Mostrando entradas con la etiqueta trastornos alimentarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trastornos alimentarios. Mostrar todas las entradas

31 de julio de 2011

¿Y tú de qué te nutres?

Por Ileana Medina Hernández

Nutrirse es algo mucho más amplio que comer.

La comida es sólo una de las formas de nutrirse. El alimento puede ser material, emocional, racional o espiritual.

Todo lo que INCORPORAMOS al cuerpo, a la mente y al alma, es alimento, es nutrición. Cada vez que RECIBIMOS algo (material o espiritual) nos estamos alimentando (y no es metáfora).

Las formas de alimento son, digamos, intercambiables. Todas cumplen la misma función. Cada ser humano se nutre de unas cosas más que otras. Y, como se dice, somos lo que comemos.



Los hay que se nutren de mirada. Los artistas son un ejemplo. Se nutren de mirada, de aplausos, de atención. También los maestros, los conferenciantes, los periodistas, los políticos... todos los que se exponen ante el público. Se alimentan de la fama, del reconocimiento, de los vítores. (Su pecado suele ser la vanidad). Suelen ser gente delgada: no necesitan comer demasiado.

Los hay que se alimentan del deseo ajeno. Mujeres bellas, sobre todo. Que se saben y les gusta sentirse deseadas. También hombres, pavos reales. Se visten siempre a la moda, se acicalan, dominan el arte de seducir, son promiscuos, guapos, coquetas, pizpiretas, adonis, afroditas. (Su pecado suele ser la lujuria). Tampoco suelen padecer sobrepeso.

Los hay que se alimentan del conocimiento. "Devoradores" de libros, lectores empedernidos, marisabidillas, ratones de biblioteca, sabelotodos con gafas, hackers informáticos, nerds, científicos, intelectuales, cinéfilos, autodidactas, empollones, enciclopédicos. (Su pecado suele ser la soberbia).

Los hay que se alimentan de objetos materiales. Consumistas, pijos, adictos a las tiendas, a la tecnología, obsesos de las marcas, de los grandes coches, de la buena ropa, de las joyas, del dinero en cualquiera de sus signos externos. (Su pecado suele ser la avaricia).

Los hay que se alimentan del poder. De mandar sobre otros, de tener autoridad, de sentirse plenipotenciarios. El ejemplo clásico son los dictadores y todos los padres y jefes autoritarios, sobre todo sin son austeros y no se combinan con el grupo anterior. El fin en sí mismo es el poder, humillar al de abajo, sentir que tienen el control y que siempre se hace su voluntad. (Su pecado suele ser la ira, la violencia). Proviene de la inseguridad y el miedo profundos.

El resto de los mortales, los que no tenemos ni dinero para consumir, ni belleza para seducir, ni poder para ejercer, ni conocimientos enciclópedicos, ni dotes artísticas, solemos caer en la gula. Es relativamente fácil hoy en día tener la despensa llena de alimentos energéticos. Así la obesidad es epidemia.

La inmensa mayoría combinamos en proporciones distintas las formas de nutrición, picamos de varios sitios,  caemos en varias adicciones/pecados diferentes. (Combinación por ejemplo de vanidad y lujuria, o de ira y soberbia, son bastantes frecuentes).

Todos, nos alimentamos de amor. Deseamos ser queridos, abrazados, acariciados, admirados, aceptados, amados. Si lo fuéramos incondicionalmente, no necesitaríamos tanto sustituto de pacotilla.

Pero perdemos pronto, desde la primera infancia, la sensación de ser amados tangiblemente, corporalmente. Y con ello, también la capacidad de amar a otros. Y así andamos luego, borrachos tambaleantes, adictos a los sustitutos del amor.

Una sociedad carente de amor es siempre una sociedad adictiva. Una sociedad consumista, obesa, vanidosa o violenta... O todas las cosas a la vez. Que busca NUTRIRSE, consolarse o evadirse con sucedáneos baratos y comprables del amor.

Otros, los espirituales, aprenden que la respiración también es una forma de nutrición. Dicen los médicos que la mayoría de la gente respiramos mal, y que tomamos menos aire del que necesitamos para vivir. Aprender a respirar bien, a tomar AIRE en cantidad y en calidad, nos ayuda a vivir mejor y a comer menos. Nos alimentamos también de aire, y de agua, y de belleza, y de espíritu.

Echo de menos que los nutricionistas y los que hablan de dietas, de obesidad, de anorexia, de trastornos alimentarios y de todas las ADICCIONES varias (ludopatías, alcoholismo, tabaco, drogadicción, etc.) alcancen a comprender esta DIMENSIÓN AMPLIA E INTERCAMBIABLE DEL ALIMENTO.

Alimento es todo lo que incorporamos a nuestro cuerpo a través de los sentidos, toda la ENERGÍA que viene hacia nosotros, TODO LO QUE RECIBIMOS DE LA NATURALEZA Y DEL OTRO: mirada, atención, cariño, mimos, masajes, sonrisas, abrazos, conocimiento, empatía, solidaridad, ayuda, sostén, apoyo, regalos, objetos, comida, belleza, arte, mensajes, comunicación, signos, música, arrullo, aire, ejercicio,  deporte, aliento, compañía, ternura, presencia, deseo, diversión, sexo, entretenimiento, satisfacción, éxtasis... Alimentarse es el arte de recibir (biunívoco al arte de dar, de nutrir a otros).

Todo lo PLACENTERO que llega a nosotros, produce el mismo efecto en el cerebro que el azúcar, las drogas, el chocolate o el sexo: serotoninas, neurotransmisores del placer, oxitocina, bienestar neuronal y general.

