28 de mayo de 2010

Polémica Tenemos Tetas - Una mamá española en Alemania

-.-

En la línea de las tradicionales polémicas periodísticas, quiero publicar hoy una respuesta al artículo que Mamá en Alemania publicó en su blog, aludiendo al articulo de María Berrozpe llamado "Sobre feminismo y bebés" que publicamos aquí en Tenemos Tetas.

La intención es la de propiciar un intercambio intelectual sobre un tema que levanta muchas pasiones y que toca aspectos emocionales muy profundos en muchas madres y padres. Y que debería llevar a un desarrollo de medidas sociales que permitan que todas las familias reciban el apoyo del Estado y de la sociedad en su conjunto, para que cada una pueda realmente criar a sus hijos de la forma en que creen mejor.

Creo sinceramente que la primera crianza, ese tema tan silenciado y confinado al mundo invisible y desprestigiado de las "tareas domésticas", es una de las tareas más importantes de la sociedad, sino la más.

Debatir en el marco del respeto y de la libertad de expresión es sano, y creo que puede contribuir -aunque sea muy modestamente- a darle visibilidad a estos temas tan importantes que merecen ampliar su lugar en la agenda de la opinión pública.

Para seguir la polémica completa, leer en este orden:

1.- "Elizabeth Badinter: las claves del debate", por Ileana Medina Hernández
2.- "Sobre feminismo y bebés", por María Berrozpe
3.- "Mujer vs. Madre", por Una mamá española en Alemania



4.- Unas respuestas..., por María Berrozpe*:

En noviembre del 2009 mi Amiga Pepa - una gran periodista, madre de mellizos y residente en Suiza - escribió este artículo. Recuerdo que lo leí y me sentí insultada por una frase que había escrito: “Tendríamos que tener el derecho a elegir si queremos ser sólo madres-cocineras-chófer o bien otra cosa.” Ese “solo” me llegó al alma. Como me había mandado un borrador antes de publicarlo le pedí que sacara ese “SOLO”. Entendió mis razones y lo hizo. A pesar de todo sentí que no comulgaba con su manera de ver las cosas y sentí la necesidad de escribir lo que yo pensaba. Desde el nacimiento de mi primer hijo mi antiguo concepto de la maternidad empezó a desmoronarse y a evolucionar hasta llegar a consolidarse en el actual. Parte de mis conclusiones las plasmé en el artículo: “sobre feminismo y bebés”.


De hecho “Sobre feminismo y bebés” empezó siendo sólo una nota de desahogo en Facebook. No iba dirigida ni mucho menos al gran público (yo, a diferencia de mi amiga Pepa, no soy periodista). Sólo necesitaba ver sobre el papel (o la pantalla, en este caso) lo que pensaba y sentía. Durante cinco años he estado leyendo, estudiando y aprendiendo: Odent, Gonzalez, Jové, Gutman, Chamberlain, Gehard, ….. e incluso cursos “on line” sobre desarrollo infantil y alimentación. Todo intentando mejorar mi capacidad para ejercer esta nueva profesión: la maternidad. Leyendo, reflexionando y ejerciendo me fui haciendo mi propio concepto de lo que es ser una madre: una buena madre. La madre que necesita mi bebé.

Un día- navegando, navegando- fui a parar al estupendo artículo de Ileana en su blog “Tenemos tetas”: “Elisabeth Badinter: las claves del debate”.

Me di cuenta de que no había sido nada original al escribir “Sobre feminismo y bebés” y que ya existía toda una corriente feminista defendiendo esa visión de la maternidad. Me encantó la idea de unirme a esa corriente y me sumergí en el blog Tenemos Tetas. Así pude tambien conocer otras muchas mujeres que habían llegado a las mismas conclusiones que yo. Cuando Ileana me pidió publicar mi artículo en su blog me sentí muy halagada.

Ayer Ileana me mandó el artículo publicado en el blog: Una mamá española en Alemania. Al principio parecía que sus críticas iban dirigidas al artículo ya mencionado de la misma Ileana, pero al ir leyéndolo se fue dando cuenta de que, en realidad, se citaban párrafos de mi artículo. Aunque Ileana ya debatió y defendió su postura con unas palabras con las que yo también me identifico, me gustaría responder personalmente algunas afirmaciones de esta mamá española en Alemania:


1- “¿Realmente es feminista afirmar que “El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad”?”

No entiendo la relación de esta afirmación con el feminismo ni la falta de él. Creo que el embarazo y el parto y la lactancia también son partes de nuestra vida sexual, al igual que el coito. Eso es independiente del disfrute del coito como tal. De la misma manera que comemos para sobrevivir pero comer también es un placer en sí mismo – de hecho la cocina es un arte- el coito es un placer para disfrutar, dentro de nuestra libertad y al margen de su función reproductora. Que nosotras podamos utilizarlo independientemente de las otras partes de nuestra vida sexual no significa que las otras tengan menos importancia cuando se dan, ni que no se deban vivir como parte de nuestra sexualidad. Todas las mujeres que hemos vivido un “parto fisiológico y natural” sabemos que es una intensa experiencia sexual. Y la lactancia también: para la madre y el bebé. En todos estos procesos trabajan las mismas hormonas. Yo sólo reivindico el derecho a vivir nuestra sexualidad al completo. No desmerezco el coito en sí mismo, sólo digo que para nosotras sólo es una parte, no el todo.
2- "¿Cómo se puede afirmar por un lado que el bebé te necesita constantemente, que tu atención tiene que estar centrada en él a todas horas, que el momento de dar el pecho es algo especial que requiere concentración, calma e intimidad y por otro afirmar que la ministra bien podría haberse puesto a dar de mamar a su retoño (o cambiarle los pañales o calmarle en medio de un cólico) en una reunión del congreso? ¿En qué quedamos, se puede o no se puede? No se puede decir llueve y no llueve para ganar adeptos. O llueve o no llueve."
Yo defiendo el derecho de la madre a reincorporarse a su vida pública y profesional con su bebé. A que no se vea aislada simplemente por la necesidad de su hijo de estar con ella. Para esto no sólo es necesaria una baja maternal de 6 meses (como mínimo). Para algunas mujeres también podría ser muy ventajoso el hecho de que se viera con naturalidad (y sin críticas ni escandalizaciones) que se presentaran en su puesto de trabajo con su bebé, en lugar de tener que separarse de él. El hecho de que la lactancia sea parte de nuestra vida sexual no significa que estemos en éxtasis cada vez que damos de mamar. Habrá condiciones en las que una toma se convierta en un momento muy íntimo y especial. Pero otras tomas se hacen en público, mientras hablas con otra gente o tú misma comes algo. No veo el problema ni la incongruencia de ambas situaciones.

3- "¿Por qué, entonces, esa necesidad de demonizar lo otro para justificar lo nuestro? "

No era mi intención “demonizar” a nadie. En este artículo solo quise exponer mi visión de la maternidad y reivindicar el derecho a poder practicarla. No digo que yo sea mejor madre que las que dan el biberón o ponen a su hijo en la cuna en otra habitación desde el primer día. Pero sí que soy mejor madre que si yo pusiera a mi hijo a dormir en otra habitación y le diera el biberón. Como he llegado a esa conclusión, quiero poder ejercer la maternidad de la mejor manera posible bajo mi punto de vista, quiero que se me respete por ello y se me apoye TANTO como a las que han optado por ejercer su maternidad de otra manera.

4- "Lo que yo quería dejar claro (a raíz del libro además) es que hay un tipo de ideología mal llamada feminista, pero sí naturista, que ha pasado de gritar "quiero dar la teta dónde y como quiera y dormir con mi hijo y blbalabla" (que yo apoyo totalmente y me parece perfecto) a gritar "hay que dar la teta aquí y así y si no lo haces es porque no quieres a tu hijo" y eso sí que no... O sea, que "valen" menos los besos y abrazos de las del biberón simplemente porque dan biberón."

En eso estoy de acuerdo, cada una tiene que ejercer la maternidad como mejor le parezca. Pero me gustaría hacer una puntualización: todas las decisiones referentes a nuestra manera de ejercer la maternidad deberían basarse en un profundo conocimiento del tema. Es evidente que no viene mal informarse muy bien de las consecuencias de todas las decisiones que tomes respecto a tu hijo. Parece que tienes que estudiar años para se médico, biólogo, abogado o economista pero que para ser padre/madre ya naciste sabiendo y eso no es verdad. Muchas veces hacemos cosas porque “todo el mundo lo hace desde siempre” y con la excusa no profundizamos en las consecuencias. Pues bien, creo que todos y todas deberíamos aprovechar nuestra inteligencia y capacidad de aprendizaje y aplicarlas también a la maternidad/paternidad. A partir de ahí, todas las decisiones tomadas basadas en el conocimiento y el profundo amor que tenemos por nuestros hijos serán acertadas.

5- "El caso es que todo esto lo fundamentan en la biología y la selección natural y blablabla y como sigan así, vamos a volver a como estábamos hace un par de siglos y lo peor de todo es que lo vamos a hacer convencidos de que es lo mejor del mundo: las mujeres en casa y los hombres de caza."

Hace un par de siglos estábamos fatal. Totalmente en contra de los “fundamentos de la biología y bla, bla, bla”…… Fue una época donde según su posición social una mujer se veía obligada a abandonar a sus hijos en manos de las llamadas “amas de cría” porque no estaba bien visto que ellas criaran a sus hijos. Precisamente esto lo ha utilizado Badinter como prueba de que el instinto maternal no existe…. En fin. Rebatir este argumento requiere un artículo por si mismo y no voy a meterme a ello aquí. No quiero alargarme tanto. Ileana ya hace referencia a todo esto en su blog de una manera brillantísima.


6- "Así que dejen ya el paternalismo ese que rezuman en plan "mujer, en realidad tú trabajas o eliges otras cosas porque estás sometida a los hombres, no sabes lo que quieres, pero la biología dice que tú lo que quieres es quedarte en casa y cuidar a tus hijos, lo que pasa es que no te has dado cuenta todavía". Y así, mal vamos. "

Como la sociedad es machista y patriarcal, si queremos tener una posición de igualdad en ella tenemos que masculinizarnos. Si la sociedad fuera más igualitaria – y con ello me refiero a respetar igualmente las necesidades de ambos sexos en todos los aspectos- la mujer podría tener su posición sin necesidad de masculinizarse. Una mujer no necesita ser madre para realizarse, pero una mujer que decide ser madre necesita poder ejercer esa maternidad tal como le dicta su instinto y su inteligencia. En una sociedad igualitaria realmente todas podríamos ejercer nuestra maternidad sin sentirnos ni culpables, ni presionadas y sin perder nuestro prestigio profesional y social. La imagen de la mujer en casa y el hombre cazando es exactamente el modelo de sociedad machista y este no es el único modelo de sociedad posible.


