31 de agosto de 2010

Nos necesitamos unas a otras

Por Ileana Medina Hernández

He estado releyendo la historia de lactancia prolongada que publiqué en el post anterior, y luego he descubierto la que sobre los inicios de su lactancia cuenta Cristina Pemán, en su blog Madres Rebeldes.

Mientras más conozco historias de este tipo, más me pregunto cómo es que, finalmente, muchas madres logramos amamantar en un entorno cómo este. No me curo de espanto, no dejo de asombrarme. No deja de ser un milagro que existan lactancias, largas o cortas, dadas las circunstancias.

Basta con leer la historia de Cristina, para saber por qué triunfa la industria del sucedáneo.  No es culpa de las madres, claro está. Si la realidad fuera la que describe Irene en su post, no necesitaríamos ser heroínas ni sabias ni sacrificadas, solamente necesitaríamos dejarnos llevar por la naturaleza y el instinto.

Cristina da un consejo aragonés: No reblar, no retroceder, no cejar en el empeño. Pero es que no cejar ante tamaños obstáculos, a veces puede ser sencillamente imposible.

Te encuentras con la cesárea, con la separación en el hospital, con las pezoneras, con los sacaleches, con los comentarios de todo tipo... No cejas. Sigues insistiendo. Pasa una semana, aparecen las grietas, las mastitis (¡el único especialista español en mastitis es un veterinario!)... Pasan dos semanas, vas al pediatra y te dice que tu hijo no ha subido de peso, y que hay que dar un "refuerzo". Logras hacer oídos sordos a la recomendación del pediatra y a la de todo quisqui que te dice que no sigas... Pero tú, no reblas. Pasa el primer mes, y al fin, sientes que tu pecho ya no te duele. Estás agotada, no duermes ni dos horas seguidas, tu marido ha vuelto a trabajar y te pasas todo el día en casa sola con el niño, sin peinarte y sin vestirte, sin poder soltar al niño porque llora, sin poder ni hacerte de comer, con vecinas que te "aconsejan" que lo dejes llorar pero que no te acercan un plato de sopa... Pasan dos meses, y al fin, tu oferta de leche se regula a la demanda del niño, y ya no chorreas leche por doquier, ni necesitas discos de algodón. Empìezas a respirar.

Llega el cuarto mes, y al fin, sientes que la lactancia puede ser un placer. Que ha valido la pena llegar hasta aquí. Has aprendido a conocer a tu bebé, ya está más "durito" y ríe a carcajadas, y quizás hasta aguanta tres horas entre toma y toma. Comienzas a disfrutar de la maternidad, y entonces, tachán tachán, toca volver al trabajo. La separación por la mañana te deja una angustia en la boca del estómago que no se te quita en todo el día. Te sientes como una piltrafa.  Tienes que ir a sacarte leche al baño de la oficina. Ese puto sacaleches no va contigo. Por la noche, no vales para nada. Necesitas descansar, porque tienes que levantarte a las 7 de la mañana para irte al trabajo. Imposible. ¡Con lo fácil que es darle un biberón repleto de leche con cereales a ver "si aguanta más"!

Lactancia concluida, me rindo. No puedo más. Que no me pida nadie más, por favor. El bebé se enferma: somatiza las largas horas de separación, acusa la falta de defensas de la leche materna, no sale de una otitis para entrar en una bronquitis... tengo que faltar al trabajo, el jefe me va a echar.

O no, tengo suerte y apoyo, y descubro que es posible trabajar y seguir amamantando, que la lactancia es un placer mucho más allá del alimento, que es un modo excelente de resarcirnos por las largas horas de separación, que quiero amamantar hasta que a los dos nos dé la gana, que lo protejo de las enfermedades de guardería, que estamos disfrutando: y entonces todos los aguafiestas de turno te dicen que hasta cuándo, que si no te da vergüenza, que va a mamar hasta que vaya a la universidad, que traerá problemas en el futuro, que lo estás "malcriando"....

Algo está mal en todo esto. Y no es dentro de nosotras las madres. Es desde luego el sistema. Y es el sistema el que hay que cambiar. Insisto, insisto, insisto a lo largo de todos los artículos que he escrito en este blog: las mujeres teníamos que llegar al sistema laboral para cambiarlo.

Las mujeres teníamos que acceder al conocimiento (más importante el derecho a saber que el derecho al trabajo, que al fin y al cabo no es más que el derecho a que se nos explote como mano de obra), acceder a la cultura, al conocimiento -hasta ahora bien oculto- sobre cómo funcionan nuestros propios cuerpos y cómo funcionan los bebés humanos para cambiar el sistema laboral, productivo y social y hacerlo más humano, compatible con la crianza y el bienestar de los bebés y los niños pequeños.

En eso, deberíamos estar todas de acuerdo. Dejar de "sentirnos atacadas", dejar de criticarnos unas a otras, dejar las batallitas entre las "que dan biberón" y "las que damos pecho", entre las "orgullosas profesionales" y las "talibanas de la teta", y trabajar todas juntas para transformar el sistema productivo-laboral.

Nos necesitamos unas a otras: necesitamos a las mujeres que están en los puestos directivos, a las que tienen influencia política, a las que dirigen empresas, a las intelectuales, a las periodistas, a las juezas, a las investigadoras científicas, a las maestras, a las profesoras universitarias, a las pediatras, a las matronas y a las psicólogas, a las obreras y a las limpiadoras, a todas las que trabajan largas jornadas y saben bien que el precio de no estar con sus hijos es demasiado alto: ¡las necesitamos para mejorar el sistema!

Necesitamos a las otras: a las que interrumpen sus carreras y se quedan en casa varios años cuidando a sus hijos, a las que amamantan durante 5 ó 6 años, a las que hacen pasteles y eligen cada día la mejor comida sana para sus hijos, a las que se atreven a educar a sus hijos en casa, a las que tejen primorosas mantas, a las que cultivan una huerta ecológica, a las que comparten la cama con sus hijos, a las que esperan con la comida tibia y el abrazo disponible, a las que después de hacer carreras con sobresaliente cum laude mandan todo a la mierda y se van a un pueblo a plantar tomates y cuidar de su familia, a las que aceptan trabajos muy por debajo de sus capacidades para poder cuidar de sus hijos; a las "talibanas" de la teta, el colecho, el apego, el porteo y la "maternidad perfecta"; a las "espirituales" que nos muestran hasta dónde podemos llegar si nos lo permitimos y creemos en nosotras mismas; a las "sacerdotisas" que nos enseñan los secretos ocultos de la femineidad y la maternidad, las honduras que desconocemos de nosotras mismas; a las amas de casa sencillas que se quedan en casa haciendo malabares para llegar a fin de mes...¡las necesitamos para cambiar el sistema!

Necesitamos también a los hombres: a los amantes, a los amigos, a los padres de nuestras criaturas, a los que se quedan cambiando pañales, y a los que curran 15 horas al día para que no "nos falte de nada". A los sensibles, a los que quieren crecer, a los que quieren un mundo más amable. (Y ya no sigo, que sino esto va a parecer un anuncio de Coca Cola).

Necesitamos equilibrar la balanza. Lo que no es posible ni humano es que todos, hombres y mujeres, trabajemos de sol a sol como mano de obra esclava, mientras nuestros hijos se crían solos, tragamos comida basura, no tenemos tiempo ni para respirar, carecemos de vida íntima y nadie calienta el fuego del hogar.

Nuestros hijos necesitan y merecen compañía, familia, afecto, comunicación, alegría, comida saludable. Nuestros hijos merecen un hogar donde nutrirse física y emocionalmente, donde ser respetados y queridos, donde no se hable de rendimiento ni de competitividad, sino de amor y libertad.

El futuro lo merece. Trabajemos todos, juntos, para ello.

El placer de la lactancia prolongada

Reproduzco este sincero e iluminador artículo publicado en el Blog de El Parto es Nuestro.

Me confirma que las mujeres teníamos que llegar al mercado laboral, al ámbito académico, al prestigio profesional, y sobre todas las cosas teníamos que acceder al CONOCIMIENTO: pero no para dejarlo todo como está, sino para cambiar el mundo.

Desgraciadamente muchas veces hace falta el prestigio de la profesión para atrevernos a decir estas cosas en alto, para ser escuchados, para prestigiar lo que está desprestigiado, para "salir del armario" y sacar a la luz lo que la mojigatería y la ignorancia conspiran para ocultar.

Creo que con la lactancia materna está pasando lo mismo que con la homosexualidad: se necesitará una Ministra o una Magistrada del Supremo que diga: yo también amamanté a mi hijo hasta que a él le dio la gana, hasta los 7 años, y que salga en las portadas de las revistas. Entonces, quizás a alguien se le ocurrirá organizar una Fiesta del Orgullo Maternal, y saldremos todas en carrozas de colores con las tetas afuera. :-)

Habrá quien diga que no haga falta, que es algo privado, de la vida de cada cual. Y efectivamente, así debería ser. Así debería ser si fuera normal, si realmente a nadie le importara, si las prácticas cotidianas no taparan, reprimieran e hicieran imposible la naturalidad de la vida.


Vía| El Parto es Nuestro

Desde luego que no fue algo planeado. A mis hijos mayores apenas les amamanté unos cuantos meses, menos de un año. Por aquel entonces yo ya pertenecía a Vía Láctea, un grupo de apoyo a la lactancia y conocía a unas cuantas madres que habían amamantado uno o dos años. En ese grupo escuché que una madre conocida seguía amamantando a su hija de cuatro años y recuerdo que pensé para mis adentros “¡qué barbaridad, esa se ha pasado!”.

Así que cuando tuve a mi tercer hijo, una niña, calculé que estaría bien llegar al año, pero ni siquiera me lo planteé como objetivo. Si algo tenía claro era que la lactancia esa tercera vez no se iba a convertir en un sacrificio ni en un esfuerzo titánico. Todavía recordaba nítidamente la sensación de alivio que había experimentado con el destete de mis hijos. Esos meses en los que tras reincorporarme al trabajo en el hospital y a las guardias de 24horas varias veces al día me tenía que encerrar en algún cuartito a extraerme la leche con un sacaleches eléctrico para luego guardarla en una mininevera portátil me habían dejado mal sabor de boca y un cierto complejo de vaca lechera ordeñándome a escondidas. En esas circunstancias la lactancia se había convertido en un agobio más y el destete me había parecido todo un alivio, con la satisfacción añadida que me daba pensar en la “misión cumplida” y la alegría de recuperar “mi cuerpo para mí”.

Al comenzar la lactancia con mi tercera hija sólo tenía clara una cosa: no pensaba utilizar el sacaleches eléctrico ni una vez más. Toda esa latosa lactoingeniería, ese suplicio de tener que extraerme la leche, congelarla, descongelarla al baño maría, ver como cada vez me sacaba menos cantidad, no iba conmigo. Tras los cuatro meses y medio de baja y vacaciones volví a trabajar y mi niña empezó a tomar leche artificial en mi ausencia. Aprendí a extraerme la leche manualmente en las guardias para aliviar la congestión. Había decidido que sólo iba a seguir amamantando mientras fuera una experiencia placentera para las dos.

Creo que esa fue la clave. Para mi sorpresa conforme pasaron los meses y los años la lactancia se fue convirtiendo en algo cada vez más gozoso. Resultó que amamantar a una niña de uno, dos, tres, o más años me era mucho más fácil y grato que la lactancia exclusiva de un bebé de dos, tres o cuatro meses. En medio de la locura cotidiana de tener tres niños con 4 años de diferencia en total, de trabajar, de hacer montañas de guardias y muchas tareas más, los ratos y abrazos prolongados que nos procuraba la lactancia a mi hija y a mi resultaron ser un remanso absolutamente placentero. Algo debe de haber en nuestros cerebros, algún efecto mágico todavía no descubierto tiene la prolactina que nos permite funcionar divinamente cuando pasamos años sin dormir una noche del tirón.

