siguiente, calló, pero aún respiraba, pues sus pechos, todavía habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente dentro de su jaula. Unos días más tarde, su soplo de vida fue a juntarse con su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño, dormido en el hueco que formaban, oía aún latir su corazón. Luego, aquel corazón tan acorde con la vida fue espaciando sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la ranura ya no se vio nada más que dos pupilas vidriosas, que ya no miraban al cielo. Aquellas pupilas acabaron por licuarse y dejaron lugar a dos órbitas huecas, en cuyo fondo veíase la Muerte, pero el pecho joven permanecía intacto y durante dos años más, al llegar la aurora, al mediodía y al crepúsculo, continuaba manando el surtidor milagroso, hasta que ya el niño dejó de mamar por su propia voluntad.

Tan sólo entonces los pechos agotados se redujeron a polvo y en el borde de ladrillo ya no quedaron más que unas pocas cenizas blancas. Durante varios siglos, las madres enternecidas acudieron a la torre, para seguir con el dedo, a lo largo del ladrillo rojizo, los surcos trazados por la leche maravillosa...

Una sociedad sin prolactina


Michel Odent es un obstetra francés, bien conocido por introducir en los hospitales públicos el parto en el agua, y fundador del Centro de Salud Primal en Londres. Autor de varios libros imprescindibles, reproducimos en esta ocasión este pequeño fragmento:

Fragmento de El bebé es un mamífero, de Michel Odent. Editorial Ob Stare, 2da. edición revisada y ampliada, 2007.

"(...) Así pues, la madre que alimenta a su bebé se encuentra en un equilibrio hormonal especial, es decir, bajo los efectos de la prolactina, la hormona indispensable para que el pecho segregue leche. Pero además de activar la glándula mamaria, esta hormona produce también otros efectos: es la hormona que empuja a los animales a construir sus nidos y es también la que provoca comportamientos de defensa en las hembras lactantes. (...) Cuando una mujer amamanta, todos los efectos de la "hormona del amor" se dirigen hacia el bebé, que se convierte en el objeto de su amor. La subordinación hace que esté totalmente disponible frente a cualquier demanda del bebé. En cuanto a la ansiedad, le da la capacidad de estar mucho más pendiente de él y por ello cuando duerme no lo hace con un sueño muy profundo.

Puesto que los niveles hormonales medios de la población contribuyen a modelar las características de un medio cultural determinado, podríamos preguntarnos cuál es, pues, la característica de nuestra cultura occidental. Nuestra sociedad se caracteriza por un muy bajo número de hijos por mujer, a menudo inferior a dos y por la corta duración de la lactancia, de sólo algunos meses. En el resto de las sociedades humanas conocidas, la duración media de la lactancia se puede contar por años. Dicho en otras palabras, la mujer occidental está impregnada de prolactina sólo durante una etapa ínfima de su vida; en otras culturas, le afecta durante la mayor parte de su edad adulta. Lo podríamos resumir diciendo que nuestra sociedad se caracteriza por la escasez de prolactina.

Y es imposible imaginar que no esto no se manifieste en el comportamiento colectivo. Incluso podría tratarse de una vía de investigación para conocernos mejor a nosotros mismos.Puesto que sabemos cuáles son los efectos de la prolactina sobre el comportamiento, no podemos evitar la tentación de formular una pregunta inocente: ¿qué características tendrá, a priori, una sociedad en la que la prolactina escasea? Es fácil imaginar que, en una sociedad de este tipo, no va a ser una prioridad satisfacer las necesidades de los bebés. En una sociedad en la que la hormona de la nidificación está casi ausente, lo lógico es esperar que se niegue la necesidad de intimidad de la mujer que da a luz y de su recién nacido. (...) Podemos esperar también una falta de subordinación a las leyes de la naturaleza, una falta de prudencia en relación a los fenómenos naturales, como si jugáramos con fuego. Aquí el prototipo de cerebro masculino no tiene ninguna contrapartida. Recordemos que en una sociedad de simios, el individuo con el nivel de prolactina más bajo es el macho dominante."

La generosidad


Para iniciar este artículo, busco en el diccionario de la RAE la definición de la palabra generosidad, y he de confesar que supera con creces lo que esperaba:

generosidad.
(Del
lat. generosĭtas, -ātis). 1. f. Inclinación o propensión del ánimo a anteponer el decoro a la utilidad y al interés. 2. f. Largueza, liberalidad. 3. f. p. us. Valor y esfuerzo en las empresas arduas. 4. f. p. us. Nobleza heredada de los mayores.