7- "Los argumentos que estáis utilizando en España para conseguir algo que tendría que ser posible desde hace tiempo, son los que se utilizaron aquí hace más de 3 décadas (lo natural es esto, las necesidades del bebé, lo mejor es blablabla). Y las formas igual: "abandonar", "arrancar"... Palabras y expresiones que no son necesarias, porque además así lo único que le estáis diciendo a una mujer que se pone a trabajar porque le da la gana es que está abandonando a su hijo, por ejemplo. No se puede decir simplemente "dejar"? Así no se sentiría mal nadie. Y los resultados aquí son catastróficos: La tasa más baja de natalidad de toda Europa, para empezar. "


Supongo que este párrafo hace referencia a la siguiente parte de mi artículo:

“Así, las mujeres que no quieren desaparecer de la vida laboral se ven obligadas a abandonar a sus hijos a los cuatro meses de edad – si no antes – en manos ajenas. Y si la palabra “abandonar” os parece muy fuerte, preguntad al bebé como se siente. Preguntadle que tal le sienta cuando, ya en el parto, le arrancan (la mayoría de las veces de una manera traumática) del único mundo que conoce (el vientre de su madre), le manipulan lejos de ella y no puede ni oírla, ni olerla, ni sentirla, ni verla.”
Bien, pues siento en el alma que la palabra “abandonar” os suene fuerte y os parezca insultante, pero estoy hablando desde la perspectiva del bebé y él sí se siente abandonado. El no puede saber que su madre no está porque se ha ido a trabajar, que volverá y que le quiere mucho. Es un bebé. El sólo vive el ahora. Cuando está sólo llorando en su cuna se siente abandonado. Por lo menos eso es lo que demuestran los estudios donde se ve el incremento de los niveles de cortisol (hormona del estrés) en los bebés en estas situaciones (Sue Gerhard. El amor maternal. La influencia del afecto en el desarrollo mental y emocional del bebé. Ed. Aldesa 2004) Es así de simple. Dije abandonar porque quería hacer énfasis en los sentimientos del bebé y porque quería hacer hincapié en la conexión que yo creo que existe entre la teoría de la herida primal de Nancy Verrier y los problemas derivados de la falta de la madre no sólo en los casos de abandono/adopción. También dije “arrancar” al bebé de su madre en los casos de los partos traumáticos y mal intervenidos ya que esta es la expresión que las propias madres víctimas de estas intervenciones, han usado. Son palabras duras que expresan exactamente lo que quiero expresar. Vuelvo a puntualizar: no quiero decir que la madre abandone realmente a su bebé – ella le quiere y va a volver a por él- sino que eso es lo que siente el bebé. Si una madre se siente insultada por esta frase tal vez es porque ella también siente que está abandonando a su bebé.

Por último me gustaría aclarar que yo no intento adoctrinar a nadie. Sólo expongo mi punto de vista, el cual es fruto, no sólo de bastante estudio e investigación sobre el tema, sino también de mi propia experiencia personal. Desde luego, lo que no quiero en absoluto es faltarle al respeto a nadie. Como comentaba alguien en una de las respuestas a “mamá española en alemania”, estamos todas en el mismo barco. No se trata ahora de crear corrientes antagonistas y enfrentadas. Se trata de poner en común lo que todas y todos aprendemos en nuestra experiencia maternal o paternal. Siempre será enriquecedor para todos.

*María Berrozpe es una mamá española en  Suiza, doctora en Ciencias Biológicas, y monitora de La Liga de la Leche.

27 de mayo de 2010

Marketing, neurociencia y crianza: "Donde se detiene el raciocinio, empieza el consumo"

Por Ileana Medina Hernández

Acabo de leer una entrevista que no tiene desperdicio. Habla Martin Lindstrom, especialista en algo que resulta que se llama "Neuromarketing". O sea la aplicación de la ciencia del siglo XXI: la neurociencia, al mundo del marketing, la publicidad y el merchandising.

Fue publicada ayer 26 de mayo en la sección La Contra, del diario La Vanguardia, pero como ya no puede consultarse gratuitamente en la página web del periódico, te sugiero que vayas urgentemente a leerla aquí.

Lindstrom cita a Damasio, uno de los más importantes neurólogos del mundo, y nos advierte. La investigación de marketing y las investigaciones del cerebro nos confirman algo que ya intuíamos: "donde se detiene el raciocionio, empieza el consumo". El acto de consumir no es racional. No pertenece al neocórtex. Responde a nuestras necesidades emocionales y sensoriales más profundas y antiguas.

Es inevitable relacionar esta afirmación con lo que hemos hablado otras veces: a la sociedad de consumo le conviene que, desde niños, se nos frustren nuestras necesidades afectivas y nuestra autoestima, para que nos convirtamos en personas adictas a cosas por las que hay que pagar, para que nos convirtamos en grandes, irracionales y permanentes consumidores.

El consumo es un acto emocional y sensorial, y la etapa en que se construyen nuestras emociones es la primera infancia. El bebé emocional que no ve satisfechas sus necesidades afectivas, es un futuro adicto, un futuro consumidor-tragador de productos que puedan saciar su oralidad frustrada.

El niño al que desde bebé se le sustituye el pecho materno por un biberón; los brazos maternos por carritos y hamaquitas; el cuerpo materno por cunas y minicunas; el tiempo familiar por guarderías, canguros, televisión y parque; el niño al que se le deja llorar "para que aprenda"; el niño al que se le aplican métodos conductistas para que acalle sus demandas y duerma solo desde casi recién nacido;  el niño al que apenas se le dedican unos minutos diarios de verdadera atención exclusiva por parte de sus padres terriblemente ocupados y estresados; el niño al que se le pega "un bofetón a tiempo"; el niño al que se le mira desde la altura del adulto que siempre tiene la razón; el niño al que se le humilla y se le castiga... va dejando huecos en su sistema emocional que tendrá que sustituir a la larga por cosas efímeras que permanentemente sacien sus miedos, su malestar, su baja autoestima, su necesidad de reconocimiento.

Somos esos bebés sentaditos en preciosos carritos y acallados con chupete, que nos acostumbramos desde bien pequeños a consolarnos con sustitutos materiales del amor.

Desde pequeños ya el mercado saca gran rentabilidad de ese trueque de presencia y amor maternal y paternal, por el consumo de pacotilla material. "No vaya a comprar con niños", recomienda Lindstrom:
"Saben que las madres – y más las trabajadoras- siempre temen no dedicar a sus hijos el tiempo que merecen. Así que los niños desarrollan hábiles estrategias para explotar ese sentimiento de culpa y hacer comprar a los papás según su capricho."
Obviando el enfoque despectivo hacia los niños que rezuma su comentario, algo cierto hay en el fondo: sustituimos, más o menos inconscientemente, nuestra presencia y nuestro atención por cosas materiales.

Es curioso que Lindstrom hable de los niños, y que también traiga el ejemplo de las madres que compran leche de fórmula:

Analizamos por qué las señoras que compran leche maternal activan su área mental del afecto, y luego la de la jerarquía.
Lo del afecto, vale, pero ¿la jerarquía?
Somos primates obedientes. En los botes hay consejos de la autoridad sanitaria: y las mamás obedecen y compran.
"Y las mamás obedecen y compran". Duele esta frase. Pero tristemente es ahí donde empieza a fabricarse la espiral del consumismo. Y no sólo por imitación, por costumbre familiar, no es sólo el ejemplo lo que se transmite de m(p)adres a hijos. Son los agujeros emocionales.

Los agujeros emocionales que vamos arrastrando de nuestros antepasados. Como dice Laura Gutman, la "carencia de maternaje" que vamos transmitiendo de una generación a otra.

Como sufrimos esa realidad en nuestra propia infancia, estamos incapacitados para prodigar los permanentes cuidados que nuestras crías necesitan desde que están en el vientre materno, y en sus primeros meses y años de vida, en la fase primal donde se construye nuestra capacidad de amar a los demás y de amarnos a nosotros mismos, y por ende nuestra autoestima, nuestra seguridad, nuestra capacidad de ser felices... Y así, la próxima generación tendrá las mismas carencias, que transmitirá a su vez a sus propios hijos ad eternum, a menos que tomemos conciencia.

Y mientras, seguimos intentando taponar esos agujeros con la adicción absurda del consumismo, que nos satisface sólo momentáneamente y nos deja de nuevo en el desamparo, para tener que consumir más y  más.

Donde se detiene el raciocinio, no tendría por qué empezar el consumo. Deberían empezar nuestras emociones positivas, nuestros afectos, nuestra capacidad de amar, nuestra sensibilidad, nuestra espiritualidad, nuestra capacidad inmanente de sentirnos bien y felices por nosotros mismos.

Pero si lo que hay ahí es un agujero, un vacío de miedo y soledad, pues entonces, empieza el consumo.

Los placeres sin edad: interesante y provocativa entrevista con Antonella Moscati

"El hombre concibe la vida como el deseo:
un recorrido en línea recta con principio y fin;
hasta le ponen nota.
La mujer es cíclica.
Y su deseo lo es.
Para nosotras, el deseo y la vida es
una espiral sin fin que va ampliándose..."

Entrevista con Antonella Moscati, filósofa de las edades de la mujer, autora de "Una casi eternidad"

"Mujer: prepárate de joven para los placeres sin edad"

Por LLUÍS AMIGUET - 27/05/2010


Tengo 55 años: a una parte de mí le molesta que ya no la miren los hombres. Nací en Nápoles: allí miran siempre. Hubiera sido gran abuela, pero temí no ser buena madre y no lo soy. Llevo 26 años con mi compañero: ellos piensan de principio a fin; nosotras somos cíclicas

Yo no soy una mujer guapa.

No es verdad.

No lo soy, pero antes los hombres me miraban. Y de joven me habían molestado muchísimo esas miradas de los tíos cuando me levantaba o me sentaba siempre tratando de fisgar bajo mi falda...

Es que hay tipos muy desagradables... ...

Y de repente, un día, dejaron de mirarme. Primero en Francia, en las grandes ciudades; luego, tampoco me miraban en los pueblos y luego ni en Italia... Y al final ni siquiera en Nápoles se fijaban en mí.

¿Y eso le molestó?

De repente, me miré a mí misma con los ojos de un hombre que te mira. Y me di cuenta de que tenía cuarenta años.

¿Por qué le molesta que no la miren?

No me molesta a mí. Sólo le molesta a esa parte de mujer en mí que vive de las miradas de los hombres.

A las feministas no les gustará eso.

Me preocupa más estar de acuerdo conmigo misma que con las feministas. Lo que recomiendo a las mujeres es que lleguen a los cuarenta embarazadas o con un bebé.

¿Por qué?

Porque al cuidar al niño, te reencuentras con tu propia infancia, cuando lo importante era lo pequeño y cotidiano, lo inmediato y obvio, y así te olvidas de esa aceleración de tu propio tiempo que te obliga a recordar la falta de miradas de los hombres.

¿Y qué nos recomienda a los hombres?

Los hombres - es una injusticia- no empeoran necesariamente con la edad. Hay muchos que mejoran con los años en conjunto. Su descenso hormonal no se manifiesta en carencias y saltos... Es un suave descenso.

¡¡¡Arderá usted en la pira feminista!!!

Soy mujer. En la mujer, fertilidad e infertilidad son tan evidentes y proclamadas que cualquier perro macho podría evaluar en qué punto del ciclo está una mujer fecunda.

¿Y cómo las percibe la propia mujer?

El tiempo modifica, sobre todo, la percepción del tiempo. Para las niñas, el tiempo es, como el espacio, inacabable, inmenso y lento, hasta hacernos sentir tan pequeñitas...

¿Y después?

Vas creciendo entre tu tiempo interior y el del universo. Creces, y de adolescente no sientes tu tiempo inacabable como el de niña. A los 20, el tiempo te arrastra: te lleva donde quiere; hasta que a los 30 coinciden de repente tu tiempo interior y el exterior.

¿Una coincidencia biológica?

Tu tiempo se va acelerando y a los 40 se desboca, pero puedes frenarlo si tienes un hijo, por eso, las embarazadas que te parecían mujeres empiezan a parecerte niñas. Porque, hasta los 40, la vida te lleva como una gran fuerza dentro de ti. Después eres tú la que trata de meterse en esa fuerza.

¿En qué tiempo está usted ahora?

... Más allá de los 45 descubres, como yo ahora, que tu cuerpo ya va por libre: avanza por su cuenta hacia territorios desconocidos...

¿Y después...?

Está la menopausia: debemos repensarla, porque no hace tanto casi coincidía con la muerte, pero hoy nos llega justo en la mitad de la vida. Y una parte de ti cree entonces que ha sido abandonada por la vida.

¿En qué sentido?

El hombre concibe la vida como el deseo: un recorrido en línea recta con principio y fin; hasta le ponen nota. La mujer es cíclica. Y su deseo lo es. Para nosotras, el deseo y la vida es una espiral sin fin que va ampliándose. Por eso, cuando en la menopausia pierdes ese ciclo de mujer, te desorientas y tienes que encontrarte de nuevo.

¿Cómo se encuentra de nuevo?