Somos unos animales simples: al obtener placer, nos alimentamos. Y viceversa.

Los mecanismos del placer están bien perfilados cuando nacemos. Pero pronto, sin lactancia, sin brazos sostenedores, sin cuerpo maternante, sin compañía, sin mirada, sin atención, sin aceptación incondicional... aprendemos a resignarnos a no obtener placer, o a luchar por él con uñas y dientes, y ahí se abre entonces la puerta a TODAS LAS ADICCIONES: ya que no tenemos amor, ni aprobación, ni mirada cuando somos pequeños, cuando nuestro cerebro está formando los mecanismos duraderos del placer, entonces nos pasamos el resto de la vida buscándolo en los sustitutos efímeros que tenemos a mano: objetos consoladores, comida, sexo, poder, dinero, violencia... (lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia, soberbia).

Los siete pecados capitales tienen que ver con la ALIMENTACIÓN, no solo la gula. Tienen que ver con el AMOR.  Mejor decir, con la falta de amor. Nutrirse es una cuestión de amar, de relacionarse, de solazarse, de abrirse al conocimiento, al sexo bien entendido, al espíritu y a la belleza.

Así podemos comprender por qué la teta es todo para el niño recién nacido, que aún no tiene otros recursos: es madre y amor y alimento y placer y seguridad y confort. La lactancia quizás es el único alimento total, el mejor ejemplo para comprender por qué el alimento, el amor y el placer son las tres caras (material, emocional y espiritual) del mismo proceso.

Así podemos intuir cuán mal va una sociedad que todo lo mercantiliza. Ahora podemos quizás comprender qué nos pasa. Y quizás podamos comenzar a hacer algo pequeño para remediarlo.


PD: Ahora se me ocurre que esto de los pecados capitales (y la combinación particular que cada uno hacemos de ellos) es la esencia del eneagrama. 

_______________________
Artículos relacionados: 

La satisfacción de necesidades básicas (fragmento de Laura Gutman)
El alimento de la psiquis
La leptina y el amor

28 de julio de 2011

Manuel Bueno: "La leche artificial aumenta el riesgo de obesidad, enfermedades cardiovasculares y diabetes"

Manuel Bueno, médico, investigador y profesor emérito de la Universidad de Zaragoza y una de las personalidades más respetadas de la Pediatría española (y padre de seis hijos, ¡los seis médicos!), lleva muchos años investigando sobre el origen de la obesidad y la diabetes infantil.

Sus hallazgos son muy interesantes: apuntan a la etapa INTRAUTERINA y a la LACTANCIA MATERNA.

Curioso: los niños que fueron gestados en circunstancias de hambre (como la II Guerra Mundial, pero inmediatamente me viene a la mente la obsesión que tienen hoy día los obstetras con que las embarazadas no subamos de peso) desarrollaron un mecanismo de adaptación en sus genes para "aprovechar las grasas", lo que hace que sean obesos en la adultez:

«Los hijos de aquella época, que tienen ahora unos 60 años, presentan más problemas de obesidad que personas que crecieron en condiciones normales. Esos fetos adaptaron sus genes para sobrevivir, provocando que sus células grasas en la edad adulta no metabolizaran correctamente las grasas y se queden adheridas a ellas.»

Muy interesante entrevista que publica hoy EL PAÍS (aunque se le podría sacar mucho más jugo ;-)

"Los esquimales toman el pecho hasta los tres años y sus índices de obesidad son muy bajos"


_____________
Otras entrevistas a Manuel Bueno:

"La lactancia con biberón aumenta la obesidad en la adolescencia"

"Las deficiencias nutricionales en el útero determinan obesidad y otras enfermedades durante la vida"

"Ninguno de los fármacos contra la obesidad es eficaz"

"La humanidad no termina de aclararse hacia dónde quiere ir en alimentación"

"El número de niños obesos en edad escolar se ha triplicado desde 1982"

4 de marzo de 2011

Una sociedad no amamantada: una sociedad no destetada

Por Ileana Medina Hernández


La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición acaba de publicar los resultados de la Primera Encuesta Nacional de Ingesta Dietética Española, que ayer fue titular en casi todos los medios de prensa.

Sin embargo, hay un dato que no fue destacado en el informe, y por supuesto tampoco es rescatado por los medios, que se limitan básicamente a reproducir la nota de prensa de la Agencia:  en el listado de ingesta de alimentos diarios EL PRIMER LUGAR LO OCUPA LA LECHE (no sé si incluyendo sus derivados).

Algunas noticias dicen esto:

"En el listado de ingesta de alimentos diarios figuran en el cuarto y quinto puesto las bebidas alcohólicas y las refrescantes, por detrás de leche, frutas y vegetales, lo que para la agencia supone otro dato que debe preocupar."

De lo que yo infiero que el primer lugar lo ocupa la leche de vaca.
 
¿Cómo se puede interpretar este dato?

La misma Agencia de Seguridad Alimentaria entre sus recomendaciones incluye disminuir la ingesta de carne, dado que consumimos un exceso de proteínas y grasas animales. ¿Y qué pasa con la leche de vaca y todos sus derivados? ¿No son también una fuente principal de proteína y grasa animal? Sin embargo, con respecto a la leche de vaca, en su listado de recomendaciones, la Agencia Estatal no dice ni mú.
 
Muchas veces lo más interesante de las noticias no es lo que cuentan, sino lo que callan.
 
Somos la única especie de seres vivos que se alimenta de leche de otras especies, y además lo hace hasta la edad adulta, hasta el fin de sus días.
 