Claro que cada vez fueron más los comentarios negativos del entorno. “¿Le das teta después del bocadillo de chorizo? ¿No te muerde? ¿Ya estás otra vez?” Una larga retahíla que afortunadamente casi he olvidado. Cuando a punto de cumplir los cinco años de lactancia el padre de mis hijos y yo nos separamos no faltó quien culpó a mi “obsesión con la lactancia” de nuestra separación.

Este “echarle la culpa de todo a la teta” es de las cosas que más me ha molestado. Porque cuando unos padres se separan a nadie se le ocurre echarle la culpa de la crisis de pareja a lo mucho que el padre ha jugado con su hijo, por ejemplo, pero sin embargo se culpa de la crisis a la madre por seguir dándole el pecho a un niño de dos o tres años.

Otra manera de culpar a la teta se repite cada vez que en un curso o charla pública hablo de los beneficios de la lactancia prolongada. Siempre hay alguien que levanta la mano y me cuenta la típica historia “el hijo de mi prima tomó teta tres años y ahora que tiene seis no quiere dormir sólo” o “soy maestra y en mi clase hay una niña que sigue tomando pecho y es mucho más tímida que el resto” etc. Estas personas siempre lanzan esto en forma de pregunta, aunque en realidad lo que están haciendo es toda una afirmación “conozco a un niño de más de un año que toma teta, y pienso que todos los problemas que yo percibo en ese niño o en su relación con la madre son por culpa de la teta”.

Nada más lejos de la realidad. No he encontrado ningún estudio científico que demuestre los perjuicios de la lactancia prolongada. Todo lo contrario. Por un lado los estudios antropológicos señalan que el destete fisiológico se produce entre los dos y medio y los siete años en todo el planeta. Por otro lado los estudios científicos más rigurosos confirman que los beneficios de la lactancia son mayores cuanto más dura la lactancia. A más teta mas defensas, más salud, más empatía, más inteligencia.

¿Perdón, ha dicho más? ¿Más inteligencia? ¿Más salud? ¿Cómo se atreve? Enseguida saldrá el ejército de defensores de los biberones exclamando: ¡no hay que culpabilizar a las madres que han optado por dar el biberón! ¿Nombrar la evidencia científica es culpabilizar? A mi primer hijo sólo le di el pecho siete meses. ¿Me siento culpable? No. Creo que hice lo mejor que pude en aquel momento, en aquellas circunstancias. ¿Lo lamento? Pues un poco si, la verdad. Ahora que mi hijo mayor es un adolescente genial en muchos aspectos me pregunto cómo sería él y nuestra relación si le hubiera amamantado años en vez de meses. Creo que algunas cosas le/nos habrían resultado más fáciles, incluso tal vez ahora las matemáticas se le darían mejor. ¿Me atormenta? No, en absoluto. Pero creo sinceramente que los que nos acusan de “culpabilizar” a las madres que no dan el pecho cuando difundirmos las ventajas de la lactancia son a menudo los mismos que han favorecido que muchísimas madres que deseaban amamantar fracasaran en el intento por culpa de su profunda ignorancia (me refiero a los profesionales).

Si escribo estas líneas es porque durante muchos años he callado en demasiados lugares. Cada vez que mis colegas psiquiatras o sanitarios comentaban con espanto que una madre amamantaba a su niño de tres o cuatro años yo callaba. Cada vez que decían de una mujer que era una “loca de la teta” o peor aún una “talibana de la teta” (¿en qué momento caló esta perversa expresión?) yo pensaba para mis adentros: “si supieran que yo no sé cuantos años ha tomado teta mi hija…” Porque esa es otra, no sabría precisar en qué momento se produjo el destete. Igual fue en torno a los cinco años cuando sentí que yo ya no tenía leche. Pero aún y todo mi hija siguió “tomando” –cada vez más esporádicamente- hasta pasado su séptimo cumpleaños.

He necesitado que transcurrieran varios años más para poder hablar de esto públicamente. Si ahora lo hago es para decírselo a otras madres: no permitáis que nadie os presione para destetar a vuestros hijos, tengan días, meses o años. Haced lo que os dé la real gana: sed libres. No deberíamos pedir permiso para amamantar a nuestros hijos, igual que no lo pedimos para darles abrazos o hacerles cosquillas. A veces me han pedido que hablara de esto como psiquiatra infantil. Vale, soy psiquiatra infantil, profesora en la universidad, doctora en medicina…pero todo esto lo digo como madre, porque tuve la suerte de tener a otras madres cercanas, expertas y sabias, que me enseñaron y acompañaron. Esa sabiduría de las madres es lo que yo considero autoridad.

La mayoría de las madres que han optado por una lactancia prolongada lo han hecho casi en secreto y prácticamente todas hemos tenido que aguantar un chaparrón de críticas. Somos muchas más de lo que piensa la gente. Entre nosotras hay todo tipo de madres. Por favor, no nos juzguen.

Reivindiquemos el derecho a amamantar todo lo que nos dé la gana. Por el placer de la lactancia prolongada.

30 de agosto de 2010

El macho y la teta

Por Ileana Medina Hernández

Dedicado a mi compañero:
apoyo, amante, amigo.

Las tetas son, todos lo sabemos, un atractivo sexual. Pero con frecuencia olvidamos que todo aquello que es reclamo sexual, lo es porque sirve para la reproducción. Diferentes estudios científicos han demostrado que lo que nos suele gustar del otro sexo, inconscientemente, son aquellos signos de que serán buenos progenitores. Por eso a los hombres suelen excitarles las mujeres con caderas anchas y grandes pechos: promesas de buena paridora y criadora (aunque luego el tamaño en realidad no importe).

A pesar de los cambios sociales y culturales vertiginosos del último siglo, seguimos siendo mamíferos que nos guiamos por nuestras hormonas, nuestro olfato y por el único sentido biológico de la evolución: la conservación de la especie.

Los órganos sexuales son zonas erógenas porque la especie necesita, para reproducirse, que a sus individuos les resulte placentero practicar aquellos actos que llevan a la reproducción. Que los seres humanos últimamente hayamos separado el sexo de la reproducción, no quita valor a esta verdad de Perogrullo.

Nos reproducimos hoy poco los humanos occidentales. Razón de más para que, cuando decidimos hacerlo, nos diéramos el lujo de usar para ello nuestros órganos sexuales: la vagina para parir, las tetas para amamantar.

La iconografía de los omnipresentes medios de comunicación de masas está repleta de tetas como señuelos sexuales, sin embargo, jamás se ven las tetas utilizadas en su función más básica: la de nutrir a nuestros hijos. A algunos incluso les parece mal que se dé de mamar en público.

Las feministas al uso han dicho que reivindicar la lactancia materna y el vínculo madre-bebé que se establece a partir de ella es dejar al macho afuera, en el exterior de la relación, y que así ellos se ven (acaso felizmente) "liberados" de hacerse cargo del "reparto igualitario" de la crianza del bebé.

Muy por el contrario, yo creo que la lactancia materna - más aún la lactancia natural no interrumpida por el suministro de leche de fórmula, que dura como mínimo dos años- es imposible sin el apoyo del padre, es más, es imposible sin el apoyo de un nuevo tipo de macho/padre.

El puerperio y la lactancia materna están absolutamente relacionados. Mientras la lactancia dure, la mujer será puérpera, en el sentido de que estará unida por un vínculo inseparable de su bebé (sólo ella puede amamantar) y también estará dominada por las hormonas de la crianza: la oxitocina y la prolactina. Uno de los efectos conocidos de la prolactina es que disminuye el deseo sexual por el varón. Con la lactancia, el bebé permanece unido a la madre siendo alimentado en exclusiva por su propio cuerpo, y el estado fisiológico, hormonal y psicológico de la madre permanece alterado para hacer posible dicha fusión física y emocional.

Es muy probable que el hecho de que en la sociedad patriarcal -y sobre todo en las clases altas- la madre se separe de su criatura tras el parto encargando su alimentación a una nodriza o recientemente a un biberón administrable por cualquiera, tenga la finalidad oculta de que ese estado hormonal especial desaparezca, y ella vuelva a estar enseguida sexualmente disponible para el macho (y además pueda engendrar muchos "herederos": cuando la mortalidad infantil es elevada éste puede ser un recurso posible, aunque a su vez eleve la mortalidad infantil).

Se priva así la mujer de la última -y más extensa- fase de su ciclo reproductivo: la lactancia materna, y a la vez, se priva a cada bebé de la posibilidad de ser alimentado con el mejor alimento posible (no cuando había nodrizas) y de continuar en contacto permanente con el cuerpo maternal, sintiéndose querido y protegido por el único cuerpo que conoce.

Durante la lactancia, la libido, la energía vital de la madre está localizada en los pechos y dirigida hacia el bebé. Esto es absolutamente imprescindible en los mamíferos para la supervivencia de la cría: continuar con el período de "gestación externa" en que el bebé humano, nacido muy inmaduro, aún no es capaz de desplazarse por sí mismo, aún no ha desarrollado su sistema inmunológico ni digestivo, aún no ha formado su cerebro, aún necesita permanecer en continuum con el cuerpo que lo ha gestado.

Cuando el macho -a veces narcisista, autoritario, inmaduro, celoso o necesitado de servicio permanente por parte de la mujer (necesitado de los mismos cuidados "maternales" que le niega al bebé, aunque ya es adulto)- desea recuperar precozmente el cuerpo de la hembra para copular, utilizar su tiempo y su energía para que le sirva en las tareas domésticas y recuperar su protagonismo en la habitación conyugal... entra en "competencia" con las necesidades del bebé, se interpone de cierto modo entre el bebé y su madre, y por tanto, la supervivencia y duración de la lactancia materna se hace difícil. Por eso se dice que es toda la familia la que amamanta, y no sólo la madre.

Se ha escrito mucho sobre el papel del padre en la lactancia, pero me temo que las causas profundas por las que, por ejemplo, muchas veces se aplican métodos como el Estivill para sacar al bebé de la habitación, tienen mucho que ver en el fondo con la sexualidad falocéntrica, con esa presión que las mujeres sentimos por recuperar pronto la "intimidad de pareja", y volver a nuestra vida "de antes" (cosa que es relativamente fácil cuando no estamos bajo los efectos de la prolactina).

Para amamantar todo el tiempo que la madre y la cría quieran; para dedicar al bebé el tiempo, el cuerpo, el respeto y la atención que merece (que no se le ha dedicado nunca en los milenios que llevamos de "civilización"); para no protestar porque el niño aún no duerme solo, se despierta varias veces en la noche y sólo vuelve a dormirse con la teta... es necesario que el macho sea un hombre maduro, generoso, comprensivo y sensible, de manera que no se convierta en un "depredador emocional" de la madre y la cría.

Es necesario que esté disponible para compartir y apoyar un puerperio prolongado, es necesario que sepa comprender los deseos específicos de su compañera en ese período, es necesario que esté dispuesto a explorar nuevas formas de sexualidad no siempre coitales, es necesario que esté abierto a la comunicación emocional profunda con su pareja, es necesario que conecte con una forma de sexualidad mucho más "sutil, lenta, sensible, hecha de caricias y abrazos".

Es necesario que permanezca tiempo en casa, que se haga cargo de las tareas domésticas, que sea apoyo, soporte, que esté disponible, que ofrezca, que nos cuide, que nos proteja de los ataques externos... Es necesario, por lo menos, que no compita con su bebé, y que no le robe aún más energías a la madre puérpera.