Al gozar de la inversión que hayas hecho en los placeres sin edad: amistad, familia, música, deporte, profesión, la seducción del intelecto en conversación... Yel sexo, claro, vivido en ciclos de mujer. No en línea recta.

Defina "placeres sin edad".

Son los que requieren esfuerzo previo, como la música: no puedes disfrutar de tocar el piano si no lo has aprendido con esfuerzo. Son la amistad y la inversión afectiva. Son placeres que requieren esfuerzo durante años, pero después devuelven durante años hondas y gratificantes satisfacciones.

Defina "inversión afectiva".

Siento sobre todo no haber sido madre porque no puedo ser abuela. Tengo, en cambio, el mismo compañero desde hace 26 años.

¿El amor funciona como inversión?

Para el hombre, sí, porque también es llegar: principio y final. Y hacer balance y quedar bien. La mujer es cíclica y su gran triunfo es que su ciclo siga... aun sin ella.

Hoy, contra los años hay cirugías.

Tengo una foto de Liza Minnelli y sus amigos de Hollywood: hombres y mujeres con la misma cara estirada, brillante, igual mueca sin gesto ni sexo: idénticos. La cirugía plástica te roba la identidad a cambio de... La verdad es que no te da nada a cambio.

No te da, pero te quita arrugas.

Te quita tu identidad. Compare a Minnelli con una abuela de cualquier país del tercer mundo en la que cada arruga cuenta una historia vivida... Una vida. ¿No son esas caras viejas sin bisturí muchísimo más guapas?

Dígaselo a Berlusconi.

Berlusconi se opera por la misma razón por la que simula fornicar con jovencitas: en el fondo, no le interesa ni el sexo ni la belleza; sólo el poder, pero para tenerlo debe aparentar juventud y sexo. Así pierde su identidad, que es la construcción de toda una vida. Así vende su alma.

No soy una escritora, sino una mujer que escribe y escribe por necesidad: tuve ataques psicóticos. Duraban tres días y después olvidaba todo. Me mediqué y además de los neurolépticos -en dosis bajas porque mi psicosis era leve- me psicoanalicé y así descubrí que necesitaba escribir. Nadie publicó mis libros en Italia, pero tuvieron cierto éxito en Francia. Creo que se leyeron porque planteaban problemas que las mujeres no habían tenido antes, como el de ser madres: antes nuestras abuelas - sin anticonceptivos ni aborto-no decidían de verdad si querían ser madres, se despertaban un día ya madres... Somos la primera generación que decide por entero y por sí sola algo tan inmenso como dar la vida".


Entrevista publicada en la sección La Contra, del diario La Vanguardia, el 27 de mayo de 2010. Los subrayados en rojo son míos.

26 de mayo de 2010

Sensiblerías...

Por Ileana Medina Hernández

Llega a la oficina una muchacha jovencita, tendría unos 15 ó 16 años, con un bebé de más o menos año y medio en brazos.

Le pregunto qué desea, y me dice que quiere información sobre el Carnet Joven. ¿Es para ti? Le pregunto. Responde: Me manda mi madre, pero ella está abajo dando de mamar al niño.

-¿Donde abajo?
-En la planta de abajo, en la sala de familias numerosas.
-¿Te acompaño y la vemos a ella?

Les acompaño, mientras la adolescente lleva cargado al que ahora sé que es su hermanito.

Está la madre de todos, sentada en una esquinita dando de mamar, con el pecho muy tapado. Le pregunto para quién son los carnets y me dice que para ella (la chica que había subido a buscarme) y para su otra hermana (que no ha venido). Le explico lo que necesitan presentar, me dice que no tiene los DNI de las niñas, y que vendrá en otro momento.

Y al terminar, se ruboriza: -Y disculpe por la molestia... y se mira para el pecho donde está prendido su bebé recién nacido, indicando la causa de que no pudiera subir ella misma.

Le digo: -No tiene que disculparse. Está haciendo usted la labor más hermosa del mundo...

Y se me aguan los ojos y se me hace un nudo en la garganta... que me impide decir nada más, y me alejo de prisa.

No puedo evitarlo.

¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué me emociono tanto con este tema? ¿Por qué me dan ganas de felicitar, besar y abrazar a todas las mujeres que veo dando el pecho?

¿Por qué se me ilumina la mirada cada vez que veo una mamá con un bebé? ¿Por qué siento una especial sensibilidad con todas las madres de niños pequeños, y unas grandes ganas de decirles: ámelo mucho, cójalo en brazos, abrácelo, mímelo mucho, por favor? ¿Y enormes ganas de darles a ellas mismas un gran abrazo?

¿Qué tendré por ahí por mi propio inconsciente?

20 de mayo de 2010

Entrevista con Rosa Jové: "Tengo el secreto de la conciliación"

-.-

Del blog de Tarkus Kids, y realizada por la misma autora del blog, Laura Mascaró, me traigo esta excelente entrevista con Rosa Jové, la conocida autora de los libros Dormir sin Lágrimas y Crianza Feliz, que explica breve, clarito y bajito casi todo todo lo mismo que pienso yo sobre la crianza.

Disfrutadla:

Rosa Jové estuvo en Menorca dando una charla sobre crianza. La afortunada reportera que la entrevistó para la revista local fue una servidora. Compartimos un desayuno (aunque ella desayunó más bien poco porque la tuve toda la hora hablando…). Después, se cerró el aeropuerto debido a la ceniza del famoso volcán islandés, así que tuvo tiempo de leerse mi libro completito. Un honor para mí, obviously.


Estoy convencida de que para la mayoría de los lectores de Tarkus Kids, Rosa Jové no necesita presentación. Para los demás, diré que es licenciada en Psicología y en Historia y Geografía y que está especializada en psicología clínica infantil y juvenil, en psicopedagogía y antropología de la crianza. Es especialmente conocida por su libro “Dormir sin lágrimas” y por sus artículos sobre crianza respetuosa. Además –sobretodo- es madre de dos hijos, así que la primera pregunta es obligada:


¿Qué fue primero, la maternidad o el interés profesional por la crianza?

Trabajo con niños desde 1982 y fui madre en 1997, así que ya llevaba bastantes años –casi veinte- dedicada a los niños y tenía interés por la crianza. Pero he de reconocer que cambié mucho cuando fui madre. Hubo un cambio cualitativo más que cuantitativo. Hice una especie de reset en muchas cosas, eso es verdad. Siempre había sido muy respetuosa con los niños con los que trabajaba, pero sí que cambié cuando fui madre.

Estamos perdiendo el sentido de comunidad, la “tribu”. Las familias cada vez son más pequeñas, criamos a los niños en soledad… ¿Qué nos está pasando?

Antes las madres tenían unas redes sociales muy importantes. Yo, por ejemplo, era la mayor de una familia numerosa y, en aquella época, eran muchas las familias numerosas. La gente casi miraba raro a los hijos únicos. Entonces, ¿por qué pienso que mi madre pudo tener una familia numerosa? Porque en casa había tres mujeres para cuidarnos: mi madre, mi abuela y una tía que era soltera. Además, había relación con las vecinas pero, ahora, en las ciudades, esto es imposible. En pueblos pequeños todavía se puede, pero en ciudades es impensable. A veces, una madre, aún teniendo a su madre en la misma ciudad, puede que la tenga a hora y media de metro, que no la tenga al lado. Y, a veces, las madres viven en un bloque de pisos donde no conocen a la mayoría de sus vecinos o, si los conocen, quizás ellos no están criando, o no hay suficiente confianza como para dejarles a los niños. Esto es un obstáculo importante a la hora de criar, pero aún hay otro: ahora los niños están mal vistos en casi todos los sitios. Cuando yo era pequeña, todos los niños íbamos a misa, y nos divertíamos pasándonos los misales. Ahora, entras en una tienda con un niño y es muy posible que la dependienta te mire mal, como pensando “a ver ahora éste qué va a hacer”. ¡Hay bodas a las que ni siquiera invitan a los niños! Entonces, la madre se encuentra en la situación de tener que buscar a alguien que le cuide al niño o no puede ir a la boda porque lo tiene ella.

¿Es tal vez por eso que hemos llegado a confiar más en los profesionales de la crianza (pediatras, psicólogos, etc) que en nuestras propias madres o en nuestro instinto?

Sí, cuando te encuentras sola, a veces pierdes la seguridad en ti misma y, muchas veces, el profesional es la única persona cercana a la madre que entiende de crianza.

En estas circunstancias, ¿cómo podemos conciliar la vida familiar con la laboral?

¡Yo tengo el secreto de la conciliación!

Cuéntamelo…

La conciliación de la vida laboral y familiar es una ley que tiene un nombre muy largo pero muy poco contenido. En los países escandinavos hay dos años de baja maternal. Aquí dicen que no hay dinero para eso y se ponen a construir más guarderías. La guardería es un mal menor, atenta contra la salud de los niños, porque muchos se ponen enfermos y, si se quedaran en casa, eso no pasaría tanto. Pero, claro, muchas madres quieren ir a trabajar. ¿Cómo lo arreglamos? El otro día calculé cuánto cuesta una plaza de guardería por niño al mes. Hay que contar el personal, los materiales, la luz, la calefacción, etc, pero también el edificio. Cada plaza sale por una media de 2000 euros al mes. Creo que el Estado debería darles a las madres un cheque de 1500.-€ al mes por cada niño y que cada madre pudiera decidir si se lo gasta en la guardería, en una canguro o si le compensa dejar de trabajar para cuidarlo ella. Eso sí, todas las guarderías deberían tener una “tarifa plana” de 1500 euros. Así se gastaría lo mismo que se está gastando ahora pero las madres tendrían más opciones.


El otro día leía que una de las ventajas de la crisis económica es que las familias ya no tienen el dinero necesario para pagar guarderías y, en cambio, tienen el tiempo disponible para cuidar a los hijos en casa.

Exacto. Esto, junto con lo que hacen los países nórdicos que, si una madre se presenta a un proceso de selección laboral se le equiparan los años de antigüedad, haría que todo fuera más fácil.

¿La conciliación también pasa por un cambio de chip de las madres?

Sí, aunque la madre siempre tiene el derecho de elegir.

¿No te parece que cada vez hay más madres desnaturalizadas, que actúan en función del “qué dirán” en vez de hacer lo que sienten que es correcto?

Muchas veces reproducen el estilo de crianza que ellas mismas recibieron. Hace una treintena de años, dejar llorar a los niños era algo bastante normal. Creo que hubo un momento, a partir de los años 60, en que empezó a haber este tipo de ideas y, claro, las madres de hoy son las que fueron criadas así.

Sí, nosotras somos la generación del biberón, el chupete y la cuna…

Muchas veces me encuentro con madres que dicen: “mi madre me pegaba y no he salido tan mal”. ¡Ah, pero no saben cómo habrían salido si las hubieran tratado de otra manera! Por eso hay madres que no saben responder a las necesidades del niño, porque sus propias necesidades no fueron cubiertas en su día. Algunas han hecho el proceso y han cambiado, pero otras, no.

Una vez vino a mi consulta un matrimonio con un hijo adolescente con un ”currículum”… Yo siempre digo que no hay adolescentes malos, pero éste rayaba la línea: pegaba en la escuela, en casa, etc. El padre decía: “no sé cómo nos ha salido así, porque no le hemos dejado pasar ni una”. Le habían pegado con zapatillas, cinturones, etc., le habían castigado… Y no entendía cómo les había “salido así”. Bueno, yo lo puedo imaginar… Y ellos lo habían tratado así pensando que era por su bien.

Con esta falta de tribu y buscando consejo en los profesionales, la crianza ha llegado a internet. ¿Es bueno, malo o depende?

Yo creo que, en general, es más bueno que malo. Lo que pasa es que hay que enseñar a la gente a tener criterio cuando entra en internet. Hay foros que los montan los medios de comunicación, por ejemplo. Tienes que ver dónde te metes. A lo mejor un medio de comunicación puede montar un buen foro de política, pero de crianza quizás no. Sin embargo, aunque el foro sea malo, la gente deja mensajes contradictorios y, al menos, puedes darte cuenta de que hay más gente. Así, a veces, la gente empieza a buscar y encuentra otras cosas.

