7 de febrero de 2016

El sexo, por Umbral.



"Parece que la vida va a ir por un camino y el sexo por otro. Se tarda en aprender que el sexo es el camino, que no hay más que un camino. Un árbol nunca visto de deseo y proliferación apuntaba en el alma, y una vergüenza de salitre nos abrasaba la ropa, y de eso se pasa al sexo como agresión, como exhibición, que es otra forma de sufrirlo. Qué difícil y qué tarde la asunción del sexo, su verdad, su plenitud, la invasión pacífica y placentera, la aceptación.

No era un enemigo que llevabas en la carne, ni un secreto, ni un mal. Era la fuente cegada que habrías de convertir en fuente serena. Pero eso no lo enseñaban. De modo que fue pasando, clandestino, por mujeres oscuras, cuerpos velados, manos de sangre, por la floración temblorosa de las enfermedades y el percal eucarístico de las novias. Tardaría en navegar dulcemente las aguas rosa, el tiempo de una mujer, el silencio de toda una tarde. Tardaría en ser la flor violenta de las primaveras interiores, mas hoy está dueño de sí, lleno de recuerdos, heroico de pieles, dentaduras, noches, sangres, ninfas y reptiles. Hizo su biografía, pespunteó el mundo, ha perdido su calidad de arma y su rubor de planta, y florece maduro, pleno, vegetal y lírico en la penumbra del futuro.

Qué seguridad, qué paz, qué silencio varón emana de él, me viene cuando trabajo. Dejar que la invasión del cuerpo se consuma, que todo el cuerpo se haga sexo, para que todo el sexo, en seguida, se haga alma. Luchar contra él es hostigarlo, sitiarlo, enfurecerlo. Debe desbordar las laderas de la carne, es el Nilo que llevamos en el alma, y cuando ha bañado plácidamente el mundo nos deja serenos, seguros y luminosos.

El sexo es una flor o un monstruo. Se puede optar, en la vida, por llevar oculto un monstruo o por llevar erguida una flor. Casi todo el mundo opta por el monstruo, lo esconde, lo hostiga, lo alimenta o lo mata.



Pero el sexo, que tiene vocación de flor, sufre mucho con su encarnadura de monstruo. Algo va a crecernos en el cuerpo. Un rosal o un reptil. Podemos nosotros decidir su naturaleza. Nos han enseñado a decidir que sea reptil. ¿Por qué no dejar que sea rosal? La gente vive con su reptil, con su cloaca, y eso les sale a los ojos en la cara. Un rosal vergonzante enseguida se queda en sólo sus espinas. Luz a los rosales. Podrían pasear por la vida un lirio vivo, una orquídea alegre, y pasan de contrabando un nido de víboras. La culpa, el mal, esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres. La vida es demasiado buena o demasiado mala. La vida hay que pagarla. No hemos aprendido la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo sexo.

Pero se nace con conciencia de débito, con sentido de culpa, con heredada sensación de deuda. La vida es gratuita y eso es todo.

Gratuita en todos los sentidos.

No cuesta nada porque no sirve para nada. No hay que pagarla con sangre, justificarla con miedo o recaudarla en actos. Hay que prestarse a ella y dejar que se haga con nosotros. El sexo es la moneda con que hemos decidido pagar y cobrar la vida. Renunciar al sexo, o mortificarlo, o llenarlo de culpabilidad, es la manera de pagar la vida con el sexo. Utilizar el sexo, agotarlo, urgirlo, es la manera de cobrarse en sexo la vida. Nunca aprenderemos que la vida es sexo, que el sexo no es una moneda, que no se trata de una contraprestación, sino de dejar que los manantiales del ser corran libres y coloreen el mundo. Hemos amonedado el sexo, lo hemos convertido en rehén, en préstamo. Es lo más caro que tenemos, somos nosotros, y por eso queremos domarlo, que sirva para comprar algo, la inmortalidad, el perdón, la vida misma. Pero el sexo, que soy yo, que es uno, que es la vida, sufre con estas fragmentaciones. Miro mi sexo, liberado ya de su condición mercantil, metafísica, negociadora. Miro mi sexo, que ya no es una moneda ni un arma. Que no quiere comprar la vida ni la muerte, ni forzar nada, sino sólo iluminar el mundo, iluminarme, poner claridades dentro de la sombra femenina, acarrear luz a la luz y noche a la noche.

No sabe que la Historia conspira contra él. Luce inocente en la carne con su salud de émbolo o de tigre."


Paco Umbral, fragmento de Mortal y Rosa, Ediciones Cátedra/Destino, 8va, edición, 2008, pp. 91-93.

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