A la vez que convierte en tabú la leche de su propia especie.
 
La lactancia materna y cuál debería ser su duración natural, ha sido muy poco estudiada. Los escasos estudios al respecto sugieren que debería ser en algún punto entre los 2,5 y los 7 años; que los hombres de Atapuerca eran amamantados hasta los cuatro años; o que es muy difícil que se produzca un destete verdaderamente espóntaneo antes de los cuatro años. Los dientes que se caen a los 7 años se llaman "dientes de leche".
 
Siguiendo las pistas científicas, podemos darnos cuenta de que nuestra sociedad, donde la duración media de la lactancia materna es de 3, 2 MESES*,  NO HA SIDO AMAMANTADA. Es una "sociedad sin prolactina", que díría Michel Odent.
 
Como dice el dr. Pere Enguix: cuando un niño no ha recibido suficiente teta (entiéndase junto a teta, amor, sostén, mirada, placer, cuerpo, compañía, respeto...), se queda toda la vida enganchado de una teta.
 
Esa "teta simbólica" adictiva, insaciable y desesperada que no fue satisfecha en la infancia, puede tomar muchas formas (desde un trapito hasta las drogas, de fumar a ser adicto al trabajo, desde un osito de peluche hasta coches deportivos de último modelo, el ego, el poder o la fama) pero una de ellas es mucho más obvia: la leche de vaca. El sustituto de la leche materna por excelencia.
 
Que sea el PRODUCTO ALIMENTICIO MÁS CONSUMIDO, debe tener alguna razón. ¿Por qué dependemos tanto toda nuestra vida de la leche de vaca? ¿Por qué, aunque nos haga daño o seamos intolerantes, buscamos insistentemente otro "líquido blanco" con qué sustituirla? ¿Por qué no es, en todo caso, un alimento más, sino algo que todo el mundo considera que "debe ser consumido", sobre todo por los niños?
 
¿Existe algún otro ser vivo en el planeta que nazca con la "necesidad" de consumir leche de otra especie? ¿Por qué se sigue considerando la "leche de vaca" y los lácteos como la única o principal fuente de calcio? Si  es cierto que los niños necesitan tomar leche hasta los 7 años, alguna leche, (en Cuba se le garantiza leche subvencionada a los niños hasta esa edad, por ejemplo), ¿lo lógico no sería que esa leche fuera la leche de su madre?
 
Tenemos una sociedad NO AMAMANTADA en su infancia; y como consecuencia, tenemos una SOCIEDAD NO DESTETADA. Una sociedad que NO SE DESTETA NUNCA, que sigue siempre adicta al "pecho materno" o lo que es peor, a la teta de la vaca, y a sus sustitutos tóxicos y dañinos, en todas sus formas.
 
Ese es el gran secreto de la lógica de las sociedades de dominación. Somos todos niños privados de teta, de afecto materno, de placer y satisfacción emocional en la infancia. Y por tanto, adultos permanentemente adictos y vacíos, que para ser felices, siempre necesitamos "más".
 
*Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría. Informe técnico sobre la lactancia materna en España. An Esp Pediatr. 1999; 50: 333-340

PD: El 40%  de los españoles tiene intolerancia a la lactosa, aunque muchos no lo saben. Dato extraído de un anuncio de Leche Pascual Sin Lactosa. Que a su vez lo tomó del Manual de nutrición y metabolismo, de D. Bellido Guerrero y D. A. de Luis Román. Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, Editorial Díaz de Santos, Madrid, 2006.

19 de enero de 2011

Problemas alimentarios que no existirían...

Por Ileana Medina Hernández


La prensa británica -sensacionalista como pocas, o como muchas- se ha hecho eco en estos días de un supuesto estudio científico que cuestiona la bondad de la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses , recomendada por la OMS, por la AEPED y por casi todas las autoridades sanitarias. 

En su excelente blog Una maternidad diferente, la periodista Eloísa López hace una revisión de estos titulares, en los que puede comprobarse la facilidad con que los medios de comunicación enseguida arman un escándalo donde no lo hay. 

La introducción de alimentos diferentes a la leche materna (o a la artificial) es uno de los temas que más suele preocupar a las madres y padres, y en la que, debido a nuestra ignorancia y falta de guías culturales o interiores, solemos seguir lo que nos pauta el pediatra. 

Los mismos pediatras, sin embargo, como es natural, suelen tener criterios diferentes. De modo que si te toca el pediatra de la Puerta 1, le das papilla de cereales a tu hijo a los cuatro meses; y si te toca el pediatra de la Puerta 2, se los das a los siete.  Yo, como me niego a que el azar de la Puerta 1 o la Puerta 2 sea lo que determine de qué manera crío a mi hija (ya bastante tengo con mis propias limitaciones), creo que lo mejor es informarse, leer, investigar y sobre todo, conectar con nuestro profundo, bombardeado y reprimido "instinto" maternal, antes de tomar las decisiones sobre la crianza de nuestros hijos. 

La alimentación es algo fundamental en nuestras vidas. Somos lo que comemos, y cómo lo comemos. La alimentación conecta con nuestras emociones, con nuestros sentidos, con nuestra sensibilidad, con nuestros estados de ánimo, con nuestro inconsciente, con nuestra alegría y nuestros placeres. 

De ahí que uno de los principales males de la sociedad moderna occidental sean los trastornos alimentarios, tanto el sobrepeso como la anorexia y la bulimia, verdaderas epidemias actuales. Y las dietas y los tratamientos conductistas no suelen arreglarlos, precisamente porque la alimentación conecta con nuestras emociones más profundas y con nuestros miedos y rechazos inconscientes, que se forjan en esta fundamental etapa primaria. 