Si pudieras darle únicamente un consejo a una madre primeriza, ¿cuál sería?

Amor. Ya lo dijo San Juan: “ama y haz lo que quieras”. ¿Por qué mi marido y yo llevamos tantos años juntos? Por amor. No hay más.

Pero la gente sigue buscando métodos, quieren saber qué hacer exactamente en cada momento…

Cierto, pero la gente se tiene que acostumbrar a que en las relaciones humanas no hay métodos. Si los hubiera, los psicólogos no existiríamos. Habría máquinas donde introducirías el tipo de problema y saldría la respuesta. Las personas son diferentes: lo que sirve para una puede no servir para otra. Hay gente que se agobia mucho y necesita que le des rutinas porque, siguiéndolas, tendrá la sensación de estar haciendo lo correcto y se tranquilizará. Pero a una persona más meticulosa no le des rutinas, porque le dará un ataque el día que se pase 5 minutos de la hora. Es exactamente igual que enseñar a los niños. El mismo método no te sirve para enseñar lo mismo a dos niños distintos. Tenemos que acostumbrarnos a que hay cosas que no pueden enseñarse con métodos. Y aquí está lo bonito de la crianza: que no somos robots.

¿Estamos aprendiendo? ¿Cómo ves la crianza una generación más adelante?

Creo que vamos por el buen camino. Llegó un momento, en los años noventa, que tocamos fondo, pero ahora volvemos a remontar. Las tasas de lactancia están aumentando año tras año. Esto es un hecho significativo.

¿Qué se le dice, por ejemplo, a una madre que cree que dar el pecho todo el día es malo, no ya para el bebé, sino para la propia madre?

Que está equivocada. Debería tener un buen pediatra que le dijera que lo de las tres horas pasó a la historia hace años… Pero, claro, si el pediatra le sigue diciendo lo de las tres horas, la pobre mujer se va a desesperar. Yo llevaba a mis hijos todo el día en la mochila: el niño podía mamar cuando quería, pero no se veía ni el bebé ni el pecho.

Aquí no se ven muchos portabebés…

En las ciudades cada vez se ven más, por un simple motivo de comodidad porque, si vas en metro o en bus, con el carrito no puedes. En la ciudad te tienes que espabilar sola y, si usas una bandolera, vas mucho más cómoda porque no ocupa espacio y te deja las dos manos libres. Por eso mucha gente la usa aunque no tenga este estilo de crianza.

¿Qué nos pasa con la comida, que nos da tantos problemas? Ponemos normas a los niños y, después, cuando son adolescentes, tienen trastornos de alimentación, obesidad, etc. ¿No tendrá algo que ver?

Claro que sí. Yo siempre digo que, mientras las gente siga criando de esta forma, a mi no me va a faltar el trabajo. De mis pacientes, puedo decir que, los que traen a los niños cuando son pequeños, un alto porcentaje tiene un estilo de crianza más respetuosa con el niño: los traen en bandoleras, quieren que duerma sin dejarlo llorar, hacen consultas sobre lactancia, etc. Pero los que los traen cuando son adolescentes, son precisamente los otros.

¿Podemos hablar de niños ferberizados, estivillizados y compañía? ¿Qué pasa con estos niños cuando crecen?

Según los estudios, hay aproximadamente un 20% de niños que no tendrán ningún trauma porque se les haya aplicado este tipo de método. Y un 80% que sí. Ése 20% existe. Lo que nosotros hemos podido demostrar es que va en función de la edad. Estivill dice que el método no ha de aplicarse antes de los 7 meses de edad ni después de los cinco años. Cuanto más pequeño es el niño, más posibilidades tiene de traumatizarse. En cambio, si coges a un niño de cinco años y le dices que tiene que quedarse sólo en la habitación y dormirse, el niño llorará pero no pasará miedo. Sin miedo, no se desencadena el mecanismo neuronal que haría que se traumatizara. Por eso, este tipo de métodos indica que, después de los cinco años, no funciona. Y no funciona porque el niño ya no tiene miedo. Seguro que no le gusta estar sólo en la habitación, pero es posible que no le de miedo. Es como si intentaras aplicarle el método a un adolescente. No funcionaría, porque no tendría miedo. Otro factor determinante de futuras secuelas, además de la edad (relacionada con el miedo), es el pack que lo acompaña. Normalmente, la gente que compra este tipo de libros, también compra otros con títulos como “Espera”, “Aguantate”, “No lo toques, no lo abraces”, “Llévalo a la guarde a los 4 meses”, etc. Por eso, cuando llegan a consulta, no es que tengamos que desmontar el método Estivill, es que tenemos que desmontar el pack entero. En cambio, hay madres que han aplicado el método pero que han tratado al niño con respeto y con amor. Por tanto, ¿el método Estivill tiene secuelas? Sí. ¿Siempre? No. Y la gradación va en función de la edad de aplicación y del pack que lo acompaña. Creo que es importante realizar esta puntualización.

Si hemos aplicado el método Estivill y nos arrepentimos, ¿cómo podemos llevarnos al niño a la cama familiar?

Pues llevándolo.

Pero, si ahora duerme sólo, ¿cómo sabemos si está durmiendo bien o si está traumatizado?

Si se ha hecho y ha funcionado, hay que observar al niño cuando va a acostarse. Si el niño está contento y tranquilo –y eso ningún profesional lo puede ver mejor que una madre- entonces es que duerme bien y será suficiente con “compensarlo” durante el día con mucho amor y dedicación. Ahora bien, si ese niño, cuando llega la hora de acostarse, empieza a estar inquieto, a sentirse mal, etc, entonces es que no duerme bien. Si no funciona, cambia. Llévatelo a la cama familiar.

Hablemos de la tele. Parece que hay una especie de movimiento anti-tele…

Yo estoy en contra de ese movimiento contra la tele, las máquinas y las pantallas. Yo paso ocho horas al día delante de un ordenador, ¿y qué? La tele, el ordenador, la Play, etc no son malos en si mismos. Lo que puede ser perjudicial son los juegos que hay dentro, el contenido. Jugar a un Brain Training o a un juego para aprender inglés me parece perfecto En cambio, jugar a matar ancianas o a atropellarlas con un coche, eso ya no me parece bien. Lo malo no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. Hay que buscarles juegos adecuados y estar con ellos. Acompañarles, ver qué hacen, a qué juegan, qué se descargan por internet, etc.

Ahora, en el sistema educativo se quiere poner un ordenador para cada niño, por lo que estarán seis horas diarias delante de la pantalla. Y ahora hay madres que se quejan porque están tres horas jugando a la Play o viendo la tele. Hay que tener en cuenta que un niño “enganchado” debe ser, necesariamente, mayor de 5 o 6 años. Antes no se enganchan. Quizás algunos dibujos les llamen mucho la atención, pero ningún niño de menos de 5 años pasaría cuatro horas seguidas viendo a Pocoyó. En cuanto a los niños de 5 años en adelante, hay que tener varias cosas en cuenta: si va al cole, más o menos de 9 a 5 no estará delante de la tele. Si llega a casa, merienda y hace los deberes, antes de las 6 o las 7 tampoco verá la tele. Si además, es hijo único, no tiene hermanos con los que jugar y tampoco puede bajar al parque porque vive en una ciudad, ¿qué podemos pretender que haga? Pues mirará la tele o jugará a las maquinitas durante tres horas porque es el tiempo que tiene disponible. Además, muchas veces la madre ve más horas la tele que el niño y no considera que ella esté enganchada. Para mí, un niño enganchado es aquel que deja de hacer otras cosas por estar delante de la pantalla; que no va con sus amigos cuando éstos van a buscarle, que dice que no a cualquier plan que se le proponga. Y de ésos, todavía no he visto a ninguno. Otra cosa es que le propongas ir a casa de la abuela y te diga que no, pero eso quizás sea porque el ordenador es más bonito y agradable que la casa de la abuela. Pero si le ofreces algo bueno y dice que sí, entonces no está enganchado. Si se está aburriendo y no tiene nada mejor que hacer, entonces las máquinas y las pantallas me parecen bien, siempre que los contenidos sean adecuados y no deje de hacer otras cosas. Obviamente, entre hacer deberes y jugar a la Play, elegirá la Play.

Decías que hay que darles a los niños modelos, valores y normas. ¿No sería más adecuado sustituir las normas por principios? Es decir, en vez de poner una norma que diga que cada día comemos una pieza de fruta, usar el principio de que comemos alimentos saludables para mantener nuestra salud, por ejemplo.

Los principios los incluyo en los valores. Por ejemplo, la honradez es un principio o valor. Cuando hablo de normas, me refiero a la convivencia. Es decir, los niños han de ir atados en el coche porque si no, nos parará la guardia urbana. Esto es una norma y le tenemos que explicar al niño que no la hemos puesto porque sí, sino que es una norma social. Las normas son aquellas sobre las que no tienes elección y, por eso, se las tienes que explicar. Aparte, hay otra serie de normas que funcionan en casa. Por ejemplo, en mi casa, ni se grita ni se insulta. Es una norma de convivencia.

Claro, ésta es una norma que se fundamenta en un valor o en un principio, pero luego hay otras normas que muchas familias establecen arbitrariamente, como que sólo se comen chuches los sábados, por ejemplo. ¿Cómo puede un niño de tres años distinguir un sábado de un miércoles? ¿Cómo va a comprender que un día puede y otro no?

Las familias tienen derecho a establecer este tipo de normas, pero deben ponerlas a partir de los dos años de edad. Con un niño más pequeño, sencillamente, lo que no quieras que haga, intenta que no lo vea. Si no quieres que juegue con cuchillos, no los dejes a la vista. Si no quieres que coma chuches, no se las pongas delante. Si no quieres que rompa la vajilla de cristal, tenla guardada donde no la vea. A partir de los dos años, como tienen más capacidad de razonamiento y de lenguaje, se lo puedes explicar. Cada cosa a su tiempo. Por ejemplo, mis hijos entienden que los cromos sólo se compran el día que vamos al quiosco, que es el domingo, porque los otros días no gastamos el dinero en cromos. Detrás de esta norma tenemos el principio de aprender a administrar el dinero.

Háblame de los castigos y las consecuencias.

¿Castigos? A mí no me gusta castigar a nadie. Yo no castigo a mis secretarias, ni a mi marido, ni a mi hermana. No castigo a nadie, ¿por qué iba a castigar a mis hijos? Entiendo que si un niño tira las cáscaras de las pipas al suelo, se las hagas recoger, porque es la consecuencia natural: si ensuciamos, limpiamos. Eso no es un castigo.

¿Se aprende a distinguir las consecuencias de los castigos?

En ese momento, pienso que pasaría si eso pasara con mi marido. ¿Sería un comportamiento aceptable?

Por último (por falta de tiempo, que no de ganas) recomiéndanos tres libros de crianza que no sean tuyos.

Todos los de Carlos González; éstos, los primeros. Coge cualquiera de ellos, que todos son buenos.

Me gustaría recomendar alguno de lactancia materna por la importancia del tema, porque creo que es bueno que la gente empiece a hacerlo. Hay un libro de la Asociación Española de Pediatría, el Manual nº 5, que es un monográfico sobre lactancia materna.
También el de "Cómo hablar para que los hijos escuchen y cómo escuchar para que los hijos hablen", de Adele Faber y Elaine Mazlish.

Y, aparte, en mi libro Crianza Feliz hay libros recomendados en cada capítulo y todos están muy bien.

Desde aquí, le agradezco a Rosa el tiempo y la atención que me dedicó; y a Nuria y a Úrsula por haberla elegido a ella para dar la charla a los padres de alumnos.

Entrevista realizada por Laura Mascaró Rotger, abogada, autora del libro Educación y Libertad, y del blog Tarkus Kids.

17 de mayo de 2010

Semana Mundial del Parto Respetado 2010.