¡Cuánta enjundia! Habrá que dedicarle más posts a este tema en el futuro. :-)

Si preguntamos a cualquiera cuál es la forma más elevada de generosidad que puede concebir en su mente, seguramente nos responderá: dar la vida por otro.

Morir por otra persona debe ser efectivamente la cota más alta de la capacidad de altruismo, y cualquier madre o padre diría sin dudar que está dispuesto a dar la vida por sus hijos.

En la práctica, sin embargo, la mayoría de las personas no tenemos -afortunadamente- la necesidad de morir por alguien amado, y lo más probable es que muramos de viejos, llenos de achaques y defecando delante de otro en la bacinilla de un hospital.

Pero pensemos en un biosistema armonioso, donde no haga falta que un individuo de la misma especie muera para que viva otro. ¿Cuál sería la forma más sublime que se nos ocurre de "dar la vida"? Es evidente: tener hijos. Embarazarnos, parir, amamantar y criar.

El embarazo es el estado vital de mayor plenitud física que pueda existir, y es pues una forma de generosidad, aunque probablemente uno no lo note, pues las madres seguimos sintiendo al feto todavía como una parte de nosotras mismas. Y lo es. Es nuestro "yo" que se hincha, y se hincha y se hincha, hasta llegar a lo máximo que podamos soportar, antes de advenir al puerperio, donde tendremos que anularnos casi del todo para atender a OTRO.

El parto (natural, propio, consciente y con algún dolor...) probablemente sea el momento cumbre de ese proceso de dar vida, y ha de ser para quien lo experimenta un instante único que la asoma a los límites de su propia consciencia. Digo ha de ser porque yo, como muchas mujeres, no tuve un parto así. Pedí a gritos la anestesia epidural y me abandoné entre cables de control en las manos de una profesional que hizo todo el trabajo por mí. Me lo perdí (al menos como oportunidad de crecimiento personal).

El amamantamiento tiene entonces ya otras connotaciones: el bebé ya es OTRO. Ya tiene sus propios ritmos, sus propias demandas, sus propias necesidades, diferentes de las de sus padres.

¿Y qué es lo máximo que podemos hacer por otro?

Alimentarlo con nuestro propio cuerpo. Después de parir, y antes de morir, no se me ocurre otra forma de generosidad mayor.

Ceder nuestro espacio vital. ¿No estamos dispuestos a ceder parte de nuestro espacio a las personas que queremos? ¿No estamos dispuestos a ceder nuestra habitación, nuestra burbuja corporal, a la persona amada? ¿Y no es el bebé lo que más amamos en este mundo? ¿Por qué hay padres que entonces se ven impulsados a expulsar a su bebé de la habitación, prácticamente desde el primer día que llega a casa? El tema de la habitación es muy importante, pero a eso habrá que dedicarle post aparte.

Ceder nuestro tiempo. Igual que con el espacio, el tiempo es la otra dimensión en que vivimos. ¿Por qué nos sentimos agobiadas por que el bebé nos demanda todo el tiempo? Es un ser dependiente -y nuestro ser más amado, no lo olvidemos-, que hasta ayer estuvo dentro de nuestro vientre, y que aún necesita de nosotros todo el tiempo. ¿Por qué no somos capaces de dedicar durante unos meses -solo durante unos meses de nuestra vida-, nuestro tiempo al ritmo y las necesidades del bebé? Para responder esa pregunta también dedicaremos otro post.

El bebé aún no puede expresar sus deseos, aunque sí expresa algunos: quiere estar en brazos de su mami y succionar todo el tiempo (es voraz, es cierto, a cambio duerme mucho). ¿Qué es lo que quiere pues? Cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad para interpretar los signos de otro se da cuenta: quiere ser amamantado.

No es posible negociar con un bebé recién nacido, aunque exprese algunas poquitas cosas. Podemos negociar con nuestros amantes, con nuestras familias, con nuestros jefes, que son personas adultas en condiciones de igualdad con nosotros. (Suponiendo la igualdad, que es mucho suponer).

No podemos saber qué estaría dispuesto a ceder el bebé a cambio de nuestro propio bienestar, por nuestra propia comodidad.

Por eso es tan necesario ser generoso con ellos. Porque podemos.

Y por si acaso.

Por si acaso, esa única pequeñez que le estamos negando, fuera para ellos lo más importante del mundo.



6 de abril de 2009

El apoyo de otras mamis


Este camino hubiera sido quizás imposible sin el apoyo de otras madres que estuvieran viviendo lo mismo que yo. La maternidad es una tarea necesariamente colectiva: "hace falta una aldea para criar un niño".