Durante los últimos milenios (la única historia que conocemos y que a menudo confundimos con la condición humana), la alimentación no ha merecido debate: cuatro comían hasta reventar, y el resto comían lo que buenamente podían para no morirse de hambre. Así es todavía en buena parte del mundo. O sea, que apenas hemos podido saber lo que la naturaleza, y nuestros organismos en equilibrio con ella, hubieran elegido para comer en situación de abundancia natural y no explotación. Pero podemos intuirlo. 

Para empezar, lactancia materna. Un mecanismo mágico perfeccionado durante millones de años de evolución mamífera, que es un fluido vivo que no sólo se adapta a lo que el bebé necesita en cada momento, sino que además ES el sistema inmunitario del bebé, su protección, su seguridad, su placer, su sexualidad, su gozo, y su autorregulación emocional. 

Para que la lactancia materna tenga éxito, como sabemos, ha de ser el bebé el que decida cuándo y cuánto quiere alimentarse. 

Y por eso el respeto a la lactancia materna a demanda significa en sentido amplio un cambio de paradigma en la crianza (o un retorno al paradigma original como dice Nils Bergman):  ES EL BEBÉ MISMO EL QUE ES CAPAZ DE AUTORREGULARSE. 

La Teoría de la Autorregulación de Reich, que hoy comienza a ser confirmada por la neurobiología, implica un cambio de tal magnitud en nuestro concepción de la vida, que por eso tanta gente está interesada en negarla. La vida se abre paso a sí misma, los organismos vivos son capaces de autorregularse por sí mismos, y es el PLACER el que regula su funcionamiento fisiológico y corporal. 

Como bien ha explicado Casilda Rodrigañez, la dominación de unos hombres sobre otros, de los adultos sobre los niños, de los ricos sobre los pobres, de los hombres sobre las mujeres... no sería posible si la crianza y la educación se basaran en la autorregulación, en el placer y en la iniciativa propia de los niños y de los seres humanos. Sólo podemos vivir de una de dos maneras: desde el placer expansivo y autorregulador, o desde la dominación/sumisión. Ese es el gran dilema de nuestra cultura. 

¿Y que tiene que ver Reich con la alimentación complementaria? Ay, Ileana, es que tú todo lo vuelves filosofía. 

Pues tiene que ver y mucho. Así mismo como la lactancia materna es a demanda, y es el bebé el que sabiamente decide cuándo tiene hambre y cuándo quiere comer (y puede ser cada 15 minutos o cada una hora, o cada tres), la misma lógica debería aplicarse para empezar a comer otro tipo de alimentos. 

Laura Gutman y Carlos González, en sus respectivos e indispensables libros La Revolución de las Madres: el desafío de nutrir a nuestros hijos, y Mi niño no me come, lo dicen claro: la papilla en realidad es un alimento poco apropiado para los niños. 

El debate sobre cuándo introducir alimentos y cómo introducirlos NO EXISTIRÍA, si simplemente el niño, alimentado con lactancia materna durante los primeros años de vida, fuera él mismo quien eligiera qué alimentos se quiere llevar a la boca, cuándo y cómo. 

Puede que un niño de 4 ó 5 meses ya se interese por los alimentos que comen los adultos, y quiera llevárselos a la boca, exactamente igual que se quiere llevar a la boca la crema del cuerpo o un juguete de plástico. Para jugar y explorar. Poquito a poco irá descubriendo sabores, texturas, colores y placeres, de la misma mesa y costumbres de sus progenitores... lo cual es la única función de la comida en el primer año de vida. La función nutritiva la cubre la leche materna. 

Como bien dice el dr. Caettano (citado por Eloísa) "los niños no se levantan un día diciendo a partir de hoy tengo que comer alimentos sólidos". Es un proceso, que transcurre poco a poco, en la misma medida que la curiosidad del niño vaya creciendo, su desarrollo físico, su madurez neuro-muscular y sus necesidades nutricionales lo vayan preparando para ello. 

Para eso, ciertamente, la integridad emocional del niño y su capacidad de autorregulación han de estar intactas. También la madre y la teta deben estar disponibles todo el tiempo mientras el proceso ocurre (el primer año de vida). Algo difícil en esta sociedad donde con demasiada frecuencia les negamos a los bebés los brazos, la compañía para dormir, la leche materna, el contacto físico... La mayoría de nuestros bebés para cuando tienen 6 meses de vida ya han sufrido amargas experiencias de separación (muchos en el mismo hospital al nacer) y han aprendido a acorazarse, a ponerse "en modo defensa", a callarse y a esperar a que la iniciativa la tome el adulto. 

Está el problema de las alergias, también creciente en las sociedades actuales. (¿Alguien se ha preguntado por qué la leche de vaca, el trigo y el huevo se han convertido en peligrosos alergenos y van a más? ¿No será, entre otras cosas, por lo que abusamos de ellos?) Uno de los argumentos por los que se insiste en no introducir tempranamente alimentos, es precisamente para evitar el riesgo de alergias. Pero incluso ahí me temo que un niño criado con su sistema de autorregulación intacto, tampoco desarrollará alergias, aunque se le antoje probar la fruta que mamá está comiendo cuando tiene 5 meses. 