Estamos en plena celebración de la Semana del Parto Respetado. Para homenajearlo, voy a reproducir aquí un fragmento del libro Saltando las Olas, de la psicóloga reichiana María Montero-Ríos Gil, donde explica cómo llegamos a deshumanizar tanto el parto en la sociedad occidental.

Curiosamente, Elisabeth Badinter ponía, como ejemplo de que el instinto maternal no existe, la actitud de las mujeres de la clase alta francesa de los siglos XVII y XVIII, que entregaban a sus hijos a las nodrizas para ellas "disfrutar de la vida social y conyugal". Aquí, María Montero-Ríos explica detalladamente cómo en esta misma época, al cobijo de los avances médicos de la Ilustración y del auge de la vida cortesana, el parto perdió todo su sentido primitivo y privado,  y se convirtió en casi un "espectáculo" que las reinas daban ante los médicos y los miembros de la Corte.

El parto acostada es antinatural


Esta es la historia de cómo se deshumanizó el parto. Leed, y disfrutad del conocimiento:

"Este fenómeno se impulsó considerablemente a lo largo de los siglos XVII y XVIII, donde la realeza llevó el alumbramiento a un escenario honorífico y lo abrió al público, pues las reinas parían a sus vástagos ante la concurrida mirada de la Corte reunida para la ocasión. Según esta real moda, y por imitación, se reconocía el poder ascendente de las nuevas clases medias mediante su presencia también en el espacio privado.

Con el paso del tiempo, cada vez más habrá ido quedando condicionado el derecho de la mujer de elegir la postura que le pudiera resultar más cómoda a la hora de parir, teniéndose que colocar ella de cara al espectador y desestimar, por tanto, las posiciones de agachada o de cuclillas. El parto se horizontalizó en concesión a la galería a la par que se tornó más complicado. Las costumbres reales vinieron a influir en la nobleza, en las clases pudientes urbanas y en el pueblo llano; el hecho de nacer había perdido la intimidad y la privacidad. Aquella fue una época difícil para el amor maternal -si es que hubo algún periodo histórico más fácil que otros- donde la capacidad humana de desapego se lució con traje de gala. La persona desenraizada no siente sus raíces. La mujer fue adquiriendo un papel cada vez más significativo en la Corte, encontrando al fin un espacio social donde existir y proyectarse, como consecuencia no le quedaba tiempo ni interés para dedicarse a la crianza: los hijos eran amamantados por amas de leche. Las madres no ejercían; sencillamente, delegaban. Entregaban sus vástagos al poco de nacer -habría que decir "abandonaban"- a las nodrizas y no volvían a verlos hasta la adolescencia. De esta manera, se enviaba a las criaturas recién nacidas al campo pagando a unos extraños para que los cuidasen y alimentaran, extraños que ya tenían sus propios hijos y su propia hambre que saciar.

La mortandad infantil alcanzó cotas espeluznantes, y el peso de ese desastre -un verdadero genocidio- cayó con fuerza sobre la reputación de las comadres. La Iglesia y las autoridades decidieron asumir el control de la formación de las matronas y, de paso, introducirse en un mundo hasta entonces feudo de la mujer. El embarazo se "medicalizó", y la confianza de los reyes fue cayendo sobre los médicos -todos varones, pues la mujer no tenía acceso a los estudios-. Se crearon hospitales y se desarrollaron técnicas especializadas, los cambios había que justificarlos con avaces tecnológicos que comportaron mayor utilización del instrumental. Mauriceau inventó los fórceps, Baudeloque desarrolló la cesárea; en los partos aumentó el uso de la anestesia, la asepsia y la higiene y aparecieron también las sillas específicas para partos.
Las medidas que supondrían un adelanto frente a los problemas y las complicaciones se convirtieron en habituales y sistemáticas. La tecnología se apoderó del espacio, con lo que fue descendiendo escandalosamente la asiduidad del parto en casa, que quedo destinado únicamente a quienes no tenían medios económicos.

Se institucionalizó la absurda posición horizontal para parir, útil solamente para favorecer la visión y los movimientos del médico que manipula y extrae. La mujer, cada vez más insegura y temerosa del acto de traer sus crías al mundo, fue depositando en el sistema su capacidad de decisión y autonomía. Con las piernas en alto, los coños pelados y la boca clausurada comenzó una nueva andadura hacia la impotencia y la resignación."
Montero-Ríos Gil, María: Saltando las Olas, 2da. edición ampliada y revisada, Editorial Ob Stare, 2008, págs. 74 y 75.

La palabra más bella del castellano: amamantar

-.-

Del excelente blog de SINA: Asociación de apoyo a la lactancia materna y a la crianza consciente en Valencia, no pude resistir la tentación de traerme dos cosillas.

La primera, este magnífico mensaje de una campaña (ignoro auspiciada por quién, no logro leer la letra pequeña), pero me quedo con la idea, que es también mía:

NO PIENSES EN AMAMANTAR COMO UN DERECHO DE LA MUJER.
PIÉNSALO COMO EL DERECHO DE UN BEBÉ A ALIMENTARSE. 



Y también nos invita SINA a votar nuestra palabra favorita del español, una iniciativa del Instituto Cervantes, que invita a los internautas a elegir la palabra que más les gusta del castellano.

No hace falta decir que ya he votado AMAMANTAR, que curiosamente va a día de hoy en el puesto nro. 11:


Para mí, el acto que describe esta palabra resume lo mejor del ser humano: el amor, el alimento, la infancia, la naturaleza, la Tierra, la bondad, la generosidad, la construcción del mejor futuro de nuestros hijos y de toda la sociedad.

14 de mayo de 2010

¿Y qué es lo verdaderamente importante?

Por Ileana Medina Hernández
"Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca;
el amor es más fuerte que la violencia".
Herman Hesse


Leyendo y saboreando a Casilda Rodrígañez me encuentro con esta provocativa pregunta: "¿Y no será que las mujeres hemos asumido la inferioridad que nos han atribuido milenariamente, que tenemos un complejo de inferioridad, y por eso intentamos superarlo demostrando que sabemos ejercer el mando y administrar la Ley en la sociedad patriarcal?".

Siempre me han gustado más las grandes preguntas que las grandes respuestas.

Efectivamente, creo que el siglo XX fue el importante momento histórico en que a las mujeres nos tocó demostrar que sabemos ejercer el mando y hacer todas las actividades productivas y públicas que durante un par de miles de años habían sido exclusivas de los hombres.

Lo cual no quiere decir que todas esas actividades, por el simple hecho de ser hechas por los hombres, sean buenas o deseables: ¡¡¡sí, las mujeres también podemos hacer la guerra, pero ojalá no hiciera falta!!! ¿Nada bueno sería que todos nos metiéramos a soldados, solo para demostrar que también podemos serlo, no? Tampoco es nada bueno que queramos ejercer el poder del mismo modo en que lo han hecho muchos "grandes hombres" a lo largo de la historia.

Sí, las mujeres podemos ser grandes científicas. Las universidades hoy en día comienzan a tener ya más mujeres que hombres en sus aulas. Sí, las mujeres podemos ser grandes artistas, literatas, profesoras, médicos. Sí, podemos conducir camiones, ambulancias, helicópteros y aviones. Sí, tenemos inteligencia lógica: podemos ser matemáticas, físicas, ingenieras, arquitectas. No hay nada, ninguna tarea, que hagan los hombres que las mujeres no podamos hacer. Pretender discriminar cualquier profesión o actividad pública por razón del sexo es hoy una estupidez, además de una grave violación de derechos.

Además, la sociedad de la información necesita de unas cualidades que parece que poseemos en mayor medida las mujeres por razones antropológicas, como muy bien ha explicado la antrópologa Helen Fisher en su libro El Primer Sexo: la capacidad de trabajar en redes y en equipos, la empatía, la colaboración, la capacidad de hacer varias tareas a la vez, la capacidad de negociación, la comunicación no verbal, etc... son cualidades muy necesarias hoy en día en el mundo empresarial de la sociedad avanzada de servicios, y parece que estas cualidades las hemos desarrollado históricamente mejor las mujeres, precisamente por los millones de años en que hemos sido criadoras-cuidadoras-sembradoras.

No sólo tenemos las mismas capacidades intelectuales que los hombres, sino que parece que a lo largo de estos miles de años de dominio patriarcal no nos ha quedado más remedio que desarrollar mejores capacidades emocionales (o se nos han mutilado menos), y eso se revaloriza mucho hoy en día.

La sociedad se feminiza, y eso es lo importante. Las labores dejan de necesitar fuerza bruta, y reclaman cada vez más otro tipo de cualidades más "blandas", que las mujeres poseemos en alto grado, y que los hombres están impelidos a desarrollar. Llegó la era de la inteligencia emocional. Cuidar de las crías, además, provee a las mujeres de importantes habilidades sociales y emocionales, de ahí que la maternidad, lejos de ser un obstáculo para el trabajo, mejora el cerebro de las mujeres, como han demostrado muchas investigaciones científicas recogidas por la periodista Katherine Ellison en su libro El cerebro de mamá.

A finales del siglo XX y principios del siglo XXI, convergen pues los dos ríos del feminismo: el río del feminismo de "la igualdad" que nos ha llevado a que logremos conseguir los mismos derechos que los hombres y a que nos hayamos podido incorporar a todas las profesiones y tareas públicas; y el río del feminismo de "la diferencia", que valora más el hecho de que se "feminice" la sociedad en su conjunto, revalorizando aquellos aspectos que hasta ahora la sociedad del Padre, del Dios absoluto, de la Razón, de la Industria, de la Ciencia y de la Productividad habían dejado afuera: las emociones, la empatía, el cuidado de los otros, la generosidad, la solidaridad, la intuición, el tiempo para uno mismo, la receptividad, la espiritualidad.

El advenimiento de la mujer al mundo público, como he dicho en otras ocasiones, tiene que servir para cambiarlo, y lo está haciendo.  Para cambiarlo a favor de los bebés, de los niños, de los excluidos, de los "diferentes", de los pobres, de los desamparados.

A ambos ríos les faltan hoy cosas por conseguir, y la convergencia de ambos debe llevar a una nueva era de más bienestar para todos. Pero, en primer lugar, la sociedad en su conjunto, hombres y mujeres, necesita urgentemente de una inyección de Yin, de un aumento de la capacidad de amar y de cuidar de los otros, de generosidad, de la capacidad de dar a los demás y de ser mejores personas.  

¿Cómo puede aumentar una sociedad su capacidad de amar?  Como ha demostrado la neurobiología moderna, como bien han explicado Michel Odent y otros, para que las personas desarrollen su capacidad de amar, su generosidad, su empatía, sus valores, deben ser respetadas desde la etapa prenatal y el nacimiento, debemos ser cuidadas desde el mismo momento de la concepción. La oxitocina, la hormona del parto, es también la hormona del amor. Y eso no es casual.  El baño de oxitocina al nacer es imprescindible para que podamos amar en el futuro, para que podamos ser buenas personas, para desarrollar nuestras capacidades sociales de empatía y relación con el prójimo.

Todas las sociedades violentas han buscado el modo de perturbar la naturalidad del parto, y de separar a las crías de sus madres cuando aún son muy pequeñas. En esa perturbación nace el Miedo, el miedo primario a ser abandonado que no se cura jamás, y de ese Miedo nacen todas las posibilidades de explotación, de sumisión, de violencia, de dominio de unos seres humanos sobre otros.

Embarazarnos, parir y amamantar: embarazarnos bien (con conciencia, tranquilidad y felicidad), parir bien (sin hormonas sintéticas, sin cesáreas, sin partos inducidos, sin anestesias, sin inmovilizarnos, sin ser observadas y maniatadas....) y amamantar bien (a demanda, sin reloj, sin biberones, durante varios años), es pues imprescindible para que haya una sociedad mejor. Es la tarea más importante de la sociedad en su conjunto. Y es algo que sólo podemos hacer, hasta ahora, las mujeres.