No encontré en mi entorno ninguna otra mami que amamantara a su hijo más de 7 u 8 meses (la que más), y siempre con el apoyo de biberones.
Pude darme cuenta de que no soy la única gracias a un foro maravilloso, donde pude comenzar a descubrir los entresijos de la maternidad placentera y libre.

Para ellas, y antes que todo, mi inmensa gratitud:

Sus nicks: Maru, Laura, Paula, Katharina, Anabsf, Sula, Sofi, Nerea, Loibca, Sol, Ainara, Mariola, Napi, Lluvia, Sisí, Strepito... y otras muchas que aunque no hayan disfrutado durante tanto tiempo de la lactancia creen en ella, siempre nos han apoyado o sufrieron lo que es querer amamantar y no poder por falta de apoyo: Meia, Gema, Hilur, Luna, Lunatika, Ocelumduri, Iria...y a todas las mamis del foro de Círculo de Madres , Mai, Ale, Geno, Ain, Tavi, Mim, Maci, Chinita, Marigon, Ayla, Lilit, Joral, Mak, Maricalaca, Janatica... a todas todas, que me acompañan y me enseñan muchísimo cada día a ser mejor madre y mejor persona.

Muchas gracias a todas. Gracias por la solidaridad.

Una catástrofe biológica




Por Ileana Medina Hernández

Si en los últimos 50 años, al 80% de las personas nos hubiera dejado de funcionar el hígado, o el páncreas, o necesitáramos de pronto protésis de piernas, consideraríamos que una catástrofe biológica muy grande ha afectado a la humanidad.

Sin embargo, el 80% de las mujeres del mundo occidental, incorpora biberones o abandona la lactancia antes del tercer mes del recién nacido porque "su leche no es buena", porque "no tiene suficiente" o porque el niño "se queda con hambre", o porque el niño "no se engancha", o porque tiene grietas en el pezón, o porque prefiere "dar un biberón con amor que teta a disgusto".

¿Qué le ha pasado a nuestras tetas? ¿Por qué han dejado de funcionar? ¿Le ha pasado algo a los bebés que ya no saben engancharse a la teta de su madre? ¿Por qué sienten disgusto las madres amamantando?

No soy la primera, ni la única, en hacerse estas preguntas y en intentar darle respuestas.

Que la leche materna es lo mejor para el bebé, no lo discute nadie. Lo saben las madres, lo dice la Organización Mundial de la Salud, los Ministerios de sanidad de todo el mundo, la Asociación Española de Pediatría, y la comunidad científica internacional en pleno, además del sentido común.

Sin embargo, las madres siguen pensando que su leche no es suficiente, que necesitan "refuerzo" del biberón, y ese mismo refuerzo termina acabando con la leche de las mujeres en poco tiempo, pues también es sabido que la producción de leche se ajusta a la demanda del bebé.

¿Por qué creen las madres que su leche "no es suficiente", que su cuerpo no es capaz de alimentar a su hijo, como la naturaleza ha planificado?

¿Por qué, a pesar de saber racionalmente que es lo mejor para nuestros hijos, no somos capaces de ofrecerlo?

¿Por qué todo el mundo piensa que está mal que cojas a tu bebé, "que se acostumbra a los brazos"?

Una madre primeriza y tardía como yo, que amamanto a mi hija con placer, que veo como la lactancia es una experiencia hermosísima (y que lo hermoso empieza más tarde, después que el bebé tiene más de 3 meses, cuando la mayoría ya ha abandonado la lactancia), que me siento crecida como mujer y como madre al amamantar, que estoy gratamente sorprendida por la profundidad y la maravilla de la experiencia, se pregunta inevitablemente por qué los demás "ven mal" algo que está científicamente comprobado que es lo mejor para los niños, y que puede producir tantas satisfacciones para una madre.

Empiezo a tirar del hilo, a buscar información, a leer artículos y libros, ... a contactar con otras madres que viven lo mismo, a confrontar opiniones en foros con otras madres que no han dado teta.... y he descubierto un camino maravilloso de comprensión y conocimiento de mí misma, de la crianza, de la maternidad, de la femineidad, del machismo, de lo que la sociedad hace con las mujeres y con los niños....

Me gustaría compartir este camino personal, que siento como un "descubrimiento íntimo", como una luz interior, como algo a lo que he llegado por mí misma... con otras madres, mujeres u hombres que también buscan su propio camino.