Para esto se necesitan machos que hayan sido también suficientemente maternados en su infancia, que estén bien nutridos emocionalmente, seguros de sí mismos, sin complejos, con autoestima de la buena, que hayan cultivado su capacidad de cuidado hacia el otro y su sensibilidad hacia las mujeres... Lo cual es, por cierto, mucho más antimachista y antipatriarcal que dar un biberón.

27 de agosto de 2010

¡Estamos haciendo la revolución! ¿Te vas a quedar fuera?

Por Ileana Medina Hernández

¡Estoy emocionada! Ahora mismo me late el corazón a mil por hora. Cada día la blogosfera maternal se supera a sí misma.

Ayer leí con emoción este artículo de Miriam Hernández en Crianza y Confianza. Da en el clavo del sentido de la CRIANZA CON RESPETO: tu hijo es igual a ti. No le hagas a él lo que nunca querrías que te hicieran a ti mismo.

También disfruté muchísimo este post de Louma Sader en Amor Maternal: ¡la lactancia en público y a mucho honra! Una excelente revisión de los problemas que tenemos la mujer para amamantar en público y para sentirnos orgullosa de ello. LOS BEBÉS TIENEN DERECHO A ALIMENTARSE EN PÚBLICO, como el resto de los seres humanos.

Hoy, acabo de encontrarme con otros emocionantes artículos. Carolina López, política en activo de la Coordinadora Verde, habla del FEMINISMO BIEN ENTENDIDO, ojalá Carolina pueda servir de puente para llevar este discurso al Parlamento y a la vida política. O quizás no, quizás va y la verdadera revolución está en hacerlo desde otros espacios, desde la blogosfera, desde nuestros hogares, desde nuestra cama compartida con nuestros hijos. Que los políticos sigan con su discurso mediocre y desfasado.

También acabo de emocionarme con esta gráfica que publica la lucidísima Irene García en Ser Mamás: la demostración  estadística de ¡¡¡QUE LOS NIÑOS YA NO NACEN LOS DOMINGOS!!! La demostración de hasta qué punto EL PARTO NO ES NUESTRO, la demostración de hasta qué punto el ciclo de la vida está manipulado por la conveniencia del mercado y de los profesionales.

Señoras y señores: ¡¡¡sumaros a la blogosfera maternal!!! ¡¡¡Estamos haciendo la revolución!!! ¿¿¿Te vas a quedar fuera???

26 de agosto de 2010

Empoderar

Por Ileana Medina Hernández


Una nueva palabra he descubierto en las redes maternales y en la literatura feminista: empoderar.

La usé en mi post de ayer, y hoy me dio por buscarla en el Diccionario de la RAE a ver qué decía, pensando que quizás pudiera ser un calco del inglés.

Pero resulta que no, que es castellano del bueno, del antiguo. La RAE dice que ya está en desuso, y la asimila a APODERAR.

Apoderar hoy sólo la usamos en ese feo lenguaje jurídico de dar un "poder" a otro para que actúe en nuestro nombre. Curiosamente, sus otros dos significados también se consideran antiguos, arcaizantes:
2. tr. ant. Poner algo en poder de alguien o darle la posesión de ello.
4. prnl. ant. Hacerse poderoso o fuerte; prevenirse de poder o de fuerzas.
Me encanta recuperar este arcaísmo: empoderar, y recuperarlo con ese significado: asumir el control sobre nosotras mismas, hacernos poderosas y fuertes, INTERNAMENTE PODEROSAS.

Otorgar poder a quienes nunca lo han tenido: a las mujeres, a los indígenas, a los niños...

Me gusta sobre todo que sea reflexivo: no sólo que otros nos empoderen, sino que podamos empoderarnos nosotras mismas, encontrar dentro de nosotros la fuerza y la sabiduría interior que nos hace fuertes, independiente de lo que piensen o digan los demás.

No un poder externo, envestido por otros, no un cargo ni un rango ni un estatus, sino el poder interior, el que emana de la autoestima verdadera, el que emana del orgullo de ser lo que somos, un poderío interior realmente irremplazable.

Más sobre la palabra empoderar:

25 de agosto de 2010

Amamantar es de sabias


"Errar es de humanos; rectificar es de sabios"
Proverbio popular

Por Ileana Medina Hernández


Los sabios de todas las culturas respetan la naturaleza, buscan el contacto con ella, se acoplan a sus ritmos y bendicen sus dones. Lactar es dejar a la naturaleza hacer su trabajo, confiar en el perfecto mecanismo de nuestros cuerpos mamíferos. Es ecológica, espontánea, sana.

Los sabios se entregan a los demás, abandonan el ego y abrazan el servicio a los otros. La lactancia es la forma de entrega más generosa que puedo imaginar: alimentar a otro ser con tu propio cuerpo.

Los sabios superan la razón y la integran a las emociones, a las sensaciones, a la sensibilidad y al espíritu. La lactancia es mágica, irracional, no sabe de lógicas, ni de medidas, ni de divisiones binarias. Es fusión y superación.

Los sabios meditan, es decir, son capaces de hacer que la mente quede en silencio y quedarse a solas consigo mismos. Cuando en medio de la noche y del cansancio entregas tu cuerpo a las necesidades del bebé, la lactancia te saca de ti misma, es entrega y meditación.

Los sabios cultivan su lado femenino. "Uno tiene que volverse femenino para llegar", ha dicho Osho. La lactancia nos empodera a las mujeres, nos conecta con nuestra capacidad nutricia, con nuestra capacidad de cuidado, con la salud y la magia de nuestro cuerpo, con el poder de engendrar vida y mantenerla.

Los sabios enseñan a ser receptivos. La lactancia te obliga a permanecer alerta a las necesidades permanentes del bebé, a abrirte a otro, a escucharle, a dejar que sea él quien tome el mando y se alimente cuando quiera,  a respetarle, a ser receptiva y sensible a sus demandas.

Los sabios trabajan la confianza. La confianza en uno mismo y en los demás. Para amamantar tienes que confiar: confiar en ti misma y en que puedes hacerlo, confiar en tu instinto, confiar en la salud de tu cuerpo, en que puedes pedir y obtener ayuda si la necesitas, en que eres capaz; y también confiar en tu hijo, en que nadie sabe mejor que él mismo lo que necesita para crecer feliz.

Los sabios ensalzan la paciencia. La paciencia es virtud esencial en todas las culturas, en todas las épocas. Amamantar es un gran ejercicio de paciencia: no se hace con prisas, no se hace con reloj, no depende de ti, sólo es esperar a que el bebé se satisfaga por sí mismo.

Los sabios disfrutan el gozo. El placer, la alegría inmanente de quien vive en sintonía con su cuerpo y con su mente, de quien no necesita riquezas externas para construir su propia felicidad. La lactancia es una fuente de placer para la madre y para la criatura, activa las "hormonas de la felicidad" y los neurotransmisores del placer,  es sexualidad, goce, alegría.

La lactancia es una oportunidad de conectarnos con nuestra sabiduría interior. La sabiduría ancestral que TODAS las mujeres llevamos dentro. Es una oportunidad única para ejercitarnos en nuestra capacidad de cuidado, en nuestra capacidad de entrega, y a la vez para descubrir los profundos y maravillosos mecanismos de nuestros cuerpos. Es una oportunidad de sanarnos a nosotras mismas y a nuestras sagas familiares heridas. Es un ejercicio, sencillo y cotidiano, para empoderarnos. Para crecer.

24 de agosto de 2010

Amamantar en Mongolia

-.-

Esta mañana, Jesusa Ricoy-Olariaga me conmovió al "regalarme" en Facebook esta fábula, sobre lactancia materna, pero también sobre la naturaleza humana, sobre relativismo cultural, sobre la tolerancia, el amor y la belleza... Se quejaba Jesusa de no tener tiempo para traducirlo, y esta misma tarde otra compañera nos regalaba ya la versión en castellano. Muchísimas gracias a las dos.

Es conmovedor, y me ha recordado, por el tema maternal y mongolés, aquella buenísima película, la de La Historia del Camello que Llora.

Disfrutadlo:

Amamantar en Mongolia

Autora: Ruth Kamnitzer
Tomado de: Peaceful Parenting
Traducción al castellano: Ana Isabel Chinchilla



Hay en Mongolia un dicho muy utilizado que afirma que los mejores boxeadores toman leche materna durante al menos seis años, afirmación muy seria para un país en el que el boxeo es el deporte nacional. Me trasladé a Mongolia cuando mi primer hijo tenía cuatro meses y viví allí hasta que cumplió tres años.

Criar a mi hijo en aquellos primeros años en un lugar donde la actitud hacia la lactancia materna es tan radicalmente diferente de las costumbres que prevalecen en Norteamérica me abrió los ojos a una visión completamente diferente de cómo podría ser todo. Los mongoles no solamente prolongan la lactancia materna, sino que además lo hacen con más entusiasmo y menos inhibiciones que casi nadie de quienes había conocido hasta entonces. En Mongolia, la leche materna no es sólo para bebés; no se trata sólo de nutrición y definitivamente no es un tema sobre el que se imponga la discreción. Es la madera de la que estaba hecho Genghis Khan.

Al igual que muchas madres primerizas, no había pensado demasiado sobre la lactancia antes de tener a mi bebé, pero minutos después de que mi hijo Calum saliera, se agarró a la teta y durante los siguientes cuatro años no parecía nada dispuesto a soltarse. Tuve suerte, porque en muchos aspectos la lactancia nos resultó sencilla: ninguna grieta en el pezón, rara vez un pecho ingurgitado. Mentalmente las cosas no eran tan sencillas: a pesar de lo mucho que amaba a mi bebé y disfrutaba del vínculo que nos ofrecía la lactancia, en ocasiones resultaba insoportable. No estaba preparada para la magnitud de mi amor por él ni para la intensidad de su necesidad de mí en exclusiva y de mi leche. “No le permitas que te convierta en un chupete humano”, me advirtió una enfermera canadiense pocos días después del nacimiento de Calum, que mamaba a todas horas, pero yo repasaba todos los posibles motivos de su llanto (¿gases?, ¿pañal? ¿infraestimulación? ¿sobreeestimulación?) y por lo general acababa dándole teta de nuevo. Me preguntaba si hacía bien.

Entonces me trasladé de Canadá a Mongolia, donde mi marido llevaba a cabo unos estudios sobre vida salvaje. Allí los bebés están siempre envueltos en varias capas de gruesas mantas, atados con cuerda como un paquete que no quieres que se rompa en el correo. Cuando un paquete murmura, se le pone un pezón en la boca. No se les cambia muy a menudo y nunca se les hace eructar. No hay ni siquiera una manos en las que poner un sonajero. Por supuesto, no hay ratitos boca abajo. Los niños permanecen envueltos hasta al menos los tres meses, y cada vez que emiten un sonido, se les da de mamar.

Esto resultaba interesante. A los tres meses, los bebés canadienses ya tienen actividades sociales, incluso natación. Algunos aprenden a “calmarse solos”. Yo daba por sentado que había muchos motivos por los que un bebé podía llorar y que era mi trabajo averiguar la razón y darle la solución adecuada. Pero en Mongolia, aunque los bebés puedan llorar por muchos motivos, sólo hay una solución: leche materna. Dejé de darle vueltas e hice lo mismo.

En Canadá la lactancia materna aún está rodeada de cierto misticismo, pero en realidad no estamos demasiado acostumbrados a ella. La lactancia se realiza en casa, en grupos de lactancia, quizá en alguna cafetería: rara vez se ve en público y desde luego nosotros mismos no tenemos recuerdos conscientes de haber sido alimentados con pecho. A esta íntima actividad entre madre e hijo se la trata con secretismo y educadas miradas hacia otro lado, y se considera casi igual que las demostraciones públicas de intimidad en una pareja: no es tabú, pero sí que causan ligera incomodidad y son educadamente ignoradas. Cuando el silencioso y angelical recién nacido se convierte en un niño activo resuelto a comunicar a todo el mundo lo que está haciendo a cada momento, bueno, entonces esos ojos se apartan con mayor rapidez e intensidad, a veces con el ceño fruncido.