Las mujeres pues, podemos efectivamente, alcanzar el poder e impartir la ley en la sociedad patriarcal. Podemos ser juezas, coroneles, ministras de Defensa. Pero con ninguna de esas labores contribuimos más al bienestar de la sociedad que con la otra labor más simple y ancestral, la labor más importante que existe: la de parir -bien, libre, con placer- y amamantar -bien, libre, con placer- a nuestros hijos. El poder tiene que servir pues para hacer esto posible, para hacerlo compatible además con el ejercicio de las profesiones y labores sociales.

Esa es la tarea que hay que prestigiar. Lo que paradójicamente, tampoco han podido hacer hasta ahora nuestras madres, abuelas, bisabuelas y tatarabuelas patriarcales... Atrapadas no solo en la esclavitud del hogar y el marido, sino también enajenadas del conocimiento de sus cuerpos, de sus ciclos reproductivos, de su sexualidad, de su libido... La liberación lleva dos partes, y las dos son necesarias.

No sólo "libera" poder ser ministra, empresaria de éxito o actriz de Hollywood, no sólo "libera" la posibilidad de ganar dinero y ser independiente económicamente, hay otra liberación también urgente: la de nuestros cuerpos, la de nuestras funciones reproductivas, la de nuestras emociones, la de nuestra psique reprimida, la de nuestras infancias arrebatadas, la de nuestra capacidad de amar y cuidar de nuestros hijos.

Y para mí, la segunda, desde luego, es mucho más importante, más difícil, más revolucionaria.

11 de mayo de 2010

Sobre feminismo y bebés

Por María Berrozpe*

Vivimos en una sociedad patriarcal. Una sociedad donde el varón impuso sus normas y sometió así a la mujer. Vivimos en una sociedad machista.

Durante siglos mujeres fuertes y valientes lucharon para igualarnos en derechos a los varones. Consiguieron grandes logros. Hoy en día todas les debemos no ser un cero a la izquierda en la vida social y familiar y poder ser libres para decidir nuestro papel dentro de la sociedad. Podemos ejercer todas las profesiones, podemos estar solteras, casadas o arrejuntadas, podemos parir o no parir, podemos ser madres o no serlo...

¿De verdad? … Yo creo que no.

Yo creo que ya no podemos parir y ya no podemos ser madres o, más bien - para no ser tan drásticas - ya no podemos ser las madres que necesitan nuestros bebés. Es el precio que hemos pagado por tener una supuesta libertad y una supuesta igualdad en nuestra patriarcal sociedad. Para poder disfrutar de sus privilegios hemos tenido que renegar de parte de nuestra naturaleza. Hemos tenido que masculinizarnos.

Esta masculinización se ha dado a diferentes niveles. En primer lugar ha conquistado nuestra vida sexual. La mujer ya no se deja llevar por su verdadero instinto: ese que nos hace acoplarnos sólo con el varón que consideramos más óptimo para nuestros hijos. Nos hemos adaptado al instinto de ellos: cuando sea, con quien sea y como sea. Ya no podemos seguir nuestra naturaleza cíclica: nuestros ciclos naturales han sido destruidos por los anticonceptivos hormonales. Además, al igual que ocurre en los varones, el coito se ha convertido en inicio y final de nuestra vida sexual. Pero si volviéramos a nuestros orígenes veríamos que eso no fue así. El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad. En condiciones naturales, al coito le siguen - al menos algunas veces - un embarazo, un parto y una lactancia. Actualmente estas tres fases son ignoradas, anuladas e, incluso, maltratadas.

En primer lugar el embarazo. Hoy día todavía es socialmente aceptable estar embarazada y hacer una vida activa y normal. A veces demasiado normal. Por supuesto que el embarazo no es una enfermedad pero se ignora el hecho de que la mujer embarazada está en un momento muy especial en que requiere un mínimo de consideración a nivel laboral y familiar. En el mundo laboral la mujer embarazada tiene que demostrar que puede seguir a tope con todo y con todos, a costa de la salud de su hijo. En la vida familiar todavía no serán pocos los compañeros que ignoran las nuevas necesidades afectivas y sexuales de sus compañeras embarazadas.

El tratamiento del parto ya roza la absurdidad más demencial. Provocando por si mismo las complicaciones que luego tiene que tratar, el intervencionismo médico aplicado al “por mayor” ha violado sistemáticamente una de las experiencias más intensas, ricas y profundas de la vida de una mujer. Y con eso no quiero decir que no se hayan de aprovechar todos los avances en medicina para disminuir riesgos y tratar las posibles complicaciones. Eso no está reñido con un tratamiento respetuoso de la parturienta, el neonato y el parto. Ya en 1970 Michel Odent empezó a aplicar en Francia una filosofía totalmente diferente respecto a la atención al parto (Odent, Michel: Nacimiento renacido. Editorial Creavida). Han pasado 40 años y en España parece que no se han enterado de la revolución.

Y la lactancia…. Ay, la lactancia. Prácticamente extinguida en nombre de esa supuesta libertad para la mujer. Las consecuencias de que la gran mayoría de bebés hayan sido alimentados con leche de vaca más o menos bien adaptada a lo largo del último siglo se empiezan a vislumbrar ahora. Decenas de estudios científicos demuestran los devastadores efectos de esta práctica a corto y largo plazo. No voy a enumerarlos aquí. Basta con visitar la página web de la Liga de la Leche, de diferentes sociedades de pediatría (http://www.aeped.es/lactanciamaterna, http://www.aap.org/healthtopics/breastfeeding.cfm, http://www.aap.org/breastfeeding), o de la Organización Mundial de la Salud para tener una interesante recopilación de artículos científicos sobre el tema. Y a pesar de la evidencia todavía tenemos que defender nuestro derecho a amamantar.

Amamantar en exclusiva al menos 6 meses. Amamantar hasta, al menos, los dos años. Amamantar a demanda sin interferencias del reloj. Amamantar aunque tengamos un horario laboral que cumplir. Amamantar donde nuestro bebé lo requiera. Y las más atrevidas que queramos seguir amamantando más allá de los dos años tendremos que ponernos un buen escudo protector contra las críticas ignorantes y las miradas de desaprobación ante un acto tan atrevido. Tenemos que ver y oír comentarios sobre el “mal gusto” que demostramos tener al dar de mamar en público. Tenemos que aguantar que en algunos lugares públicos se prohiba amantar al mismo tiempo que prohiben, y cito textualmente, “el uso de la fuerza física, amenazas, lenguaje obsceno, gestos obscenos, insultos de origen racial, religioso, étnico o cualquier comentario discriminatorio los cuales afecten a cualquier cliente del centro o que pueda crear molestias que interfieran, interrumpan o pongan en peligro a los ocupantes del centro o su actividad comercial”. Parece ser que para algunos, dar de mamar a un bebé pertenece a esta categoría de actos.

Pero esta incomprensión de la sociedad frente a la madre lactante no es más que la punta del iceberg. Todo un sistema de crianza basado en el respeto a la necesidad del bebé de estar prioritariamente con su madre se ha ido al traste debido a esta supuesta emancipación de la mujer. Así, las mujeres que no quieren desaparecer de la vida laboral se ven obligadas a abandonar a sus hijos a los cuatro meses de edad – si no antes – en manos ajenas. Y si la palabra “abandonar” os parece muy fuerte, preguntad al bebé como se siente. Preguntadle que tal le sienta cuando, ya en el parto, le arrancan (la mayoría de las veces de una manera traumática) del único mundo que conoce (el vientre de su madre), le manipulan lejos de ella y no puede ni oírla, ni olerla, ni sentirla, ni verla. Cuando lo devuelven está ya demasiado cansado como para hacer lo que estaba programado para hacer al poquito de nacer: buscar el pezón. Así que la lactancia empieza tarde y, probablemente, mal.

Pero los problemas no acaban ahí. Resulta que él se siente tan a gusto junto al cuerpo de su madre, pero ella parece interesada únicamente en dejarle en un capazo que para él es todo menos confortable ya que está programado para sentirse a gusto sólo en contacto con su madre. Y encima cuando tiene hambre no le dan de comer, sino que le hacen esperar 2 ó 3 horas, o las que el pediatra de turno haya considerado basándose en nada. Parece que sólo llorando ella le coge, así que llora. Hasta que alguna persona bien intencionada, preocupada de la excesiva “dependencia” que sufre esa mujer, le recomienda no coger al bebé ni aunque llore. Y ahí nuestro pequeño héroe se queda sin armas y no le queda otra que dejar de llorar y aguantar. Lo fundamental es sobrevivir. Y sigue sobreviviendo durante las larguísimas horas en las que se encuentra solito en un capazo en la guardería, donde el exceso de niños impide que las cuidadoras no puedan hacer mucho más que dar el biberón y cambiar pañales. Y ya ni llora cuando le dejan, de nuevo solito, en su cuna durante la larguísima noche en la que ya no le está permitido tener hambre (ni de leche, ni de mami). El método Estivill le acabó de convencer de que no vale la pena llorar porque nadie le hará caso. A callar, a comer lo que me den y cuando me lo den y a dormir lo que pueda para no sentirme tan mal. ¿Alguien cree que esta primera infancia no va a tener consecuencias en la vida adulta?

Estoy leyendo un libro: The primal wound, de Nancy Newton Verrier (Ed. Gateway. Treceava edición, 2009). La autora expone la hipótesis de que todos los hijos adoptados, incluso los adoptados nada más nacer, tenemos una herida primal debido a la separación de nuestra madre biológica. He de confesar que empecé el libro bastante escéptica pero a medida que leo empiezo a ver que parte de razón si que tiene. Mucho de lo que expone coincide con lo que he leído en libros sobre el periodo primal de Michel Odent (La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad. Editorial Ob Stare, 2007), David Chamberlain (La mente del recién nacido. Editorial Ob Stare, 2002) o Laura Gutman (La revolución de las madres. Editorial Integral, 2009). Si lo que defienden todos estos autores es cierto - que el periodo inmediatamente posterior al nacimiento es un momento importantísimo para el posterior desarrollo afectivo de la persona y que el contacto piel con piel con la madre es crucial - entonces no sólo los hijos adoptivos tenemos un problema. Tal cual se practica la obstetricia hoy en día, TODOS los recién nacidos por los métodos convencionales en un hospital tenemos un problema. Y tal cual es la crianza posterior del bebé, el problema iniciado nada más nacer no va a encontrar una solución fácil. Un bebé acostado la mayor parte del tiempo en una cunita, capazo o cochecito, cogido solo ocasionalmente por su madre y que además no recibe pecho, no va a tener sus necesidades primordiales cubiertas, aunque nos parezca que sí. El problema es que todos hemos sido criados en mayor o menor medida siguiendo esta filosofía y todos diremos que estamos muy sanos y somos muy felices. Así no vemos ningún problema para criar de la misma manera a nuestros hijos. Pero basándonos en las últimas investigaciones sobre salud primal, parece evidente que todos estaríamos mejor si hubiéramos nacido en un parto respetado y durante los primeros meses hubiéramos permanecido en contacto con nuestra madre la mayor parte del tiempo.

El problema es que, tal cual están las cosas, este sistema de crianza supone el sacrificio de la vida laboral de la madre y casi de su vida social. Llevar a tu bebé colgado de un fular o una mochila a la oficina y darle el pecho cuando lo pida, sin interrumpir tu trabajo o tu reunión más de lo estrictamente necesario (unos segundos para acomodar el bebé al pecho y ya está) parece del todo imposible. Yo con mi primer hijo hubiera dicho que no, que es una locura. Pero ahora, ya con el tercero, lo veo perfectamente factible. De hecho, las madres han trabajado con sus hijos a cuestas durante gran parte de la historia de la humanidad.

