9 de febrero de 2015

"La huida del dolor"

(Fragmento tomado del libro Los padres perfectos no existen. Educar a nuestros hijos sin culpabilidad, de Isabelle Fillíozat, edición books4pocket, Ediciones Urano, 2014, págs. 189-192. Primera edición francesa: 2008).


«La inmensa mayoría de los padres, los que van cada día al trabajo y no vuelven hasta bien entrada la noche, no se dan cuenta para nada de la clase de vida que tiene su mujer. A menudo hasta idealizan su situación en el hogar: "Tienes suerte, ¡tan tranquila en casita!". De hecho, a pesar de sus palabras, es probable que tengan una pequeña idea de la verdad, ya que existen estudios que muestran que la mayoría de ellos huyen del hogar. ¡Y si huyen es porque tienen miedo de algo! ¡Los datos lo confirman: en cuanto son padres, los hombres pasan más horas en la oficina o en el bar para no volver demasiado pronto a casa...

Naturalmente, no son más que estadísticas, ya que también hay papás "gallina" que corren a casa tan pronto como su trabajo se lo permite y que no vacilan en pedir permiso para llevar a su hijo al pediatra. Pero hay un buen porcentaje de hombres que vuelve cada vez más tarde a casa a partir del momento en que ésta está habitada por un pequeñín. A primera vista se podría creer que trabajan más para ganar más, y posiblemente habrá muchos que utilicen este argumento para justificarse, pero la realidad es otra. No es cierto, sino que, simplemente, no quieren vivir como su mujer, y sobre todo se niegan a despertar las intensas emociones de su infancia. ¡La elección depende de ellos! La sociedad les da derecho a escaparse, pero las mujeres no pueden huir. ¡Todo el mundo espera de ellas que se mantengan tranquilas y lo que es más, sin perder la sonrisa!

Cuando una compañía situada en una zona industrial de las afueras de París, se dio cuenta de la necesidad de que los padres pasaran más tiempo con sus familias, decidió cerrar sus oficinas a las siete de la tarde. Como en la empresa no había cafetería, la dirección se quedó estupefacta al ver que el personal se quedaba hablando hasta las ocho delante de la puerta, ¡incluso en pleno invierno! Esta conducta sólo tiene una explicación: sus retoños les inspiraban verdadero terror...

Cuando vuelven del trabajo, los padres están cansados. Pero no forzosamente por lo que han hecho durante la jornada. A menudo el cansancio es un síntoma de represión emocional. Se trata de un intento de anestesiar sufrimientos de los que prefieren no darse cuenta.

Cada día, Émilien volvía tarde a casa. Los domingos, con el tono de un hombre agobiado que ya no puede dar más de sí, les decía a su mujer y a sus hijos: "sólo os pido un ratito de tranquilidad para que pueda leer el periódico", y desaparecía durante más de dos horas. Prometía estar más presente y disponible durante las vacaciones, "cuando consiga olvidarme un poco del trabajo". Pero una vez de permiso, dormía mucho y hasta muy tarde... Según él, tenía que levantarse tarde por la mañana y hacer unas siestas muy largas para recuperarse del estrés acumulado durante el año... Tanto en vacaciones, como los domingos y los días festivos, su agotamiento le duraba hasta a primeras horas de la noche, cuando sus hijos ya estaban acostados. Entonces podía ver la televisión, navegar por internet o dedicarse al bricolaje hasta la una de la madrugada.

En la consulta, Émilien tomó conciencia de las emociones que intentaba disimular con la excusa de su cansancio. Sabía más o menos que no tenía demasiadas ganas de prestarles más atención a sus hijos, sobre todo al pequeño, que sólo tenía meses. Le costaba mucho jugar con él. Después de tres sonrisitas, cuando ya había agotado el repertorio, se aburría mucho. "Es demasiado pequeño -decía. Cuando hable, será otra cosa".

En realidad, lo que sucedía era que a Émilien le costaba mucho vivir la intimidad. Pero junto a un bebé no hay más remedio que enfrentarse al desafío de la intimidad. Émilien creía verdaderamente que estaba cansado por culpa del trabajo, y no pensaba que lo que le pasaba es que tenía un gran problema con su hijo. Encontraba natural y normal no jugar con él, y que fuera su mujer la que se ocupara de él casi siempre. "Es un trabajo de mujeres, el bebé necesita sobre todo a su mamá", se justificaba.

Le pedí que se pasara una hora entera jugando con su hijo, con una consigna: prohibido huir y prohibido aburrirse. Para conseguirlo, tenía que estar atento a todo lo que sentía el pequeño, es decir, a sus emociones, sentimientos y pensamientos.

Émilien se quedó estupefacto ante la intensidad del dolor que comenzó a sentir: "Me veo a mí mismo siendo un bebé, y me parece que me da miedo descubrir que nadie me cuida".

Los padres de Émilien no le prestaban atención. No estaban por él. A su padre también le apasionaba más su trabajo que su hijo. Su madre no tenía demasiadas ganas de cogerlo en brazos, ni de ir a su lado cuando él empezaba a llorar, ni de levantarse por las noches. El pequeño Émilien se había sentido muy solo. Y como todo ello le resultaba demasiado doloroso, había enterrado su sufrimiento en el inconsciente.

Émilien nunca se rebeló contra sus padres. Ni siquiera en la adolescencia. Se fue pronto de casa de sus padres, a los diecisiete años, pero le achacó a su deseo de ser autónomo y a que la universidad estaba lejos. Después, vivió durante años en el extranjero. "No se interesaban demasiado por mí, pero como nos separaban tantos kilómetros, prefería pensar que era por la distancia y no por la falta de afecto". Y poco a poco se fue volviendo tan distante consigo mismo como sus padres lo eran como él.

Mientras permaneció soltero, pudo seguir sin darse cuenta de lo que le pasaba. Pero una vez fue padre, le resultaba demasiado doloroso ver cómo sus hijos recibían lo que a él nunca le habían dado. Sobre todo cuando nació su hijo pequeño. Se veía a sí mismo reflejado en él, y eso era superior a sus fuerzas. No quería revivir el desamparo que le produjo su soledad. Evitaba cualquier contacto con sus hijos para no arriesgarse a que sus antiguos sentimientos de abandono despertaran. Huía de la intimidad con ellos para no revivir sus carencias. En realidad, no quería huir de su hijo pequeño, sino del dolor del niño que un día fue.

Las mujeres también viven el sufrimiento provocado por la reactivación de los recuerdos inconscientes. Pero, al contrario de los hombres, tienen menos posibilidades de huir físicamente, y entonces se arriesgan a caer en la depresión.»

Isabelle Filliozat

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