En Mongolia, dar el pecho en público, en lugar de relegarme a la sección de “sólo mamás”, me puso decididamente en el centro de atención. Su práctica universal de dar pecho en cualquier momento y lugar, así como la cercanía en la que la mayoría de los mongoles vive, implica que todos están acostumbrados a ver un pecho en acción. Les alegraba ver que hacía las cosas a su manera (que por supuesto era la manera correcta).

Cuando daba pecho en el parque, las abuelas me brindaban sus historias sobre cómo habían alimentado a sus doce hijos. Cuando daba pecho en el asiento trasero de los taxis, los conductores levantaban sus pulgares por el retrovisor y me aseguraban que Calum se convertiría en un gran boxeador. Cuando paseaba por el mercado acunando a mi hijo en mis brazos mientras mamaba, los comerciantes me hacían un sitio en su puestos y le decían al niño que se lo bebiera todo. En lugar de mirar a otro lado, la gente se inclinaba sobre Calum y le besaba la mejilla. Si se soltaba de la teta en respuesta a la atención recibida, dejando mi pecho chorreando y completamente expuesto, no pasaba nada. Nadie se quedaba mirando, nadie apartaba la vista: simplemente se reían y se limpiaban la leche de la nariz.

Desde que Calum tenía cuatro meses hasta los tres años, allá donde fuera, oía una y otra vez lo mismo: “La teta es lo mejor para tu bebé, lo mejor para ti” La aprobación constante me hacía sentir que hacía algo importante que interesaba a todos; exactamente la clase de aprobación pública que *toda* madre reciente necesita.

Para cuando Calum cumplió los dos años, yo ya había descubierto lo útil que podía ser la lactancia materna. Nada hace que un niño se duerma más rápido, alivia el aburrimiento de un largo viaje en coche, o calma una tormenta que se cierne, tan rápidamente como una poca leche calentita de mamá. Es la ayuda más útil para la madre perezosa, y yo creía que le daba todos los usos, pero los mongoles lo llevaban más lejos.

Durante los inviernos mongoles, pasaba muchas tardes en en el yurt de mi amiga Tsetsgee, huyendo del frío glacial de fuera. Fue instructivo comparar nuestras técnicas de crianza. Cuando estallaba una pelea por los juguetes entre nuestros hijos de dos años, mi primera reacción era restablecer la paz distrayendo a Calum con otro juguete al tiempo que le explicaba los principios de compartir las cosas, pero esto llevaba tiempo y una media de éxito de tan sólo un cincuenta por ciento, En el restante cincuenta por ciento de veces, cuando Calum no quería dar su brazo a torcer y su frustración aumentaba hasta el punto de ebullición, lo cogía y le acunaba en brazos para amamantarle.

Tsetsgee tenía una táctica diferente. Al primer murmullo de discordia, se levantaba la camisa y empezaba a menear sus pechos con entusiasmo, diciendo: “¡Ven aquí, cariño, mira lo que tiene mami para ti!” Su hijo apartaba la vista de los juguetes para mirar las dianas de sus pechos y siempre se iba hacia ellos.

¿Media de éxito? Cien por cien.

Para no ser menos, adopté la misma estrategia. Allí estábamos, dos madres agitando los pechos como strippers compitiendo por atraer a un cliente. Si los abuelos estaban por allí, se unían a la representación. Los pobres críos no sabían a dónde mirar: la tranquilizadora plenitud de los pechos de sus madres, los mustios pechos planos de la abuela con su larga experiencia, o el extraño montón de carne que el abuelo se agarraba en su envidia de pechos. Por mucho que lo intente, no puedo imaginarme una escena similar en una reunión de la Liga de la Leche.

En mis clases prenatales en un pequeño pueblo de Canadá, donde nació Calum, nos mostraron la lactancia materna con un vídeo de una madre sueca de aspecto especialmente atlético, que daba pecho a su niño pequeño mientras esquiaba. La clase se estremeció: “Claro que es genial para los bebés, pero cuando ya empiezan a hablar y a andar...?” Todas parecían de acuerdo. Yo me callé.

Me tocó a mí sorprenderme cuando una de mis amigas mongoles me dijo que había tomado leche materna hasta los nueve años de edad. Me quedé tan boquiabierta y estupefacta que al principio me lo tomé a broma. Viendo ahora que mi hijo se destetó justo después de cumplir los cuatro años, me avergüenza un poco mi inflexible incredulidad. Aunque nueve años sea bastante edad para tomar el pecho, incluso para los mongoles, no está fuera del rango.

Aunque no siempre era fácil hablar sobre conceptos como “destete voluntario” con mongoles debido a la barrera idiomática, dar pecho “a largo plazo” parecía ser la norma. Nunca conocí a nadie que diera pecho a dos niños, lo cual me sorprendió, aunque debido a que los intervalos entre hijos son bastante largos, la mayoría de los niños dejaban de mamar entre los dos y los cuatro años.

Según UNICEF, en 2005 el 82 por ciento de los niños de Mongolia seguían con lactancia materna entre los 12 y los 15 meses y el 65 por ciento seguían entre los 20 y los 23 meses. El último hijo parece que simplemente continúa, de ahí la niña de nueve años que tomaba pecho, y si la sabiduría popular no se equivoca, de ahí la fama de Mongolia en el boxeo.

Cuando a los tres años Calum seguía tomando pecho con el entusiasmo de un recién nacido y yo me preguntaba cómo surgiría el destete, sentí curiosidad sobre qué animaba a los niños mongoles a destetarse solos. Algunas madres me dijeron que su hijo simplemente perdió el interés. Otras dijeron que la presión de grupo tuvo que ver, (he oído a adolescentes mongoles burlarse de otros diciendo “¡Quieres los pechos de tu mami!” del mismo modo que se dice “¡Corre con tu mamá!”). Cada vez más a menudo, las obligaciones del trabajo obligan a destetar antes de lo habitual: los niños a menudo pasan el verano en el campo mientras que la madre se queda en la ciudad trabajando, y durante esta larga separación a la madre se le retira la leche.

Mi amiga Buana, de veinte años, me contó su lactancia, digna de medalla de oro: “Me crié en un yurt lejos, en el campo. Mi madre siempre me decía que me la bebiera toda, que era buena para mí. Yo creía que todas los niños de nueve años lo hacían. Cuando fui al colegio, lo dejé.” Me miró con un brillo travieso en los ojos “ Pero aún me gusta beberla a veces”.

Destetarse me parecía un suceso bastante definido. Siempre esperé que, en algún momento, las tomas se reducirían y seguirían reduciéndose hasta que cesaran por completo. Se me retiraría la leche y ya está. Bar cerrado.

En Mongolia no sucede así. Hablando de lactancia con mi amiga Naraa, le pregunté cuándo su hija, entonces de seis años, se había destetado. “A los cuatro años” me contestó, “a mí me entristeció pero ella no quería tomar teta más”. Entonces Naraa me dijo que la semana anterior, cuando su hija había vuelto de una larga estancia en el campo con sus abuelos, quiso tomar teta. Naraa la complació “Me imagino que me había echado mucho de menos" explicó, "y fue bonito. Por supuesto, yo no tenía leche, pero no le importó”.

Pero si “destetar” significa no volver a beber leche materna, entonces los mongoles nunca se destetan del todo, y esto es lo que más me sorprendió de la lactancia en Mongolia. Si los pechos de una mujer están ingurgitados y su bebé no está cerca, irá sencillamente preguntando a sus familiares, de cualquier edad o sexo, si quieren beber. A menudo las mujeres se extraen una taza de leche para sus maridos para darles un capricho, o dejan una poca en el frigorífico para que cualquiera pueda servirse.

Aunque todas hemos probado nuestra propia leche, le hemos dado a nuestras parejas para que la prueben, quizá hemos echado una poca al café en una emergencia ¿no?, no creo que que muchos de nosotras la hayamos bebido a menudo. Sin embargo a todo mongol al que he preguntado me ha dicho que le gusta le leche materna. El valor de la leche materna está tan reconocido, tan firmemente arraigado en su cultura, que no se considera como algo sólo para bebés. La leche materna se usa comúnmente de forma medicinal, se les da a los mayores como una cura para todo, se usa para tratar infecciones oculares así como (dicen) hacer más blanco el blanco de los ojos y más intenso el marrón del iris.

Pero sobre todo, creo que los mongoles beben leche materna porque les gusta el sabor. Una amiga mía occidental que se extraía leche en el trabajo y dejaba la botella en el frigorífico de la oficina se encontró un día la botella medio vacía. Ella se rió: “¡Sólo sospecharía de que mis compañeros se beban mi leche en Mongolia!”

Vivir en otra cultura siempre te obliga a re-evaluar la tuya. No sé cómo hubiera sido dar pecho a mi hijo en sus primeros años en Canadá. La avalancha de observaciones positivas que recibí en Mongolia, así como la aceptación sincera de dar el pecho en público simplemente me asombró, y me dio la libertad de criar a mi hijo de una manera que me parecía natural. Además de las pequeñas diferencias en nuestras costumbres de lactancia, los detalles de cuánto y cuándo, concluí que había una diferencia más grande en nuestros métodos de crianza.

En Norteamérica valoramos tanto la independencia que aparece en todo lo que hacemos. Sólo se habla de qué come tu bebé ahora, y a cuántas tomas has reducido. Incluso aunque no seas la que hace estas preguntas, es difícil escapar de su impacto. Además se venden tantas cosas para que tu hijo se entretenga solo y te necesite menos que el mensaje es claro. Sin embargo en Mongolia, la lactancia no se identifica con dependencia, y el destete no es una meta. Saben que sus hijos crecerán; de hecho, un niño mongol normal de cinco años es mucho más independiente que uno occidental. No hay prisa por destetar.

Probablemente lo más valioso de criar a mi hijo en Mongolia fue que me di cuenta de que hay un millón de maneras de hacer las cosas, y que yo podía elegir cualquiera de ellas. Durante la lactancia de mi hijo tuve varias dificultades, y tomé y deseché ideas y prácticas en mi intento de forjar mi propio estilo. Me alegro de haber amamantado a Calum tanto tiempo: fueron cuatro años al final. Creo que la lactancia fue lo mejor para mi hijo, y que tendrá una influencia duradera en su personalidad y en nuestra relación.

Y cuando gane la medalla de oro de boxeo en la Olimpiadas, espero que me lo agradezca.

Nota: 1. UNICEF Childinfo, "Monitoring the Situation of Children and Women: Infant and Young Child Feeding (2000-2007)" (January 2009).

Ruth Kamnitzer vivió durante tres años en una tienda tradicional de tela en la campiña mongola mientras su marido, Steve, llevaba a cabo unos estudios sobre el gato de Pallas de Asia Central. Es licenciada en Conservación de la Biodiversidad y hoy en día vive en Bristol, Reino Unido, con Steve y Calum.

23 de agosto de 2010

Los inconvenientes de la lactancia artificial

Por Ileana Medina Hernández

Soy de las que prefiere (casi siempre) hablar en positivo. O sea, a lo largo de este blog he preferido hablar de lo que la lactancia materna aporta, que es muchísimooooo.

Algunas personas sin embargo opinan que debería hablarse de los inconvenientes de la lactancia artificial, dado que la lactancia materna es lo "natural", es lo que la especie previó para todas las crías humanas. Y la lactancia artificial ha sido una perturbación que hemos introducido en la crianza, hace menos de 100 años ("el mayor experimento sin control de la historia").