Carlos González habla del problema del hierro (el único problema que puede existir para un bebé con más de 6 meses que no coma otros alimentos parece ser cierto déficit de hierro en algunos casos), y dice que en última instancia, a un niño que se niegue a comer otros alimentos se le pueden suministrar unas gotitas de suplemento de hierro, pero yo aún estoy esperando que la ciencia demuestre dónde está el problema del déficit de hierro, porque creo que ahí también debe haber alguna consecuencia de la forma en que nacemos y nos criamos en nuestros primeros meses de vida. (Algunos sugieren que puede estar relacionado con el pinzamiento temprano del cordón umbilical, como bien apunta Eloísa en un comentario a este post.)

Muchos de los problemas en que la ciencia se desgasta hoy no existirían... si el ser humano no hubiera llegado al grado de desconexión interna tan grande al que ha llegado.  Gastar recursos en demostrar científicamente la bondad de la lactancia, del contacto físico o del placer es altamente estúpido, si se piensa bien.


21 de abril de 2010

El alimento de la psiquis

Por Ileana Medina Hernández


El ser humano se ha considerado tradicionalmente un ser binario, dividido en dos grandes partes: una parte material o biológica, y otra parte espiritual o psíquica. Cuerpo y alma. Son dos partes inseparables, y cada una es el reflejo de la otra. Hay quien considera que lo que hemos dado en llamar "patriarcado" o sea la civilización occidental que conocemos, no es más que la división CUERPO-MENTE, el pensamiento binario en el que hemos estado atrapados inconscientemente.

Las relaciones entre los problemas psíquicos y las enfermedades físicas están cada día más demostradas, incluso por la ciencia.

Tanto el cuerpo como el espíritu (el alma, la psique... en este caso podemos considerarlo indistinto) necesitan nutrirse para poder vivir y desarrollarse. Lo que nutre al cuerpo es el alimento, lo que nutre al alma es el amor.

El alimento es al cuerpo como el afecto es al alma. El equilibrio entre los cuatro elementos es lo que podríamos considerar SALUD.




Si entendemos esta relación como una regla de tres, obtenemos también que el Alimento es al Afecto, como el Cuerpo es al Espíritu, o sea que ALIMENTO = AFECTO.

Que alimento y afecto es lo mismo lo explica muy bien Laura Gutman en su libro La Revolución de las Madres, de obligatoria lectura. Quizás no para todo el mundo esto sea fácil de ver, pero creo que la LACTANCIA es el punto de partida de todo, y es un ejemplo maravilloso para entenderlo mejor.

Cuando cada cría humana nace, toda su energía vital va dirigida a garantizar su supervivencia en el pecho de su madre. Alimento, afecto y madre son la misma cosa: ese manantial lácteo del que depende su vida.

Así ha sido a lo largo de millones y millones de años de evolución mamífera, y no puede ser cambiado por unas décadas de leche industrial.

La libido, la energía vital del bebé va dirigida a succionar el pezón de su madre, y del afecto y la disponibilidad de la madre para suministrar continuamente ese alimento, depende la supervivencia de cada individuo y de la especie en general.

De ahí que la ciencia demuestre cada día con más evidencias, que el afecto hace por ejemplo, crecer físicamente a los niños; o que la anorexia nerviosa tiene un origen afectivo, sobre todo en la relación con la madre; o que los niños amamantados pueden desarrollar más la inteligencia... De ahí, que por mucho que la industria se esfuerce en añadir a sus leches de fórmula ingredientes similares a la leche materna, jamás podrá igualarla...

Porque en el origen de la vida, en los primeros días, meses y años de la vida humana, donde se fragua el sistema emocional de cada ser humano, alimento y afecto son la misma cosa: el pecho materno.

Luego nos pasamos toda la vida posterior comiendo golosinas, chocolates o dulces cuando estamos ansiosos o deprimidos... bebiendo alcohol y drogas que desinhiben y nos hacen volar por un momento... buscando que nos entre por la boca esa felicidad anhelada, esa oralidad frustrada, ese paraíso terrenal que perdimos ya para siempre.

Otros artículos relacionados:

Alimento-cuerpo-afecto: Un enfoque bio-psico-cultural de la problemática de la alimentación.

Afecto y alimentación.

25 de enero de 2010

La madre del mundo

Por Ileana Medina Hernández



Aquí os presento a su majestad, la vaca. La madre que carga a su bebé al fondo también la reverencia. Se supone que lo mejor que esa madre pueda ofrecer a su hijo no es su propia leche, sino la leche de otro animal, explotado, encerrado y maltratado, para obtener su leche y luego manipularla industrialmente para que pueda ser digerida por los bebés humanos (y por los adultos).

En menos de 100 años, la fuerza de las industrias ganaderas y lácteas, unidos a otros factores sociales y culturales, lograron implantar en la conciencia de nuestras madres y abuelas la importancia de que los niños tomen leche de vaca durante toda su infancia, y además que incluso la "leche de fórmula" (que aún hay quien piensa que es leche obtenida en laboratorio sin ser consciente de que es leche de vaca modificada) es superior a la leche materna:
«Pues bien, eso es lo que se ha perdido: la cultura del amamantamiento, de la crianza natural y, posiblemente, el vínculo afectivo natural entre madres e hijos. En esa pérdida intervienen fundamentalmente tres componentes:

1. Modificaciones de la leche de vaca: hasta fines del siglo XIX poco se sabía de la composición de la leche y de sus diferencias con las de otros mamíferos. Se conocen desde la antigüedad recipientes en forma de biberón que hablan de los intentos de alimentación de niños con leches de animales, pero no es hasta finales de 1800 en que el progreso de las ciencias, de la química en concreto, hizo que se empezasen a realizar modificaciones aceptables de la leche de vaca: hasta entonces la mortalidad de niños alimentados con leches distintas a la de mujer era altísima (de orden superior al 90% en el primer año de vida).