Evidentemente, en nuestra moderna civilización no es posible llevar al bebé a todo tipo de trabajo. Para una policía, una bióloga investigadora, una bombera, u otras profesiones que requieran exponerse a situaciones arriesgadas, si no se adapta su trabajo temporalmente a la crianza de su hijo, es imposible. Pero muchas profesiones si que lo permitirían. Sólo sería necesario un poquito de comprensión por parte de los compañeros. Un poquito de tolerancia. El bebé, desde luego, lo agradecería mucho porque estar con mamá, sea donde sea, es su prioridad. Mi tercer hijo se ha pasado los primeros meses colgadito del fular, durmiendo gran parte del tiempo y el resto muy interesado en mis actividades (en general cuidar de sus hermanos, preparar comidas, hacer lavadoras, salir a comprar, escribir al ordenador, leer...). Podía estar 4 horas perfectamente tranquilo permitiéndome hacer mi vida con normalidad. Por supuesto, este sistema termina cuando el bebé ya empieza a necesitar más espacio para gatear, y no digamos cuando empieza a andar. Pero para entonces también soportará mejor quedar al cuidado de otras personas parte del tiempo, y la lactancia, al compaginarla con la alimentación complementaria, es ya mas llevadera. El tiempo crítico son esos primeros meses (cinco o seis, diría yo) en los que evidentemente con quien mejor está el bebé es con mamá, pegadito a ella, cuanto más mejor, recibiendo teta cada vez que lo necesite por hambre, sed o mimito.

A todas luces los 4 meses de baja maternal se quedan cortos, pero hay algo más que se queda corto: nuestra disponibilidad para cargar al bebé pegado a nuestro cuerpo. La cultura del cochecito/cunita está tan arraigada que todavía miramos con cierta sorpresa a la mamá que utiliza mayoritariamente como medio de transporte de su bebé una mochila o un fular. Muchos considerareis retrógrado cargar al bebé con estos sistemas (como yo lo consideraba antes de tener mis propios hijos y saber más sobre las necesidades de los bebés) pero lo cierto es que poco a poco se van viendo más madres con sus hijos a cuestas por la calle. Parece que más que algo del pasado empieza ser algo del futuro. De aquí a que empecemos a ver a la dependienta de la mercería o de la panadería atendernos con su bebé felizmente dormido en el fular, o a la abogada que nos recibe en su oficina y nos atiende mientras acuna a su hijo… ¿Por qué no?

Hace unos meses la ministra de defensa Carmen Chacón levantó ampollas al no aprovechar su baja maternal y compartirla con su marido. Algunos, a mi entender pseudoprogresistas, la alabaron mientras que muchas otras mujeres, profesionales y madres, entendieron perfectamente lo inadecuado de su actuación. Lo que a mí me hubiera gustado ver va bastante más allá de una ministra que aprovecha su baja maternal. A mí me hubiera gustado ver a la ministra en sus reuniones oficiales con el bebé colgadito de ella. Y si en una foto sale además dando de mamar mientras posa sonriente con un coronel del ejército hubiera tenido que hacerle una reverencia con sombrero y todo. Pero dudo mucho que una política de nuestros días sea tan valiente a la hora de romper convencionalismos sociales. Queda mejor y es más fácil lucir el viejo feminismo, pasado de moda y que ya se queda muy, muy corto. Porque lo que ahora necesitamos es un feminismo que de un paso más y se dedique a feminizar la sociedad, en lugar de masculinizar a la mujer. Un feminismo que luche por que la mujer pueda tener el papel que se merece en la sociedad sin renunciar a la maternidad, si eso es lo que ella quiere. Un feminismo que consiga una sociedad donde se valore la maternidad en su justa medida y donde los bebés tengan un lugar preferente y no a la cola de prioridades, como hasta ahora. Ya tenemos una sociedad donde la mujer no está obligada a ser madre si no quiere. ¡Fantástico! Ahora hay que luchar por una sociedad donde la mujer que decida ser madre pueda serlo PLENAMENTE. A por ello vamos.


* María Berrozpe vive en Zürich, es Doctora en Ciencias Biológicas, madre de tres niños y monitora de la Liga de la Leche. Nos ha cedido gentilmente esta colaboración para Tenemos Tetas.

6 de mayo de 2010

Elisabeth Badinter. Las claves del debate.

Por Ileana Medina Hernández

A mis oídos llegó el run rún de la publicación en Francia del último libro de Elisabeth Badinter, Le conflit: la femme et la mère. (El Conflicto: la mujer y la madre").

También leí el post que otra madre y feminista bloguera -con quien en alguna ocasión he mantenido algún cordial debate- había publicado sobre ella , apuntando interesantes aspectos.

El libro no se ha publicado aún en España (aunque seguro vendrá pronto, dado que ya ha vendido más de 150 mil ejemplares en Francia), pero una amiga me ha pasado el enlace a esta entrevista con la autora, y me parece muy pertinente comentar algunas de sus afirmaciones, porque constituyen la clave del debate entre el feminismo de la "liberación" de los años 60 del pasado siglo -que se ha convertido en dominante en las instituciones españolas a día de hoy (leer otro artículo sobre las declaraciones de Amparo Rubiales)- y el posfeminismo del siglo XXI que encarnamos hoy muchas hijas de aquellas mujeres avanzadas.

Os invito a examinar algunos de los planteamientos de la profesora Badinter:
"Lo que sostengo es que no puede ser que el modelo de la Liga de la Leche se imponga a todas las mujeres. Yo no estoy de ninguna manera contra la lactancia porque sé muy bien que, para algunas mujeres, es una fuente de plenitud y disfrute. Pero no quisiera que este modelo se vuelva obligatorio. Se presenta la relación simbiótica con el bebé como el buen ejemplo a imitar. Este modelo de la "buena madre" se está imponiendo moralmente y esto es grave. Apenas una mujer se convierte en madre y ya es culpable. Si una mujer dice que prefiere dar la mamadera o si una mujer a los tres o cuatro meses dice "yo tengo ganas de volver a trabajar", es vista como alguien egoísta, como una mala madre."*
No creo que ningún "ente superior" esté forzando a asumir el modelo de la Liga de la Leche. Simplemente la maternidad consciente es una opción que crece cada día en adeptas, a contrapelo de las políticas oficiales y de la sociedad de consumo, que más bien incitan a todo lo contrario.

Las mujeres que prefieren dar el biberón o volver a trabajar cuando sus bebés tienen tres meses, son muy libres de hacerlo. Es más, el sistema en su conjunto casi nos fuerza a hacerlo. Sin embargo, las madres que quisiéramos permanecer más tiempo con nuestros hijos, sí que vemos limitadas las posibilidades de actuar como creemos mejor, dado que la baja maternal remunerada solo cubre en España 16 semanas.

Si la madre que prefiere dar biberones o incorporarse tempranamente al trabajo, lo hace porque lo desea y porque piensa que es lo correcto ¿por qué tendría que sentirse culpable? Si está tranquila con su conciencia, ¿da igual lo que piense La Liga de la Leche, o las "talibanas de la teta", no? Si se siente mal (o "culpable") ante la exposición de otro forma de hacer las cosas, será ella quién tendrá que revisar el peso de sus propios argumentos y decisiones.

Que lo que Badinter llama el modelo de la "buena madre" se imponga "moralmente", tras coincidir las más recientes demostraciones científicas con la espiritualidad más antigua y con el deseo de muchas madres, no veo por ninguna parte que sea grave. Siempre han coexistido diferentes escalas "morales", mientras la legislación no reprima ni prive de derechos a ninguna mujer, no veo cuál es el problema.

Grave sería que se prohibieran legalmente los biberones o que se obligara a una mujer a permanecer con su hijo, cosas ambas imposibles y que no están en el ánimo de nadie. Que se promocione la lactancia y que se legisle a favor de bajas maternales más extensas, INCLUYE los modelos de otros tipos de maternidad y no afecta ni reprime en nada a quienes eligen otras opciones.

Creo que aquí el conflicto principal surge porque ambos tipos de madres están en el fondo de acuerdo en que la lactancia materna y permanecer junto a su madre los primeros meses años de vida sería lo mejor para todos los bebés. Es por esto, por esa intuición profunda, (y no porque lo digan la Liga de La Leche, el psicoanálisis, la neurofisiología, la neonatología, la psiquiatría, la psicología transpersonal, las ecofeministas y las 13 abuelas de la Tierra) que surge la culpabilidad.

Como eso es indiscutible, parece que las madres que renuncian a ello no están haciendo lo mejor por sus bebés. El tema de la culpabilidad maternal da para mucho. Si pensamos que las madres que elegimos amamantar (y lo logramos, que esa es la otra parte) podemos luego hacer otras muchas cosas que no sean siempre lo mejor para el bebé, no veo cuál es el problema. Cada madre y cada familia tiene siempre un conjunto de aciertos y errores, que suman un saldo más o menos positivo que sólo puede medirse -si es que puede medirse- con la felicidad del futuro adulto en formación, y ninguna madre es la "buena madre" por excelencia.

Un niño amamantado no será "mejor" que otro niño que no lo ha sido. Una madre que amamanta no es "mejor" que otra que no lo hace. En todo caso sólo ofrecerá un plus, puede llegar a ofrecer un mejor maternaje, que el que ella misma ofrecería si no amamantara. No se trata de compararse con otras madres, sino con una misma.

El conflicto pues se ve de otra manera cuándo dejamos de discutir sobre modelos de feminismos, y abandonamos el enfoque adultocéntrico, para ver el problema desde el punto de vista del bebé, que fuimos y seremos todos.
"Creo que la condición sine qua non de la libertad femenina es la independencia financiera. Y me parece que no les recordamos lo suficiente este hecho a las mujeres de las nuevas generaciones. No podemos proclamar ser las más aptas para ocuparnos de los hijos y, a la vez, quejarnos después por la diferencia salarial con los hombres."
Esta es otra de las claves del debate: la independencia financiera de las mujeres. Pues sí: creo que es posible proclamar que somos necesarias para nuestros bebés durante el período de lactancia, y a la vez demandar que no seamos discriminadas salarialmente con respecto a los hombres. La inversión en la mejor crianza de nuestros hijos tiene que ser de la sociedad en su conjunto. Que las mujeres que así lo deseamos nos quedemos un año o dos en casa criando a nuestros bebés -que es lo mejor para ellos- podría y tendría que ser apoyado también por los hombres y por toda la sociedad en general, aportando de sus salarios a través de los impuestos. Ése es el gran cambio revolucionario que se desprendería de pensar realmente en el bienestar de los bebés.

La sociedad subvenciona guarderías para los bebés desde las 16 semanas de vida. Y pide subvencionar cada vez más.También subvenciona otros millones de cosas menos importantes. Pues bien, de igual modo puede subvencionar la independencia económica de las mujeres que desean criar ellas mismas a sus hijos pequeños, y no afectar por ello ni su contratación laboral, ni su nivel salarial ni el retorno a sus carreras profesionales. Quizás con eso, con ese simple gesto, a la larga, se ahorrarían otros muchos millones en sanidad pública.

El conjunto de la sociedad tiene que hacer compatible la crianza con la independencia económica de las mujeres. Si parece una utopía, pues simplemente miremos a los países nórdicos, donde la igualdad social de las mujeres es una realidad hace muchos años, la presencia de las mujeres en los altos cargos públicos es mucho mayor que en España y Francia, las bajas maternales son más extensas, los índices de lactancia materna mucho más altos y los partos en casa algo habitual. Esas mismas medidas condujeron allí al aumento de la natalidad, lo que indica que las mujeres quieren parir más cuando tienen más posibilidades de cuidar ellas mismas de sus crías.
.
"En el siglo XVII, XVIII y parte del XIX en Francia, las mujeres privilegiadas, con todas las condiciones económicas para ocuparse de un niño, preferían deshacerse de ellos entregándolos durante años a una lejana nodriza para poder disfrutar de una vida social y conyugal. ¿Es posible acaso, hablar de un instinto que no se manifiesta durante siglos?"

¿Y qué son unos cuantos siglos en la historia de la especie humana? La respuesta a este razonamiento es tan obvia, que da un poco de vergüenza ajena que una intelectual de la talla de Elisabeth Badinter la ignore.