Hasta finales del siglo XIX, los bebés eran alimentados con leche de su madre o de una nodriza, pero siempre leche humana, o perecían. El índice de mortalidad infantil era altísimo, y un estudio citado por Luis Rojas Marcos en su imprescindible libro Las semillas de la violencia dice que incluso un tercio de los bebés eran abandonados o asesinados por sus propios padres en Europa en el siglo XIX, así que la preocupación por el "bienestar" de las crías era algo que nadie tenía en cuenta. Se morían, y ya está.

En el siglo XX aparecen las leches de fórmula, inicialmente pensadas para la supervivencia de los bebés en los orfanatos. Sin embargo, por el truco comercial de las industrias lácteas, por el auge del paradigma tecnologista y por la coyuntura específica de los inicios del feminismo y de la incorporación de la mujer al trabajo, después de la Segunda Guerra Mundial la "fórmula" comenzó a generalizarse como alimento adecuado para todos los bebés.

Nos arrebataron a madres y bebés la lactancia, que es la última fase del ciclo reproductivo de la mujer, y el primer derecho de los bebés a obtener la mejor alimentación. La mayoría de las mujeres que estamos siendo madres ahora, fuimos criadas con biberón por madres que -aunque quizás hubieran podido fácilmente amamantar- creyeron en la década de los 70 y de los 80 que "el biberón era mejor", y ahora 30 ó 40 años más tarde nos encontramos con que -aunque bien sabemos que el biberón no es mejor- quisiéramos amamantar y no podemos, porque la transmisión de la cultura de la lactancia se interrumpió.

Parece de todos modos que los índices de lactancia materna crecen cada vez más, y que gracias a los esfuerzos de muchas asociaciones de apoyo a la lactancia y a los cambios de protocolos en los hospitales, el lapso temporal donde la alimentación artificial fue glorificada va a quedar atrás, como unos "decenios oscuros" de la segunda mitad del siglo XX.

Que la lactancia -o la no lactancia- es algo muy importante, lo evidencian las "guerras" que se forman en foros, periódicos on-line, blogs y en todos los escenarios donde se habla de lactancia materna. Enseguida la reacción irracional y desmesurada, de las madres de un bando y de otro, suele crear un ambiente irrespirable. Muchas mujeres que no han podido amamantar se sienten atacadas siempre, aunque el tono del escrito sea respetuoso. Suelen sentirse mal consigo mismas. Sale el famoso tema de la culpa, unas se sienten culpables, otras culpabilizadas, otras culpabilizadoras, nos acusamos unas a otras de "hacernos sentir culpables" y así hasta el infinito. Da igual quién tenga o no "razón". La lactancia, como la maternidad, como el amor, no es racional... Pero cuando el río suena... es porque el tema es realmente importante.

Si está absolutamente demostrado que la leche materna es lo mejor para todos los bebés, si las madres nos sentimos tan mal cuando no podemos ofrecerla, si necesitamos autojustificarnos constantemente, si nos sentimos agredidas por quien expone otra forma de hacer las cosas, si no podemos permanecer impasibles... entonces el tema merece que nos detengamos a investigar qué nos pasa, qué nos ocurre. Y por qué. Y qué puede hacer la sociedad en general para mejorar esto, que desde luego no puede ser culpabilizando a nadie, ni enfrentándonos unas madres a otras, sino intentando que la sociedad en su conjunto cada día apoye la mejor crianza posible para todos los bebés y la mejor manera posible de vivir la maternidad.

Hace un tiempo reproduje en este blog el artículo ¡Chúpate ésta!, publicado en el año 2006 por la prestigiosa revista The Ecologist, que ponía los puntos sobre los íes en el tema de la lactancia artificial. Especialmente fuerte (pero real) me pareció esta frase:

"(la leche artificial)... Es el único alimento prefabricado que el ser humano se atreve a consumir en exclusiva durante un periodo de meses, aunque sepamos que ningún cuerpo humano pueda permanecer saludable y prosperar con una dieta fija de comida prefabricada." (Y yo agrego: ¡y qué meses! ¡Los primeros y más importantes meses de la vida!)

Hace unos días, comenzó a circular por la red "maternal" este texto Ingredientes, aditivos y contaminación de la leche artificial para bebés, un fragmento del libro Breastfeeding older children, de Ann Sinnott, publicado en Londres en 2009 y aún sin versión en castellano. Los temores que tenemos sobre el malestar que podemos llegar a sentir las madres son tantos, que Jesusa Ricoy Olariaga, doula española residente en Londres, quien tradujo el fragmento con permiso de la autora, puso a disposición de las lectoras su propio email personal para cualquier duda o comentario.

Sin embargo, tengo la impresión de que poca gente ha leído este texto, o al menos, hasta ahora no tengo noticias de ningún brote de alarma social. Si fuera falso lo que ahí se lee, la autora del libro estaría demandada, supongo.

Hagamos una prueba: tecleemos en Google la búsqueda "ingredientes leche fórmula". No me esforcé mucho, pero a primera vista, no me salió ninguna página donde aparezca una "receta" con los ingredientes que usan las industrias lácteas para fabricar las fórmulas artificiales. Claro que aparecen en la parte afuera de las latas, faltaría más. Pero yo no tengo ninguna lata a mano, y no hay modo de que pueda encontrar un listado exhaustivo de los ingredientes que utiliza alguna marca comercial. ¿Qué raro, no? Con toda la información que aparece en internet sobre lo humano y lo divino...

A las madres se nos dice hoy que no debemos introducir ningún alimento diferente a la leche materna antes de los 6 meses del niño, ya que la introducción precoz de alimentos aumenta con mucho la posibilidad futura de sufrir alergias. Sin embargo, quien alimenta con leche artificial está exponiendo desde el primer día a su bebé al contacto con la leche de vaca, derivados del maíz (¿transgénico?), aceite de palma, aceite de coco, aceite de girasol, almidón de arroz, soja, microalgas fermentadas, etc... ¿Le daría usted de comer esas cosas a su bebé tan tranquilamente, si las tuviera por separado en la nevera de su casa, si las viera sin disimular mezcladas en un polvito blanco?

Tengo en pdf el Manual que publica la Asociación Española de Pediatría (AEP) sobre Lactancia Materna: Lactancia Materna: Guía para profesionales, Monografías de la AEP, nro. 5, Madrid, 2004. Su capítulo 6 se llama tal como titulé este post: "Los inconvenientes de la lactancia artificial", y aclara fervientemente:

"Este capítulo está pensado sólo para los profesionales sanitarios. Es la síntesis de muchos estudios epidemiológicos que creemos que no debemos ignorar cuando se trate de aconsejar a una madre sobre la lactancia de su hijo. Por eso está enfocado como inconvenientes (o, si se quiere, riesgos) de la lactancia artificial para el bebé, en lugar del clásico "ventajas de la lactancia materna".

Los especialistas de la AEP se ven obligados a aclarar que el enfoque de los inconvenientes de la lactancia articial sólo es posible "entre profesionales", dejando entrever que no se puede suministrar esta información al público en general, y que no se puede abordar directamente con las madres.

O sea, hay un fuerte TABÚ, miedo, a suministrar al público una información que está suficientemente contrastada por la ciencia. El pretexto supongo es que "la madre ha de decidir libremente sobre el tipo de alimentación que desea para su bebé." Pero es que, si no se difunde esta información, ¿las madres estamos eligiendo de verdad CON CONOCIMIENTO DE CAUSA?

Se supone que los pediatras sí tienen acceso a esta información, o que por lo menos deberían preocuparse por conocerla. Y que los pediatras deberían funcionar de mediadores entre la información científica y los padres, pero no para ocultar ni para manipular, ni para demostrar "superioridad" con un conocimiento esotérico inaccesible al resto, sino para facilitar el acceso a ella, para explicar, para orientar, para apoyar, en lo que es mejor para el bebé: la lactancia materna.

Todos sabemos sin embargo que muchísimos pediatras y enfermeras pediátricas hoy en día tienen pruritos en aconsejar sobre lactancia, e incluso atentan abiertamente en sus prácticas contra ella (recomendando por ejemplo el "biberón de refuerzo" que es el principal asesino de la teta) y de muchas otras maneras, que explica muy bien aquí el Dr. Jack Newman.

La Guía Profesional de la AEP, a partir de una exhaustiva revisión científica, es clara: la lactancia artificial perjudica el vínculo afectivo entre el bebé y la madre, tiene inconvenientes para el sistema digestivo del bebé, aumenta el riesgo de infecciones, aumenta el riesgo de muerte súbita del lactante, aumenta el riesgo de padecer enfermedades crónicas, perjudica el desarrollo cognitivo y tiene repercusión general sobre el bienestar y la salud del bebé.

Si esto hace sentir mal a las madres que no tienen más remedio que dar biberón, la culpa no es del mensajero, ni del pediatra, ni de la AEP, ni de la ciencia, ni de Tenemos Tetas. Ni tampoco, en la mayoría de los casos, de ellas mismas. La responsabilidad es del sistema social en su conjunto, de las maniobras de los fabricantes, de los medios de comunicación, de los protocolos en los hospitales y centros de salud, de la falta de información y apoyo, de la lógica mercantil y laboral existente, de las administraciones públicas... todos tenemos un poco de responsabilidad en este asunto, y eso es lo que hay que cambiar.

¿Será hora ya de hablar claro?

20 de agosto de 2010

¡Vergonzoso!

Por Ileana Medina Hernández

Hablo sin conocimiento de causa.

Reconozco que no he visto ni siquiera un minuto de esos programas tipo Supernanny o -ahora me entero- éste que se llama El Campamento,  u otro que se llama Hermano Mayor, y que por lo visto se está trasmitiendo en estos días. Ni los he visto ni me voy a molestar en verlos, ni siquiera en buscar alguna información por Internet para enlazar aqui.

Si alguien los ha visto, por favor, que deje su comentario abajo.

Pero me he encontrado por casualidad con esta entrevista, y se me han puesto los pelos de punta.

Vergonzoso, muy vergonzoso me parece.

Vergonzoso me parece que se utilicen niños para hacer reality shows en la tele. Debería estar legalmente prohibido, pero ya.

Vergonzoso me parece que se aireen a todo el país los problemas de estas familias, aún con su consentimiento o su buen grado, y que este señor diga "que no tienen nada que perder".

Vergonzoso que se siga propagandizando el uso de métodos conductistas, que ya ni los adiestradores de perros consideran dignos de ser utilizados.

Vergonzoso que se les llame "monstruos" a estos chavales, y que se exhiban como tales en estos programas, como hace un siglo se exhibían en los circos los enanos y las mujeres barbudas.

Vergonzoso que a la pregunta de "¿Por qué de padres normales y trabajadores salen monstruos?" lo único que se responda es que "necesitan límites". Sí, tal vez los "monstruos" necesitan que los encierren en una jaula desde que nacen. ¿Y cariño? ¿Y comprensión? ¿Y paciencia? ¿Y padres que los atiendan y compartan tiempo con ellos? ¿Y formación de los padres para serlo? ¿Y apoyo social a las familias?

Vergonzoso que, reconociendo que estos chavales muchas veces provienen de familias de clase medias y altas, no se hable de lo que verdaderamente les ha faltado en su infancia: presencia materna y paterna, compañía, empatía, comunicación, más tiempo en familia, apoyo, sostén emocional.

Vergonzoso que no se relacione los problemas de conducta de los adolescentes con el estilo de vida que como sociedad estamos vendiendo: escolarización tempranísima desde los 4 meses 10 ó 12 horas al día, soledad, falta de atención, exceso de actividades desde que son bebés, familia ausente todo el día, falta de comunicación, falta de padres, que trabajamos todo el día mientras los chavales se crían solos: sin referentes, sin ejemplo, sin límites, y sobre todo, sin afecto.