2. Cambios sociológicos ocurridos en la era moderna de la sociedad industrial a lo largo de los siglos XIX y XX, entre ellos:

• La incorporación de la mujer al trabajo asalariado hace ver el amamantamiento como un problema, derivándose inicialmente (siglo XIX) hacia la lactancia mercenaria, que se extiende hasta los estratos más humildes de la sociedad y posteriormente (siglo XX) hacia la lactancia artificial.

• Un cierto espíritu de modernidad con creencia ciega en avances científico-técnicos, que hace que el pensamiento dominante acepte que todo lo artificial es mejor que lo natural, encuadrándose en esto la llamada “maternidad científica”.

• Pensamiento feminista inicial con pretensión de la mujer de todos los comportamientos y valores del otro género, incluso los perjudiciales para la especie. La lactancia artificial es considerada como una liberación.

• Enormes intereses económicos industriales.

• Una participación activa de la clase sanitaria, fundamentalmente, médica, convencida inicialmente de las maravillas de la maternidad científica aunada a una cierta prepotencia que negaba cualquier posibilidad de intervención válida de las propias mujeres en su parto y en la crianza de sus hijos.

3. Desde hace millones de años, la especie a la que pertenecemos (homínidos) empezó a basar su triunfo adaptativo en una sutil y lenta modificación evolutiva de su cadera que le conduciría de la condición de cuadrúpedo a la bipedestación, con liberación de sus patas anteriores: lo que en términos adaptativos globales supone una mejora para la supervivencia de los homínidos, hace que el parto, de poca distocia en los primates, suela necesitar asistencia en los humanos, convirtiéndolo en una actividad social más que en un comportamiento solitario. Esa asistencia, a lo largo del último siglo y según países, se viene prestando en hospitales coincidiendo con la implantación de la maternidad científica y el predominio de alimentación artificial: una serie de rutinas erróneas han sido difundidas por nosotros los sanitarios y, la mayor parte de ellas, contribuyen a dificultar enormemente la lactancia materna.

Hoy día, sobre todo en los países ricos, no podemos invocar ni el feminismo, ni el trabajo asalariado de la mujer, ni la presión de la industria de sucedáneos como excusa para no aumentar la prevalencia de la lactancia. Por otra parte, tras los desastres causados por empleo perverso de la ciencia, lo artificial es denostado en beneficio de lo natural.»
(Paricio Talayero, José María en: Guía de Lactancia Materna para Profesionales. Asociación Española de Pediatría, 2003.)
Es increíble como la suma de todos estos factores en tan poco tiempo, logró lavar nuestras conciencias hasta el punto de convertir la leche de vaca (y sus derivados: la nata, la mantequilla, el yogur, los helados...) en alimentos imprescindibles en las neveras de todas los hogares del mundo occidental.

Incluso las personas que no quieren o no pueden tomar leche de vaca (para digerir la leche de vaca se necesita una enzima específica, la lactasa, que la mayoría de los seres humanos no tienen, y que se desarrolló como cambio adaptativo entre tribus ganaderas de Europa hace unos 7 mil años) siguen buscando "un líquido blanco para beber" en forma de leche de soja, o de cualquier otra leche de granos, como si tuviéramos permanente nostalgia por aquel manantial blanco materno que no nos dejaron disfrutar a nuestro antojo en la infancia. Somos los únicos animales que bebemos leche de otra especie, y que además continuamos haciéndolo durante la vida adulta.

Son muy diversas las voces incluso dentro del ámbito científico que se levantan hoy denunciando las desventajas que puede tener para la salud humana esa enorme ingesta de leche de otra especie, con sus hormonas, su exceso de grasa, sus proteínas de difícil digestión...

Incluso está prácticamente comprobado que la leche de vaca produce mucosidad en el organismo humano y que su consumo puede estar directamente relacionado con ese hecho tan misterioso de que nuestros niños siempre tengan mocos y catarros. "Por eso les llaman mocosos" -me dijo mi pediatra una vez, refiriéndose a la supuesta normalidad de que los niños tengan mocos. ¿Es que tenemos que aceptar como algo "normal" que nuestros niños estén siempre con catarros, bronquitis, bronquiolitis, otitis y otras infecciones similares? ¿Qué hay detrás de esas epidemias que azotan a nuestros niños?

Las madres del mundo no son las vacas Foster que muestra ese cartel publicitario de los años 50 del siglo pasado. Las madres del mundo somos las mujeres, que todas podemos -sí, todas podemos- amamantar a nuestros hijos.

31 de agosto de 2009

La satisfacción de necesidades básicas

________________

Reproduzco este fragmento tomado de un libro de Laura Gutman, que me parece clave para comprender muchos temas que ya he tratado o que trataré en el futuro en Tenemos Tetas:

(...)
Somos una sociedad adictiva, en el sentido de que estamos todos muy pendientes de lo que obtenemos, de lo que consumimos, de lo que incorporamos y, sobre todo, de lo que creemos que son nuestras “necesidades”.

Como hemos visto en el capítulo anterior, estamos casi todos carentes de maternaje en nuestras historias individuales. Con la suma de individuos dentro de un sistema carente, establecemos un funcionamiento colectivo acorde. Creo que nuestra cultura avanza cada vez más hacia el egoísmo, la falta de mirada hacia el otro y la comodidad personal. Es común que los individuos modernos y urbanos tengamos como objetivos de vida buscar un buen trabajo y ganar lo suficiente para aumentar el confort. Luego, el confort viene de la mano del consumo. Por otra parte, cuando logramos comprar un objeto, desearemos otro similar, más grande y más bonito. Y lo mismo con un auto o con el destino de unas vacaciones. Una vez obtenido y consumido un placer confortable, anhelamos uno más grande. Y así se nos va la vida.