¿Cree usted que alguna especie mamífera podría darse el lujo de "disfrutar de la vida social y conyugal" deshaciéndose de sus propios hijos? ¿Cree que habríamos llegado hasta aquí si ese hubiera sido el comportamiento de la hembra humana a lo largo de millones de años de evolución?

Esas conductas que usted describe son precisamente las consecuencias de la dominación, de la división de la sociedad en clases y del patriarcado que usted tanto denosta, señora Badinter. Durante muchos siglos de dominación machista, las mujeres de las clases privilegiadas se han visto impelidas a cumplir con unos "estándares" patriarcales que a veces estaban bastante lejos de sus más íntimos deseos: entregar sus hijos a las nodrizas, para ellas volver a estar sexualmente disponibles para el macho, para poder parir muchos herederos (y que algunos de ellos lograran sobrevivir a las enfermedades y las epidemias), disponibles para la "vida de salón" y para el halago de la vida social externa, disponibles también para sentirse de nuevo deseadas por el macho porque en el deseo del macho hemos construido nuestra propia autoestima. No creo que este sea el modelo de mujer que una intelectual pueda defender en pleno siglo XXI.

Es posible que, efectivamente, muchas madres no hayan sentido ni sientan hoy en día "el instinto" de críar a sus propios hijos. No porque ese deseo no exista, sino porque nos lo han roto. ¿Y cuándo nos rompieron ese deseo maternal? Cuando nosotras mismas fuimos bebés y niñas emocionalmente violentadas. Lo explica Laura Gutman, "para que un adulto no esté en condiciones de responder a la demanda permanente, constante y sin tregua de un bebé humano, debe haber vivido la misma realidad emocional en su primera infancia."**

También lo ilustra Alice Miller: "En realidad sí que existe algo como 'amor maternal e instinto maternal'. Podemos observarlo en animales que no hayan sido maltratados por los hombres. También la mujer nace con el 'programa' instintivo que la capacita para amar, proteger, apoyar y alimentar a sus hijos, y para alegrarse de ello. Pero a menudo nos arrebatan a muy temprana edad estas capacidades instintivas, como por ejemplo en la infancia, cuando nuestros padres nos explotan para satisfacer sus deseos". ***

La cadena del desamparo infantil extendida generación tras generación de dominio patriarcal, nos rompe las conexiones con nuestras emociones desde bien temprano, y acorazadas en la lucha por la supervivencia, en la baja autoestima y en la necesidad de aceptación, buscamos insaciablemente reforzar nuestra frágil  personalidad en otros ámbitos: la perfección física, la eterna adolescencia, el deseo sexual del macho, el triunfo en el mundo laboral, el dinero y todo lo que puede comprarse con él.

"Quizás, la primera cosa para hacer sea decirse que tener un hijo no es una obligación. Que cuando uno decide tener un hijo tiene que reflexionar. Es por eso que yo les reconozco a las mujeres que deciden no tener hijos, el coraje de haber hecho por lo menos el cálculo de placeres e inconvenientes de la maternidad. Tal vez haya que cesar de pensar que un hijo –y esto sería una revolución extraordinaria– es un evento natural. Que tener un hijo siempre es lo correcto."

Pues mire, en esto sí estamos de acuerdo. Las mujeres hemos de ser libres para elegir o no ser madres (aunque también habría que ver qué pasaría, si esa decisión la tomásemos todas las mujeres).

Cada mujer es soberana para tomar esa gran decisión, y no creo que hoy se juzgue de ningún modo a las mujeres que no son madres, sea o no por voluntad propia. Como individuo, cada opción debe ser respetada, siempre que no afecte a otros individuos. Cuando devenimos madres, ya nuestras decisiones y nuestra forma de vida sí afecta a esas personitas que no han pedido venir al mundo, y que merecen la mejor crianza que seamos capaces de brindarle.

Otra cosa es que debamos preguntarnos qué pasa cuándo en una sociedad la mayoría de las mujeres deciden no ser madres, o encuentran muchas dificultades para serlo. Podríamos hablar de una sociedad suicida. Una sociedad decadente, que no apuesta por la continuidad, que no apuesta por la vida.

"¿Pero es que se puede continuar definiendo la femineidad a través de la maternidad? Cuando en países como Alemania hay un 27 por ciento de mujeres que no tienen hijos, ¿es que esas mujeres no desmienten la equivalencia mujer/madre? Lo que me asombra es la existencia de una gran diversificación de deseos femeninos que pone en cuestión la posibilidad de una definición universal de la naturaleza femenina."
Efectivamente, no creo que tengamos que seguir definiendo la femineidad a través de la maternidad, ni que sea posible una definición universal de la naturaleza femenina. Es un absurdo. Nadie medianamente informado puede negar hoy que lo femenino y lo masculino son constructos culturales, y que cada ser humano es libre de construir su identidad sexual allí donde se sienta más cómodo, o de combinar distintas formas de sexualidad a lo largo de su vida. Es más, creo que la separación entre homosexuales y heterosexuales es también ficticia. Mujeres, homosexuales, bisexuales, transexuales, "trabajadores del ano"... da igual como nos definamos mientras seamos adultos libres y responsables.

El problema surge cuando decidimos traer una nueva criatura al mundo. De momento, sólo las mujeres podemos gestar, parir y amamantar. Sólo nuestro útero puede convertirse en el primer hábitat, el primer entorno de una nueva criatura. Hábitat que no termina en el momento del parto, y que no debe romperse bruscamente tras el parto. Si un niño es abandonado por su madre biológica, ser adoptado por otra familia amorosa, sea del tipo que sea, es lo segundo mejor que puede pasarle en la vida. ¿Pero lo ideal sería que esa ruptura no se produjera, no?

Ser criado durante los primeros meses y años de vida por su propia madre, con cuerpo materno permanente, presencia, mirada, ternura, lactancia materna, brazos, porteo, colecho y respeto por sus necesidades afectivas y emocionales, es lo mejor que puede pasarle a un bebé. Y la sociedad en su conjunto debería apoyar que cada bebé pudiera disfrutar de ello, lo máximo posible. Al menos, hasta dónde puede propiciarlo sin atacar los derechos de ninguna mujer, pero sí apoyando a las que quieran hacerlo.

Este nuevo modelo naturalista, de simbiosis entre la madre y el niño, deja necesariamente al padre afuera, en el exterior de la relación. Y, sin que hayan hecho nada para lograrlo, los hombres se encuentran así liberados de toda coacción para hacerse cargo, de manera igualitaria, de los hijos y de las tareas domésticas.

En primer lugar, el modelo no es nuevo. Nada nuevo. Y no tiene por qué dejar afuera al padre (esto quizás sí sea nuevo). El papel del padre es muy importante, tanto para la criatura, como en el apoyo a la madre, que sólo sostenida por una pareja disponible y generosa podrá dedicarle el tiempo y el cuerpo que su bebé necesita en una fase tan delicada como el puerperio.

El apoyo e implicación real del padre, material y emocional, e incluso de otros miembros de la familia, de la familia extensa, de la "tribu", es fundamental para criar bien un niño. "Hace falta una aldea para criar a un niño", dice un antiguo proverbio africano.

Mete Badinter en el mismo saco a los bebés y a las tareas domésticas. Y no.
No es lo mismo. El padre no puede amamantar, pero puede hacer todo lo demás, empezando por apoyar emocionalmente a la madre reciente, acompañarla, entenderla, abrazarla, compartir la inundación emocional del puerperio. Las mujeres ni ahora ni antes hemos podido dedicar todo el tiempo que las criaturas necesitan y merecen, agotadas por la inmensa montaña de labores domésticas, y presas de una total incomunicación e incomprensión emocional con nuestros maridos... (cuando no directamente maltratadas por ellos). 

No sé si existen estudios sociológicos al respecto, pero por lo que he podido inferir en foros de madres y en la vida real, en las familias actuales cuyas madres amamantan prolongadamente y crian con apego y respeto,  en la mayoría de ellas se observa también un grado mayor de compromiso de los padres con la crianza y la educación de sus hijos.

Se trata de modelos de familia donde se da más importancia al tiempo compartido, al respeto mutuo, a la libertad y a los afectos, a  la comunicación y el intercambio emocional entre todos los miembros, que a la productividad y al consumo, en beneficio de todos y sobre todo de los niños pequeños.

"Hace falta también una participación de movimientos feministas que, al menos en Francia, casi no existen. Yo diría que los dos feminismos que hemos conocido, el universalista y el diferencialista, tienen un discurso tan opuesto que se anulan mutuamente. Entonces, ya nadie puede hablar en nombre de la mujer porque el único tema sobre el que se han puesto de acuerdo es sobre la mujer víctima."
Bueno, quizás está usted despreciando a este nuevo tipo de feminismo (o posfeminismo), precisamente el que defiende eso que usted llama "modelo de la buena madre". Ha escrito usted su libro preocupada por la fuerza que toma el modelo "de la Liga de la Leche". ¿No es este, pues, un movimiento creciente defendido por mujeres y para mujeres?

Quizás este nuevo "feminismo" ecologista y espiritual, que participa hoy en internet, foros, redes sociales, blogs, círculos de mujeres, grupos de apoyo a la lactancia... es el feminismo del inicio del siglo XXI. Y no somos ni nos consideramos víctimas de nada ni de nadie. Tomamos las riendas de nuestra maternidad y la defendemos de un modo desconocido hasta ahora durante veinte siglos de dominio patriarcal. ¿No será esto más revolucionario que todos los feminismos anteriores?

Hemos tomado el mundo productivo, queremos igualdad en el mundo público, y ADEMÁS, queremos mejorar el mundo doméstico: que los bebés sean atendidos, que las tareas domésticas sean compartidas, que pasemos todos más tiempo en nuestros hogares, que dediquemos más tiempo a los afectos, a las personas que queremos, que nos necesitan y que necesitamos.

Pero es más: la discusión debe salirse del ámbito del feminismo, de la discusión sobre la naturaleza femenina, de lo que somos o debemos o podemos ser las mujeres, y desviarse, por primera vez en la historia, hacia los bebés humanos. El punto de vista del bebé humano es el que nadie ha mirado ni defendido hasta ahora.

Hay un movimiento creciente que no sólo piensa en nosotras, sino que busca incluir a nuestros bebés e hijos, las mayores víctimas del sistema patriarcal. O sea, incluir a toda la humanidad. Pensar en el bebé humano no puede entrar en contradicción con la libertad de las mujeres. Tenemos que encontrar un modelo que haga compatible los derechos de todos: los de los hombres, los de las mujeres, y también los de los bebés y niños.

Idealmente, no debería existir el conflicto que da nombre a su libro, entre nuestra libertad como "mujer" y nuestra condición de "madre". O dicho de otro modo más exacto, el conflicto entre la inmensa demanda del bebé humano y la disponibilidad de su madre puede ser minimizado, con trabajo personal, con implicación y apoyo social, con otro modelo social más cuidadoso y humano.

Si pensar el problema desde el punto de vista de los bebés, nos provoca conflictos a las mujeres y a los adultos en general, es que algo no está bien.

¿Quiénes pueden hablar en nombre de los bebés humanos, que no tienen voz?

Las investigaciones científicas son claras: el bebé humano necesita leche y cuerpo maternos. Lo han dicho también grandes corrientes ancestrales de sabiduría de todo el mundo. Lo hacen cada vez más madres sensibles y conectadas con la tierra, que saben perfectamente lo que hace felices a sus bebés.

Me temo que en realidad todas las madres lo sabemos, y por eso nos sentimos "culpables" cuando no podemos satisfacerlo. Y por eso, incluso, Elisabeth Badinter, madre de tres hijos, ha escrito este libro.

__________________________

*La entrevista completa con Elisabeth Badinter, publicada por el suplemento cultural del periódico argentino Clarín el pasado 30 de abril, puede leerse aquí.

** Gutman, Laura: "Amparo y desamparo en la primera  infancia" en Mujeres Visibles, Madres Invisibles, RBA Libros, 2009, pp. 53-55.

***Miller, Alice: El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero yo. Fábula Tusquets, 2009, pág. 80. (1era ed. 1985).