Vergonzoso que sigamos sin querer ver y decir en voz alta y clara que el origen de la violencia es el desafecto. Es la violencia primaria recibida.

Vergonzoso que se diga en titulares que "hay que poner límites desde bebés". Los bebés, señor Aguado, necesitan contacto físico, leche materna, amor, compañía, mirada, paciencia, dedicación, disponibilidad, y sobre todo, tiempo, mucho tiempo con sus padres y con su familia. Lo único que hoy no estamos dispuestos a darles.

19 de agosto de 2010

Autorregulación y lactancia: "Para lograr la independencia es necesario un largo periodo de dependencia"


Autorregulación y Lactancia, por Estibalitz Vega.

Reich formuló su Teoría de la Autorregulación en oposición al psicoanálisis freudiano y su Teoría de la Frustración. Según la Teoría de la Frustración para que un niño avance en su desarrollo es necesario frustrarle, porque sino, no pasaría a la etapa siguiente, se quedaría siempre atascado en el Principio del Placer y no accedería al Principio de Realidad. Según OTTO FENICHEL, psicoanalista, es necesario “enseñar al adulto la conducta apropiada” porque “los instintos pueden ser peligrosos” y necesitan de un control por parte del exterior. Es por ello que los psicoanalistas, aunque varían en cuando al tiempo recomendado de lactancia, hablan siempre de un destete precoz (dentro del primer año de vida). Por ejemplo, WINNICOT recomienda el destete en torno a los 9 meses. La Teoría de la Frustración parte de la idea de que los niños no saben y hay que enseñarles, hay que marcarles el camino para que lleguen a ser seres sociales, a dormir correctamente, a comer lo debido... Estas ideas están detrás de la mayoría de las costumbres en torno a la crianza que vemos a nuestro alrededor. En el fondo hay una desconfianza hacia el niño, se piensa que si se respetan sus necesidades no va a ser capaz de ser autónomo, no podrá salir de la fusión.

Sin embargo, en la práctica se observa que cuanto más placer ha podido disfrutar un niño, más creativo se muestra, más alegre, con más capacidad para salir de situaciones negativas, para reivindicar lo positivo, para ser sociable... , que no interesa a nuestra sociedad.

Reich, que fue también en su inicio psicoanalista, se separó con el tiempo de las ideas de Freud. Hasta entonces el psicoanálisis ortodoxo había observado tan sólo lo que en su época era habitual. Reich tiene en cuenta también los datos aportados por los estudios antropológicos (Malinowsky...), a través de los que conoce otros tipos de crianza y sociedades. También sus descubrimientos en su labor como terapeuta le llevan a separarse del psicoanálisis tanto en su forma de trabajar como en la explicación del origen de los problemas (además, en el trabajo en terapia con adultos puede verse con claridad lo que no hay que hacer con los niñ@s). Posteriormente Reich también amplió sus investigaciones con la observación del desarrollo de niñ@s en ausencia de intervenciones externas innecesarias y en condiciones idóneas, para tener mas datos acerca del niño sano (hasta entonces sólo se había prestado atención a los posibles trastornos y alteraciones, al niño enfermo, y no al sano).

La Autorregulación es la capacidad, presente en todos los seres vivos (unicelulares y pluricelulares), de regular espontáneamente las propias funciones vitales, de conectar con las propias necesidades básicas y buscar su satisfacción. Por necesidades básicas entendemos el alimento, el descanso, la actividad sexual (cuando hablo de actividad sexual, no me refiero a actividad genital exclusivamente, sino a la sexualidad en un sentido amplio, a todo lo relacionado con el placer) y la vivencia de seguridad afectiva (Ej.: Llevar a los bebés en brazos era una necesidad primaria para defenderlos de los depredadores). Cuando, es decir, como seres vivos que somos, nacemos con la capacidad de saber qué es lo que nos da placer, seguridad, lo que nos nutre, lo que necesitamos dormir... y de dar los pasos necesarios para lograrlo. Todas estas cosas no se aprenden, ya las sabemos, y cambian en función del nivel de maduración. Y desgraciadamente, si esta capacidad de autorregulación no se puede ejercer debido a intervenciones exteriores, se puede perder. Autorregulación es algo que viene de dentro, y se opone a “Educación”, que es algo que viene de fuera.

Pues bien, en el inicio de la vida extra-uterina, la lactancia materna es el medio a través del cual los bebés cubren todas las necesidades primarias mencionadas: les proporciona alimento, seguridad, afecto, placer y descanso (los bebés en general se duermen al pecho).

Tanto la O.M.S. como UNICEF recomiendan un mínimo de 6 meses de lactancia exclusiva a demanda, y un mínimo de dos años de lactancia combinada con otros alimentos. La lactancia materna compensa la inmadurez de su sistema inmunológico y es sin duda el mejor alimento para el bebé, que se adapta además a sus necesidades cambiantes. Cualquier leche de fórmula no hace sino intentar imitar a la materna. Además la leche materna no es siempre exactamente igual: la del inicio contiene más agua, la que viene a continuación más cantidad de proteínas y la del final es más grasa. Esto hace posible que el bebé pueda regular su ALIMENTACIÓN a través de la duración de sus tomas, del tiempo que pasa sin mamar, mamando de un pecho o de los dos... siempre que no introduzcamos elementos extraños (chupete, biberón...) o intentos de control externo (reloj...). Además como la producción de leche materna se origina en función de la succión, nos encontramos con que cada madre produce la cantidad de leche que su hijo, y no otro (todos somos distintos), necesita. Si sus necesidades de nutrientes se incrementan, mamará más frecuentemente una temporada hasta lograr un nuevo equilibrio.

La lactancia materna también produce PLACER. En el inicio de la vida la boca es el lugar del cuerpo más cargado energéticamente. El bebé, cuyo desarrollo es cefalo-caudal (es decir, madura primero sus ojos, su boca... después sus brazos y mitad superior del cuerpo, y por último sus piernas ya cercano al año de vida), se relaciona con su entorno principalmente a través de la boca. A través de la boca conoce el mundo y su propio cuerpo (primero los dedos, las manos, luego los pies, ... y poco a poco cualquier otra parte del cuerpo u objeto al que pueda tener acceso), y esta experimentación le produce placer. En palabras de Michel ODENT, “La sexualidad es un todo, en todos los episodios de la vida sexual, nacimiento, lactancia... son las mismas hormonas (oxitocina, prolactina, endorfinas, adrenalina) las que están implicadas y el mismo escenario el que se reproduce”. De hecho, cuando la lactancia es satisfactoria, pueden observarse en bebés muy pequeños orgasmos orales (los bebés se sonrojan, los labios comienzan a temblar, los ojos se entornan y acaban relajados y dormidos), que en un inicio los médicos confundieron con ataques epilépticos. Desde el punto de vista Reichiano, el orgasmo es el medio a través del cual regulamos la energía de nuestro organismo, evitando que se acumule energía que podría producir con el tiempo enfermedades.

La lactancia materna también debiera producir placer en las madres (y en muchas mujeres es así), y es precisamente el motivo por el cual se mantiene la lactancia en otras especies mamíferas, es lo que “motiva” a las hembras a amamantar. Los motivos que han llevado a que muchas mujeres no sientan el amamantamiento como una experiencia placentera, e incluso en muchos casos sea vivido como algo incómodo, desagradable o incluso doloroso, es un tema que nos llevaría mucho tiempo y que se relaciona estrechamente con el tipo de sociedad en el que vivimos y el modo en que hemos sido criadas.

Por lo tanto, como relación sexual que es, son muy importantes las condiciones en las que se da de mamar. Es necesario un marco de intimidad en el que la madre y el bebé puedan mirarse relajadamente a los ojos y disfrutar del momento. Una vez más nos encontramos con que todo en la naturaleza está muy bien pensado, porque los bebés comienzan a enfocar rudimentariamente a una distancia de unos 20 cm, precisamente la distancia que separa los ojos de la madre de los del bebé en la posición de amamantamiento. Por eso una madre que mira amorosamente a su hij@ mientras lo amamanta, previene, tal como afirma Federico Navarro, durante los primeros 15 días de vida el astigmatismo, y durante los primeros meses la miopía.

De hecho, lo primero que hace un bebé al nacer, si el ambiente es lo suficientemente tranquilo y las luces no demasiado potentes, es buscar los ojos de su madre. Busca los ojos de su madre y después su pecho. El mejor momento para comenzar la lactancia es dentro de la primera hora de vida, cuando el instinto de succión es mas fuerte. En ese momento la lactancia no se inicia por hambre (por necesidad de nutrientes), sino por una búsqueda de placer y SEGURIDAD. El bebé acaba de estar unido a través del cordón umbilical a su madre hasta ese mismo momento, por lo que no puede tener hambre. Además, aunque tuviera hambre el calostro no podría saciarle porque, aunque cumple una función muy importante a nivel inmunitario, el calostro no tiene apenas calorías. El contacto de la boca y el pezón y el contacto ocular vienen a sustituir la unión entre la madre y el bebé que durante el embarazo se ha producido a través del cordón umbilical. Por eso proporciona también seguridad. Su madre (sus sonidos, su presencia) es lo único que conoce y su mundo se ampliará muy poco a poco a través de ella. Los bebés necesitan mucho contacto, y ante cualquier susto es lo que les devuelve la calma. La teta es el recurso mas útil para calmar a un bebé (si la madre está calmada, claro) y el más recomendable, porque un bebé, especialmente durante el primer año de vida, se ve desbordado por sus emociones para las que aún no tiene filtro ni defensa ninguna (así será hasta que el neocórtex se ponga en funcionamiento con la aparición del lenguaje...). En palabras de OSTERREICH: “las emociones infantiles, mientras duran, ocupan toda la “escena psíquica”, y no dejan sitio para otros elementos; de ahí su carácter total y absoluto”.

¿Y por qué los bebés necesitan tanto contacto? Los cachorros de cualquier otra especie tienen desde muy pronto diversos recursos con los que defenderse: unos vuelan, otros tiene pinchos, otros veneno, otros se camuflan, otros corren... En cambio, dada la inmadurez del bebé humano y el largo tiempo en que esta permanece, la especie humana ha tenido que desarrollar otros recursos para poder sobrevivir. El recurso que ha desarrollado nuestra especie es el vínculo. BOWLBY fue el primer autor que comenzó a investigar sobre el tema y su Teoría del Vínculo es el resultado de ello. El vínculo es un lazo establecido entre dos personas que garantiza la supervivencia de la especie, ya que supone la tendencia natural a lograr y mantener un cierto grado de proximidad corporal con respecto a la figura de apego.

La primera hora de vida, tal como afirma MICHEL ODENT, es un momento crítico en el que hay una impronta hormonal que favorece después el vínculo. También hemos dicho que es el momento crítico para el inicio de la lactancia (una casualidad más). Pero el vínculo no es algo inmediato, sino que a partir de aquí hay que ir fomentándolo. El contacto corporal tan estrecho que supone la lactancia, asì como las hormonas que se producen durante ella (por ej.: la oxitocina es conocida también como la hormona del amor y la producción de endorfinas hace mas probable que la madre y el bebé deseen permanecer juntos) favorecen el establecimiento de un vínculo seguro.