¿Por qué nos pasa esto? ¿Qué es lo que necesitamos incorporar en realidad?

Personalmente, creo que tiene que ver con la calidad de maternaje que hemos recibido. Incluyo en la palabra “maternaje” no sólo lo que nuestra mamá real ha hecho con nosotros, sino la totalidad de situaciones de amparo, cariño, cuidado y sostén que hemos recibido –o no- en nuestra primera infancia.

Un bebé es un ser necesitado. Necesita indiscutiblemente ser cuidado, sostenido, alimentado, tocado, abrazado, amado. No hay estructuración psíquica saludable sin que esto ocurra. La mayoría de nosotros no somos satisfechos en nuestras necesidades originales porque la cultura, la moda o las opiniones que circulan y que adoptamos así lo establecen. Y esto es muy real en los últimos siglos de “cultura” occidental. También a causa de la discapacidad de prodigarnos amparo de nuestras propias madres que, a su vez, no fueron suficientemente maternadas por sus propias madres que, a su vez, cargan con historias difíciles de soledad y desamparo. Y así, transgeneracionalmente.

En tanto bebés, tenemos algunas opciones para sortear estas dificultades: la primera es enfermarnos. Esto es muy fácil de constatar. A esta enfermedad le llamaremos “hecho desplazado”, porque el adulto que nos cuida comienza a tomar en cuenta la enfermedad, pero no la totalidad del bebé necesitado. Otra opción es hacer otros pedidos más “escuchables” para el adulto: llorar, no dormir, vomitar, tener reacciones alérgicas, etc. Y la última opción es adaptarnos. Es decir, hacer de cuenta que no necesitamos lo que necesitamos. Y así logramos sobrevivir.

Que hayamos sobrevivido disminuyendo las demandas, significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero estas no desaparecen. Sólo desaparecen para la conciencia. La vivencia más profunda, desplazada al inconsciente, es la de seguir estando necesitados. La confusión aparece porque mientras tanto vamos creciendo. Un niño de tres años ya no puede llorar como un bebé recién nacido; a los seis años, mucho menos. Aprendemos a pedir sólo lo que los adultos están dispuestos a escuchar, porque ya estamos entrenados para no pedir lo que no corresponde. Además, de todas maneras, no lo obtendremos. Así, nos alejamos de nuestras genuinas necesidades personales, que ya no registramos, no conocemos ni reconocemos en nosotros. Es una manera de desconocernos a nosotros mismos. Por eso podemos afirmar que el desconocimiento de sí mismo se instaura en la infancia.

Al mismo tiempo, nos entrenamos para estar siempre atentos a cualquier necesidad que pueda surgir, para autosatisfacerla inmediatamente. Este es un punto clave: la inmediatez. Así como el bebé necesita el pecho de su madre “ya”, el niño o adulto eternamente necesitado, lo que sea, lo que necesite, lo necesita “ya”. No importa qué sustancias tenga que incorporar para satisfacer su necesidad. Solo sabe que tiene que ser pronto, a cualquier precio. De lo contrario, el dolor al que remite es insoportable.

Es menester pensar que nuestros padres también son esa clase de niños necesitados. Nos educaron seguramente con las mejores intenciones y creyendo hacer lo correcto. Pero, inconscientemente, antepusieron sus propias necesidades a las de cualquier otro individuo. No puede ser de otra manera. Es como pedirle a un bebé que espere: es desgarrador.

Quiero recalcar que la mayoría de los individuos, en este sentido, somos emocionalmente bebés.

Es decir, necesitamos satisfacer prioritariamente nuestras propias necesidades. Entonces, podemos darnos cuenta de qué significado adquiere lo que mayormente hemos experimentado siendo niños: padres especialmente ocupados en satisfacer sus propias necesidades, por lo tanto, poco espacio psíquico y emocional para satisfacer las necesidades genuinas que teníamos en tanto niños.

Así las cosas, siendo niños hemos aprendido a satisfacer nuestras necesidades emocionales –me refiero al contacto, la mirada del adulto, la comprensión, el diálogo y el acompañamiento en el descubrimiento del mundo externo- desplazándolas hacia sustancias u objetos que podíamos “incorporar”. Al no poder incorporar “mamá”, fuimos incorporando “sustitutos”. Desesperadamente.

El tema de la desesperación también es una cuestión central. Porque no hay términos medios en la necesidad primaria. Al igual que un bebé, que se desespera en ausencia del pecho materno, todo individuo necesitado tiene la urgencia de obtener la sustancia o el objeto desplazado para calmarse.

Por eso, podemos comprender que, hoy en día, nuestra vida cotidiana esté regulada por la adicción al consumo –desesperado- de comida, dulces, cigarrillos, alcohol, drogas blandas o duras, psicofármacos o trabajo. También entramos en relación compulsiva con la televisión, el “chateo” por internet, las llamadas permanentes por teléfonos móviles o el vínculo obsesivo y eterno con jueguitos electrónicos. Como esta modalidad de consumo constante es global, resulta muy difícil detectar la patología de las conductas individuales. Pero podemos afirmar que todas estas conductas reflejan la necesidad de “incorporar vorazmente” lo que sea para sobrevivir, son desplazamientos de necesidades primarias que no han sido satisfechas.