En realidad cuando hablamos del Vinculo, hablamos de seguridad, pero también y sobre todo de AFECTO. Afecto y seguridad son dos palabras que en las primeras etapas de la vida son prácticamente inseparables. Un niño que se siente querido es un niño que se siente seguro. De la misma manera que no tiene sentido mirar al reloj para ver si es el momento de dar un abrazo, tampoco tiene mucho sentido mirar al reloj para decidir si amantamos al bebé o no. Si nuestra pareja nos pide un beso, no creo que nos daría por decirle, “no, que te acabo de dar uno hace 5 minutos”. La lactancia a demanda va generando una confianza básica en la vida (mis necesidades son atendidas, el mundo es un lugar agradable) y en uno mismo (“de mi depende, yo valgo” o “de mi no depende, y yo no valgo nada”) que suponen el fundamento de la autoestima. Un niño amamantado a demanda con contacto será confiado, sin alto nivel de ansiedad, y buscará la relación con el otro llegado el momento.

Otra de las necesidades básicas de los bebés es el descanso, y si se lo permitimos, los bebés prefieren dormirse al pecho. Este dormirse en la teta no es un capricho, sino que forma parte de los mecanismos de supervivencia de nuestra especie. Un bebé para sobrevivir necesita de su madre, así que no puede permitirse el lujo de quedarse dormido en cualquier parte. Si se “despiertan” de vez en cuando es también para comprobar que su madre permanece por allí. Necesita tener la seguridad de que su madre está cerca para velar su sueño, sino fuera así los depredadores hubieran acabado con los cachorros humanos en un santiamén.

Además prolongar el sueño artificialmente es peligroso.

Otra cuestión es ¿hasta cuándo? Como decía al inicio, se recomienda un mínimo de dos años de lactancia, pero la verdad es que los dos años son una época difícil para encima añadir cualquier cambio importante (destete, la llegada de un hermanito...) a los que ya se dan de por sí (vuelta a la madre, control de esfínteres, comienzo del lenguaje, aparecen los rudimentos del pensamiento racional...). YOLANDA GONZALEZ recomienda llevar a cabo el destete cercano a los 3 años porque es mucho más sencillo. A esta edad la etapa oral finaliza y la succión pasa de ser una necesidad a un placer, que además va perdiendo su fuerza frente a otros placeres (masturbación, juegos sexuales con otros niños) que a partir de ahora tomarán protagonismo siempre que su entorno lo permita. Sin embargo, la lactancia puede aún continuar. Diversos estudios que hacen extrapolaciones a partir de otros mamíferos teniendo en cuenta diversos factores (momento de la salida de los dientes definitivos, peso alcanzado en relación a la del adulto...) sitúan el fin de la lactancia en torno a los 6 años.

Resumiendo: La alimentación no es el motivo por el cual la lactancia se inicia, ni tampoco después es su única función. La lactancia proporciona, además de nutrientes, placer y una vivencia de seguridad afectiva. Además la lactancia y otros procesos madurativos se ven estrechamente relacionados y recíprocamente potenciados, permitiendo y favoreciendo la autorregulación de muchos procesos madurativos (desarrollo sensorial, desarrollo psicomotor, influencia de la succión en el sistema craneo-sacral...).

De todas maneras creo que amamantar a un bebé no puede ser algo impuesto desde fuera, y hay algunos casos en que puede incluso ser contraproducente si ciertos conflictos personales de la madre no han podido ser resueltos.

Charla impartida por Estíbalitz Vegas Gonzalez, psicóloga, para la Jornada sobre "Parto, Lactancia y Crianza para la mujer de hoy” organizada por la Asociación AMAMANTAR. Hospital Monte Naranco. Oviedo. Sábado, 29 Noviembre 2003

Bibliografía


- ASOCIACIÓN “ZELAUN”, 1as Jornadas de parto Natural: ¿Utopía o Realidad?, Donosti, Marzo, 2000.
- BAKER, Elsworth F.; “El concepto de autorregulación”
- BAKER, Elsworth F.; “El desarrollo emotivo. Zonas erógenas y estadios libidinales: fase oral”
- BOWLBY, J.; Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y perdida, Ed. Morata, 1995.
- BOWLBY, J.; “Semejanzas y diferencias con respecto a las que se observan en los primates subhumanos”, Cáp. XI, La separación afectiva, Ed. Morata
- FENICHEL, Otto; “Profilaxis”, Teoría Psicoanalítica de las neurosis
- GONZALEZ VARA, Yolanda; “Salud, prevención y autorregulación”, “Energía, carácter y sociedad”, Vol. 8 (2), Nov.- Mayo 1990
- GONZALEZ, Carlos; “Mi niño no me come”, Ed. Temas de Hoy /Ser Padres
- GONZÁLEZ, Yolanda; Apuntes del curso “Salud y Prevención Infantil”, Donostia, 2001.
- GONZÁLEZ, Yolanda; “La oralidad como proceso psicoafectivo”, “Energía, carácter y sociedad”, volúmenes 12 y 13, 1994-1995.
- GONZÁLEZ, Yolanda; “El llanto y las expresiones emocionales durante el primer año de vida”
- LIEDLOFF, Jean; El concepto del continium. En busca del bienestar perdido
- ODENT, Michel; El bebé es un mamífero, Ed. Mandala
- OSTEREICH, P.; “La edad del bebé”, Psicología infantil, Cáp. II
- PINUAGA, Maite S.; “W. Reich.`Hacia el niño sano”, “Energía, Carácter y Sociedad”, Vol. 5, nºs 1 y 2, Publicaciones Orgón, Valencia, 1987
- ROYAL COLLEGE OF MIDWIVES; Lactancia materna. Manual para profesionales, Londres, 1991
- SÁNCHEZ M. Y SERRANO, X.; Ecología infantil y maduración humana, Ed. Orgón, Valencia, 1997.
- SERRANO, Xavier; Contacto-vínculo-separación. Sexualidad y autonomía yoíca, Ed. Orgón, Valencia, 1994.
- SMALL, Mederith F.; Nuestros hijos y nosotros, Ed. Vergara, Argentina, 1999.
- WINNICOTT, W.; “El destete”, Cáp. XII, Conozca a su niño


Nota: Los destacados son míos (IMH).

La vida emocional y sexual en los niños

.-.
He encontrado en el excelente blog de Criando Amando, este transcripción de una charla de la psicóloga Estíbalitz Vegas González, como ella misma se define "psicoterapeuta, especialista en Prevención Infantil, madre y mujer comprometida con su propio desarrollo personal".

Son notas de una charla y no están excelentemente redactadas, pero son importantísimas, la clave de la comprensión de por qué somos cómo somos.

|Más información y otros artículos de la autora aquí: Adore, Psicoterapia y Orientación Familiar

Voy a hablaros, sobre todo, de los primeros 6 ó 7 años de vida, época de formación del carácter. Este periodo reviste gran importancia por su vulnerabilidad (nacemos a medio hacer a todos los niveles, físico, psíquico, emocional y social) y por su gran influencia de cara a la salud futura.

Los conceptos de carácter y coraza nos ayudan a entender de que manera las experiencias infantiles influyen en nuestra posterior vida adulta.

El carácter es una forma estereotipada de movernos por la vida (de pensar, sentir y actuar). Es decir, nacemos con muchas posibilidades de funcionar, pero las experiencias tempranas “podaron” algunas (por no decir muchas) de ellas y nos quedamos con aquellas que nos ayudaron a sobrevivir.

En nuestra vida adulta, a pesar de no ser tan vulnerables y contar con mas capacidades y, teóricamente, con mayor libertad de acción, en la práctica somos esclavos de las elecciones que de niñ@s hicimos o nos impusieron (ej: de la escayola). La coraza es la otra cara de la misma moneda, y está constituida por una serie de tensiones (espasmos musculares) que reducen la capacidad de sentir del individuo (emoción y sensibilidad), el contacto consigo mismo y con los demás, su vitalidad (reducción de la respiración), causando enfermedades o predisponiéndoles a ellas.

Carácter y coraza se constituyen en relación a las necesidades primarias (básicas) no cubiertas, que son: alimentación, sueño o descanso, seguridad, afectividad y sexualidad. Ej: del llanto no respetado (respiración pectoral reducida, en función del grado, predisposición a enfermedades en garganta y zona del pecho, dificultades para contactar con mi tristeza y la del otro).

La Afectividad y la Sexualidad se hallan estrechamente relacionadas. Ambas son necesidades básicas, presentes por tanto desde que somos concebid@s hasta que morimos. La sede de ambas es el cerebro mamífero y las hormonas liberadas en las experiencias sexuales (oxitocina, endorfinas, prolactina y adrenalina) son también responsables de diferentes estados emocionales.

La vivencia y la expresión de las emociones es inseparable de nuestro cuerpo y de nuestra capacidad de sentir placer. No podemos reprimir nuestras emociones sin que nuestra sexualidad se vea afectada por ello. Sin embargo esta es una parte que generalmente queda fuera de la educación sexual, ya que en los centros escolares (y dentro de la familia muchas veces también) queda reducida frecuentemente a los medios para evitar embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual (el sexo ya no es pecado, ahora es peligroso, pero ¿dónde queda el placer, la comunicación, los sentimientos y emociones…?).

La represión tanto de la afectividad como de la sexualidad tiene mucho peso en nuestra sociedad actual. Aunque en nuestra sociedad aparentemente la sexualidad haya dejado de ser tema tabú (al menos es lo que podría pensarse vistas las imágenes que nos ofrece a diario tanto las películas, como la publicidad...) la realidad es bien distinta. Todo esto es sólo un escaparate, tras el que se esconde la más dura represión hacia la sexualidad más natural.

Freud fue el primer autor que habló de la existencia de la sexualidad infantil (habló de la sexualidad presente a lo largo de nuestra vida, y no vinculada necesariamente a la reproducción y el coito), descubrimiento que sacudió la sociedad victoriana de su época. Sin embargo en la práctica, aun hoy en día, el placer parece restringido exclusivamente al mundo de los adultos (aún más, a un@s adult@s con un físico y edad muy concretas). También nuestra cultura rechaza la expresión de las emociones como algo inferior (la razón es lo superior, claro). Así nos gusta definirnos como “seres racionales”, limitándonos y olvidándonos de que también somos seres sintientes (o sensibles) y emocionales.

La Sexualidad es algo que forma parte de nuestra dimensión humana, sólo que en diferentes momentos se vive y expresa de formas diversas. Sus funciones son la búsqueda de placer, la satisfacción de nuestra afectividad, la comunicación y la regulación energética.

A lo largo de los 3 primeros años de vida el placer se encuentra localizado principalmente alrededor de la boca, y vinculado especialmente a la lactancia. La lactancia materna produce PLACER. De hecho, lo primero que hace un bebé al nacer, si el ambiente es lo suficientemente tranquilo y las luces no demasiado potentes, es buscar los ojos de su madre. Busca los ojos de su madre y después su pecho.

En ese momento la lactancia no se inicia por hambre (por necesidad de nutrientes), sino por una búsqueda de placer y SEGURIDAD. El bebé acaba de estar unido a través del cordón umbilical a su madre hasta ese mismo momento, por lo que no puede tener hambre. Además, aunque tuviera hambre el calostro no podría saciarle porque, aunque cumple una función muy importante a nivel inmunitario, el calostro no tiene apenas calorías. El contacto de la boca y el pezón y el contacto ocular vienen a sustituir la unión entre la madre y el bebé que durante el embarazo se ha producido a través del cordón umbilical. Mientras, se producen las mismas hormonas que en cualquier otra relación sexual (oxitocina, prolactina, endorfinas, adrenalina).

Por lo tanto, como relación sexual que es, son muy importantes las condiciones en las que se da de mamar. Es necesario un marco de intimidad en el que la madre y el bebé puedan mirarse relajadamente a los ojos y disfrutar del momento. De hecho, cuando la lactancia es satisfactoria, pueden observarse en bebés muy pequeños orgasmos orales (los bebés se sonrojan, los labios comienzan a temblar, los ojos se entornan y acaban relajados y dormidos).