Para no permanecer lamentándonos de nuestro pasado, me interesa reflexionar sobre lo siguiente: nosotros, esos niños necesitados, nos hemos convertido en los adultos que somos. Continuamos siempre atentos a satisfacer como sea nuestras necesidades ocultas. No importa que pertenezcan a nuestra infancia, porque para nuestra estructura psíquica siguen siendo tan prioritarias como cuando éramos niños. O sea, que estamos ante todo pendientes de lo que necesitamos: creeemos que se trata de dinero, ascenso social, buen trabajo, casa, vacaciones, objetos de confort, ropa, discos, o acceso al cine. En realidad, no se trata de nada de esto. Estamos huérfanos simplemente de cariño incondicional, de “mamá”, de “maternaje primario”. Pero no lo sabemos. Y no saberlo es el gran problema. Porque continuamos desplazando nuestras supuestas “necesidades” hacia todo tipo de actividades y objetos que creemos que son indispensables para vivir.

¿Cómo nos podemos dar cuenta de que son objetos desplazados? Porque no importa con cuánta comida nos atiborremos, cuántos cigarrillos fumemos o cuántas cosas nos compremos… siempre necesitaremos más. Lamentablemente, aún obteniendo reconocimiento, éxito o dinero, nunca obtendremos más “mamá”.

Con este panorama desalentador ¿qué capacidad emocional tendremos para dedicarnos a maternar y paternar a un bebé que llega al mundo con una voracidad espectacular? Muy poca capacidad, obviamente. Porque vamos a anteponer –inconscientemente, es cierto- nuestras necesidades emocionales a las necesidades inmensas e incomprensibles del bebé.

De hecho, cada vez que escucho un bebé llorar, le pregunto a la mamá por qué llora. Casi siempre, invariablemente me contesta: porque quiere teta, o quiere brazos. Entonces replico: ¿y por qué no se la ofreces? Luego vienen respuestas diversas sobre indicaciones del pediatra, costumbres, valores y justificaciones varias que no importan en absoluto. Lo único que me importa es constatar que esa madre reciente no está dispuesta a darle prioridad a la demanda del bebé, sencillamente porque siempre le dio prioridad a la propia. ¿Por qué? Porque es –antes que todo- ella misma una gran necesitada.

Así continuamos, a través de débiles maternajes, los circuitos de la adicción: incorporación de sustancias desplazadas, autosatisfacción y necesidad repetitiva de volver a incorporar sustancias desplazadas. Esto se traduce en incapacidad de mirar más allá de sus propias narices.

Así no podemos satisfacer las necesidades genuinas de los niños pequeños, esperando que algún día tenga la “panza tan llena” (emocionalmente hablando) como para que sean capaces de mirar al prójimo y darles prioridad a los demás, en lugar de darle prioridad siempre al ego.

La innumerable cantidad de preconceptos, opiniones y consejos que circulan sobre la crianza de los niños están supeditados a la comodidad de los adultos. Todo individuo que necesita –desesperadamente- satisfacer primero sus necesidades va a buscar su propia comodidad. A través de las generaciones, repetimos estos circuitos de hambre emocional.

Ahora bien, si nos interesa realmente criar niños seguros y libres, estaremos obligados a reconocer, antes que nada, nuestras discapacidades y desvalimientos primarios. Comprender y alimentar nuestro ser interior hambriento. Pero no con comida, trabajo, ni televisión, sino con conciencia. Con comprensión de la propia historia vital. Entonces, tal vez, podamos resarcirnos y estar atentos a qué necesita el otro. Que en tanto otro, necesita algo distinto que nosotros. Y si nos resulta intolerable responder a las necesidades del otro, sabremos pedir ayuda. No para que ese otro se calme. Sino para calmarnos nosotros mismos ante nuestra necesidad devoradora. La crianza de los niños pequeños necesita altruismo, generosidad y dedicación: todas virtudes despojadas de necesidades individuales.

Tomado de:

Laura Gutman: Crianza. Violencias Invisibles y adicciones. Editorial del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2006. Págs. 119-124.
Psicoterapeuta y escritora.
Directora del centro CRIANZA en Buenos Aires.

18 de agosto de 2009

"El primer acto de soberanía alimentaria"


Por Ileana Medina Hernández


He tenido una grata sorpresa al encontrar en el blog del profesor y humanista Salvador García Bardón, algunos posts dedicados al tema de la lactancia materna.

Dice el video promocional del Instituto Nacional de Nutrición de Venezuela, y suscribe el profesor Bardón, que la lactancia materna es un derecho genético del bebé, y el primer acto de soberanía alimentaria del ser humano.

Efectivamente, con la lactancia es el bebé quién decide cuándo, cómo y cuánto quiere comer.

El bebé sabe lo que necesita para su supervivencia y desarrollo, son las necesidades del bebé las que priman, y la madre, en ejercicio supremo de generosidad y humildad, simplemente ofrece su cuerpo para que esa nueva personita inaugure su vida en un acto de alimentación que es a la vez amor y entrega.

La naturaleza -o Dios- es más sabia que cualquiera de nosotros. La supervivencia de la especie no puede depender de la voluntad de alguien que decide alimentar con leche de otra especie cada 3 horas (también se le podría ocurrir 4). La supervivencia de la especie la regula la propia demanda del bebé.

Luego nos quejamos de que cada vez haya más trastornos alimentarios entre niños y jóvenes.

Cómo no va a haberlos, si somos los adultos los que trastornamos y traicionamos la primera forma de alimentación sana y natural: la lactancia materna.