Sin embargo, en nuestra sociedad la lactancia materna es un bien escaso, que cuando se da, apenas se mantiene unos meses y el tiempo que perdura frecuentemente acontece a golpe de reloj. La lactancia reglada también deja fuera el placer y convierte una experiencia sexual en un acto mecánico regido por el reloj.

Esto ocurre así, a pesar de las recomendaciones de la O.M.S., de UNICEF, e ignorando el hecho de que la lactancia no sólo satisface unas necesidades de nutrición (para lo cual el bebé además está perfectamente capacitado para auto-regularse), sino de contacto, seguridad y placer del recién nacido. Bien sabemos las que amamantamos a demanda, especialmente si es más allá del primer año de edad, como se tilda enseguida de “vicio” la petición del pecho por parte del bebé. Otro tanto ocurre cuando el bebé chupa su propio pulgar.

Y es el que el bebé no sólo mama, sino que se relaciona con su entorno principalmente a través de la boca. A través de la boca conoce primero su propio cuerpo (primero los dedos, las manos, luego los pies, ... y poco a poco cualquier otra parte del cuerpo u objeto al que pueda tener acceso), y luego el mundo (llevándose a la boca cualquier cosa que pille), y esta experimentación le produce placer.

Aunque tanto UNICEF, como la OMS recomiendan un mínimo de dos años de lactancia, lo cierto es que el destete a los 2 años suele ser complicado. Por un lado esto se debe a que el destete vendría a sumarse a los otros muchos cambios que en esta edad ya se están produciendo de forma natural, por otro a que en esta se edad se produce una vuelta a la madre de la que ya hablaremos mas adelante (etapa de reacercamiento), y por último a que el placer oral sigue siendo a los 2 años una necesidad. Es alrededor de los 3 años cuando la lactancia pasa de ser una necesidad a un deseo, por lo que el destete se produce a partir de esta edad mucho mas fácilmente. El desarrollo cortical permite además en ese momento que el destete sea algo pactado y no impuesto, con lo que ello puede contribuir al desarrollo del niñ@.

El desarrollo del bebé es cefalo-caudal (es decir, madura primero sus ojos, su boca, ... después sus brazos y mitad superior del cuerpo, ... y por último sus piernas ya cercano al año de vida) y conforme va madurando el control y la consciencia corporal de la cabeza a los pies a través, la energía va también bajando, hasta que alrededor de los tres años los genitales se convierten en la zona que mayor placer produce (a partir del año aproximadamente el niño comienza a sentir sus genitales de una forma rudimentaria).

Es el momento en el que el placer se desplaza de la boca a los genitales, los niños y niñas comienzan a experimentar sensaciones genitales placenteras y sienten la necesidad de explorar su propio cuerpo, primero, y el de otros compañeros de juego. Aparece también la curiosidad sexual (quieren ver a los padres desnudos, jugar con ellos, ver sus genitales…) y una fase de exhibición sexual natural. Les encanta bajarse la ropa interior y enseñar todo, por lo tanto es muy importante la actitud del adulto, porque normalmente se ríen, hacen bromas tontas,... Esta fase es fundamental porque es la base de la autoafirmación corporal y de identidad sexual (“yo, mujer”). Así entre los 2 y 3 años la mayoría de los niños sabe ya que hay dos tipos de personas: hombres y mujeres, y se colocan ya en una de las dos categorías, pero hasta los 6 u 8 no distinguen entre la identidad sexual y el rol de género.

Es importante afirmar la sexualidad femenina y masculina, no como roles estereotipados, sino como función, como identidad sexual, aunque ell@s no tengan clara aún la diferencia (much@s adult@s parece que no tampoco lo tienen muy claro).

En relación a su curiosidad sexual las primeras preguntas espontáneas llegan entre los 2-3 años, y continuarán preguntando sólo si he hemos aceptado bien sus preguntas (sin evasión, incomodidad, sin mostrar la sexualidad como algo feo, vergonzoso y/o malo) y si están convencidos de que les queremos decir la verdad. Sino, generalmente entre los 5-6 años, buscarán respuestas en otros lugares.

Primeras preguntas: acerca de la diferencia de sexos en cuanto al comportamiento, cualidades, diferencias anatómicas (genitales, vello, voz, …) y de vestimenta. También anatómicas diferencias niñ@s-adult@s.

Segundas preguntas (ante observaciones en el entorno): Acerca del origen de los niños, por dónde nacen, cómo están dentro de la madre, vivencias del parto…

Terceras preguntas: ¿Cómo se hacen los niñ@s?  Frecuentemente mantienen teorías propias al respecto durante tiempo.

Cuartas preguntas: Acerca de las conductas sexuales: ¿Por qué se besan?… Muchas de ellas por observaciones cotidianas, y otras muchas por observación de material no adecuado para niños que asocian violencia y sexualidad, pareja y engaño, o incluyen desvalorización de la mujer, …

Responder:

- Cuando pregunten. En otro momento podemos retomar el tema si nos es difícil responderle (avisarle). Si nos es difícil responder, decírselo.

- Con palabras sencillas (primero con vocabulario de la calle, después introducir poco a poco vocabulario mas técnica)

- Sin ocultar o adulterar la información. Es mejor explicar algo aunque no lo comprendan del todo, que omitir información importante. No es necesario dosificar información, sino adaptar la respuesta al que pregunta. Es normal que no lo entiendan del todo (“ya lo entenderás cuando seas mayor”).

- De manera seria, pero divertida, con naturalidad, sin especial énfasis o misterio

- Consecuente con nuestras creencias o principios, pero mostrando otras opciones.

- Pueden usarse libros o dibujos, o el propio cuerpo para mostrar las diferencias entre los sexos

- Con una visión positiva y alegre de la sexualidad (y de ser hombre o mujer) y la vida:

* Dejando contento al niño por ser niño, y a la niña por ser niña, dejando en buen lugar al otro sexo. Cantando a la diversidad hombre-mujer. Chicos y chicas pueden ser lo que quieran y no ha de haber desigualdades entre los sexos. Ser consecuentes en la vida cotidiana.

* Hablar del embarazo, parto y lactancia como experiencias positivas que han de surgir del deseo de ambos miembros de la pareja, y que se preocupan de su bienestar. Que tener hijos es cosa de adultos porque es una tarea difícil aunque muy satisfactoria.

Si mostramos un ejemplo de patología (ej: cesárea), ha de quedar claro que no es una muestra de salud, ni lo más frecuente…

Las primeras experiencias que mostramos marcan mucho: es importante que sean positivas.

* Hablar positivamente del cuerpo (Y dando buen ejemplo: Teniendo una buena relación con propio cuerpo, aceptándose y cuidándose) y los cambios purperales como síntoma de que están sanos, se hacen mayores…

* Hablarles de las conductas sexuales se hacen porque producen placer, porque los que participan así lo desean (muy importante: que sepan que nadie ha de obligarles a hacer algo que no quieren, y que tampoco ell@s pueden hacerlo), porque se lo pasan bien y para expresar cariño.

Lo adecuado en esta época, y que de hecho se da en otras muchas culturas, sería la masturbación libre, las relaciones sexuales entre niñ@s, el contacto y el reconocimiento corporal propio y de los otros... Los niños debieran tener espacios libres para la exploración (y no sólo juegos de médicos, porque muchas veces es un desplazamiento porque no se atreven a vivir directamente la genitalidad), para el hetero- y autoconocimiento genital.

Sin embargo, cuando un niño/a comienza a tocarse los genitales, las reacciones de su entorno más cercano son de desaprobación que puede manifestarse de formas muy diferentes (castigo físico, crítica, reacciones de miedo, preocupación, insultos, intentos de distracción, reprimendas, burla, gestos de enfado, de asco...), y a través de ellas comienza a considerar esas sensaciones como algo “malo”, “sucio” o “pecaminoso”.

Como para el niño la aprobación por parte de los adultos es vital, ya que depende totalmente de ellos (a nivel físico, psicológico y emocional), intentará renunciar a sus propias necesidades, usando diversas maniobras para reprimirlas o atenuarlas: retener la respiración, poner en tensión los músculos abdominales y, sobre todo, los del suelo pélvico (el útero es un músculo poderoso) y abductores (“músculo responsable de la virginidad”).

Así, durante los primeros años de vida, se produce un bloqueo (especialmente diafragmático y pélvico), modificando incluso la posición de la pelvis. Entre las importantes consecuencias de este hecho se encuentran la disminución de la función sexual, el dolor en el parto y, también con bastante frecuencia, durante la menstruación (tan rígido y contraído se encuentra ya el útero al llegar a la adolescencia, que hasta la mínima apertura del cervix produce fuerte dolor). Otras consecuencias pueden ser futuros problemas sexuales en la edad adulta (frigidez, anorgasmia, impotencia…).

Alrededor de los 5-6 años suele darse en nuestra cultura (y vinculado a nuestra forma de vivir, en núcleos familiares pequeños y cerrados) el Complejo de Edipo. (Explicar la actitud adecuada de los padres/madres).


El interés por lo genital que se inicia alrededor de los 3 años, desde el punto de vista de la salud debiera mantenerse toda la vida. No sólo durante la etapa de latencia.

Indicadores de masturbación saludable:

-Capacidad de Autocontrol (a partir de los 5 años): pueden esperar al momento y lugar adecuados (pueden entender que hay cosas que es mejor hacerlas en privado, no porque sea vergonzoso o sucio, sino porque, de la misma manera que usamos el WC, hay espacios determinados para otras cosas. Antes es normal que se desnuden en cualquier sitio y se toquen a la vista).

- En condiciones de higiene y sin emplear objetos potencialmente peligrosos

- No compulsividad o usarla como medio para resolver conflictos

- No motivada por picor o infección

- No acompañada de sentimientos de culpa (una cosa es transmitir una creencia y otra mentir e instalar miedos para lograr evitar una conducta).

Dejarle claro que masturbarse es una conducta que puede realizar en libertad si respeta estos criterios. No han de ser alentados a directa o indirectamente a que se masturben, o a que no lo hagan.

Los juegos sexuales entre niñ@s son naturales y sanos, y pueden variar mucho. La intervención de los adult@s sólo es necesaria si:

- Hay una clara diferencia de edad o nivel de desarrollo

- Alguien impone algo a otr@

- Existe riesgo de daño físico

- El contenido (las actividades, el vocabulario) es sexista o agresivo

- Imitan conductas que con probabilidad han aprendido viendo pornografía o abusos. Si se sospecha que puede ser así, hablar con ellos asegurándoles que se quiere saber lo que ocurre, no para reñirles, sino para ayudarles.

En nuestro papel de padres y madres hemos de proporcionarles cuidados y protección (y enseñarles a que se protejan), y ayudarles a conocer e interpretar el mundo, la sociedad, la vida y las personas. Este papel de intérprete es muy importante, especialmente de cara a la información que llega a través de los medios de comunicación. Los niñ@s no debieran ver nunca la TV solos. Los valores implícitos en la publicidad, películas, programas diversos… acerca de las emociones, el cuerpo, las relaciones, la sexualidad, … tienen un gran peso en tod@s nosotros, pero mas aun en nuestr@s hij@s.

Tenemos derecho a vincularnos o desvincularnos de la pareja, pero no de los hijos. Hemos de ser incondicionales: aceptarles tal como son (y expresándoselo), no considerarnos propietarios, sino responsables, no tenerles para dar sentido a nuestra vida o para cubrir nuestras necesidades (los cuidados no debe exigir reciprocidad). La incondicionalidad y la estima le darán seguridad.

Informarles es importante, amarlos imprescindible: amar es lo mas importante que podemos enseñarles, y PARA AMAR HAY QUE VIVIR LA EXPERIENCIA DE SER AMADO.

(Las negritas son mías. IMH).